Pocos peregrinos lo saben, pero a un costado de la actual Basílica de Guadalupe se conserva el primer templo construido para resguardar la imagen milagrosa de la Virgen de Guadalupe. Un lugar discreto, cargado de historia, donde San Juan Diego vivió y protegió durante años la tilma en la que quedó estampada la imagen de la Madre de Dios. ACI Prensa recupera su origen y significado.
El inicio de todo: la pequeña ermita del Tepeyac
La historia se remonta a diciembre de 1531, cuando la Virgen se apareció a San Juan Diego en el cerro del Tepeyac y le pidió interceder ante el primer arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga, para que se construyera allí un templo. Tras las apariciones y la verificación de los hechos, Zumárraga ordenó levantar una modesta ermita de adobe para custodiar la tilma.
San Juan Diego se instaló junto a ese humilde santuario durante 17 años. Recibía peregrinos, narraba personalmente lo ocurrido y cuidaba la imagen con profunda devoción. Allí vivió hasta su muerte en 1548, y allí mismo fue sepultado. Aunque su casa ya no existe, una cruz señala hoy el lugar exacto donde se encontraba.
Un templo para un pueblo marginado
El P. José de Jesús Aguilar, sacerdote de la Arquidiócesis de México, recuerda que en el siglo XVI el Tepeyac era una zona apartada de la ciudad. Muchos indígenas vivían en esos alrededores, lejos del centro urbano y, en muchos casos, sintiéndose olvidados y sin derechos.
Por eso —señala el sacerdote— el pedido de la Virgen de construir su “casita sagrada” en ese lugar tiene un sentido profundo: quiso acercarse precisamente a quienes estaban en los márgenes sociales y geográficos, mostrando que su amor alcanzaba a todos, incluidos los más desamparados.
San Juan Diego, primer custodio y evangelizador
El P. Aguilar subraya que San Juan Diego fue el primer gran difusor de la devoción guadalupana. Su testimonio directo, contado de viva voz, hizo que la noticia se extendiera rápidamente entre los pueblos indígenas. Él relataba cada detalle: el clima, el canto de los pájaros, el lugar exacto de cada aparición, e incluso el rostro de la Virgen tal como la vio. Esa cercanía con la gente —compartiendo lengua y cultura— hizo que el mensaje prendiera con fuerza.
El sacerdote explica también que la Virgen se dirigió a San Juan Diego con palabras que han acompañado al pueblo mexicano durante siglos: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Estas palabras, recogidas en el Nican Mopohua, fueron pronunciadas cuando el vidente estaba angustiado por la enfermedad de su tío Juan Bernardino, a quien la Virgen aseguró haber sanado de manera milagrosa.
Ese consuelo materno, recuerda el P. Aguilar, sigue siendo actual para quienes acuden a ella en momentos de enfermedad, miedo o incertidumbre. Es un mensaje que sostiene la esperanza: con la ayuda de la Virgen, se puede seguir adelante.
De la primera ermita a la Antigua Parroquia de Indios
Con el paso del tiempo, la devoción creció de forma extraordinaria. La pequeña ermita de adobe no podía ya recibir a los peregrinos que llegaban constantemente. Por ello, en 1649 se construyó un nuevo templo, hoy conocido como la Antigua Parroquia de Indios.
En su interior se conserva todavía una pared de la primera ermita: el lugar donde la tilma permaneció expuesta durante más de cien años, hasta que fue trasladada en abril de 1709 a la nueva Basílica.
Este rincón del Tepeyac —a veces pasado por alto por quienes visitan el santuario— es una pieza fundamental de la historia guadalupana. Allí comenzó todo: la presencia de la Virgen, la fidelidad de San Juan Diego y la fe de un pueblo entero que encontró en ella consuelo y esperanza.