Este viernes 10 de octubre, León XIV recibió en el Palacio Apostólico a una delegación de Aid to the Church in Need (Ayuda a la Iglesia Necesitada, ACN), en el marco del Jubileo de la Esperanza. En su discurso, el Pontífice agradeció el compromiso de la organización con los cristianos perseguidos y destacó que la libertad religiosa es “una condición esencial y no opcional” para la vida de los pueblos.
El Papa advirtió que la negación de este derecho lleva a la desintegración del tejido social: la desconfianza sustituye al diálogo, la sospecha reemplaza la cooperación y la violencia se convierte en el resultado inevitable. En este contexto, recordó palabras de Francisco: “no puede haber paz sin libertad de religión, libertad de pensamiento, libertad de expresión y respeto a las opiniones de los demás”.
Una misión al servicio de los perseguidos
León XIV subrayó que la labor de ACN no es abstracta, sino concreta: apoyar a comunidades aisladas o bajo presión con la construcción de capillas, el sostenimiento de religiosas, la financiación de radios y vehículos para la misión. También agradeció la ayuda a las diócesis de Perú, donde él mismo sirvió como misionero antes de llegar al papado, y donde ACN sigue respaldando obras pastorales.
Asimismo, mencionó el impacto del informe Religious Freedom in the World Report, elaborado por la fundación desde hace más de 25 años, al que calificó como una herramienta decisiva para dar voz a los sin voz y visibilizar la persecución religiosa en todo el mundo.
Libertad religiosa como piedra angular
El Pontífice situó la libertad religiosa como “piedra angular de cualquier sociedad justa”, recordando la enseñanza del Concilio Vaticano II en la declaración Dignitatis Humanae. Subrayó que no se trata de una concesión del Estado, sino de un derecho inscrito en la dignidad misma de la persona creada a imagen de Dios.
Este énfasis puede interpretarse como un recordatorio frente a regímenes que restringen la fe y, a la vez, como un reproche implícito a países occidentales donde, sin persecución abierta, la libertad religiosa se ve amenazada por leyes ideológicas o restricciones en la esfera pública.
Un mensaje que interpela a Occidente
Si bien el Papa centró sus palabras en la defensa de los cristianos perseguidos en África y Asia, sus referencias a la desintegración de la convivencia cuando se limita la libertad de conciencia suenan también como advertencia a Europa y Estados Unidos. Allí, la presión de corrientes ideológicas contra el magisterio de la Iglesia se traduce en sanciones legales y sociales a quienes defienden la verdad del matrimonio, la vida o la familia.
En un mundo que oscila entre la violencia contra los cristianos y el silenciamiento sutil de la fe en Occidente, las palabras de León XIV buscan situar la libertad religiosa como el termómetro de la verdadera justicia social.
Dejamos a continuación el mensaje integro (y traducido) de León XIV:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz sea con ustedes!
Buenos días a todos y bienvenidos.
Queridos hermanos y hermanas:
Me complace saludarlos, queridos miembros de Aid to the Church in Need International, mientras se reúnen en Roma durante este Jubileo de la Esperanza. Su visita llega en un momento oportuno, pues nuestro mundo sigue siendo testigo de una creciente hostilidad y violencia contra quienes sostienen convicciones distintas, incluidos muchos cristianos. En contraste, su misión proclama que, como una sola familia en Cristo, no abandonamos a nuestros hermanos y hermanas perseguidos. Más bien, los recordamos, permanecemos a su lado y trabajamos para asegurar sus libertades dadas por Dios. Las palabras de san Pablo nos recuerdan: «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras resuenan hoy en nuestros corazones, porque el sufrimiento de cualquier miembro del Cuerpo de Cristo es compartido por toda la Iglesia. Con esta verdad ante nosotros me dirijo a ustedes esta mañana.
Todo ser humano lleva en su corazón un profundo anhelo de verdad, de sentido y de comunión con los demás y con Dios. Este anhelo brota de lo más hondo de nuestro ser. Por esta razón, el derecho a la libertad religiosa no es opcional, sino esencial. Arraigada en la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios y dotada de razón y libre albedrío, la libertad religiosa permite a las personas y a las comunidades buscar la verdad, vivirla libremente y dar testimonio de ella abiertamente. Por ello es una piedra angular de toda sociedad justa, pues salvaguarda el espacio moral en el que la conciencia puede formarse y ejercerse.
La libertad religiosa, por tanto, no es meramente un derecho legal ni un privilegio concedido por los gobiernos; es una condición fundamental que hace posible una auténtica reconciliación. Cuando se niega esta libertad, la persona humana queda privada de la capacidad de responder libremente a la llamada de la verdad. Lo que sigue es una lenta desintegración de los vínculos éticos y espirituales que sostienen a las comunidades; la confianza cede ante el miedo, la sospecha reemplaza al diálogo y la opresión engendra violencia. En efecto, como observó mi venerable predecesor, «no puede haber paz sin libertad de religión, libertad de pensamiento, libertad de expresión y respeto a las opiniones de los demás» (Francisco, Urbi et Orbi, 20 de abril de 2025).
Por esta razón, la Iglesia católica siempre ha defendido la libertad religiosa para todos los pueblos. El Concilio Vaticano II, en Dignitatis humanae, declaró que este derecho debe ser reconocido en la vida jurídica e institucional de toda nación (cf. 7 de diciembre de 1965, 4). La defensa de la libertad religiosa, entonces, no puede permanecer en lo abstracto; debe vivirse, protegerse y promoverse en la vida cotidiana de las personas y de las comunidades.
De esta convicción nació su organización. Fundada en 1947 como respuesta al inmenso sufrimiento dejado tras la guerra, su misión desde el inicio ha sido fomentar el perdón y la reconciliación, y acompañar y dar voz a la Iglesia dondequiera que esté necesitada, dondequiera que esté amenazada, dondequiera que sufra.
Desde hace más de veinticinco años, su Informe sobre la Libertad Religiosa en el Mundo ha sido un instrumento poderoso para crear conciencia. Este informe hace algo más que proporcionar información; da testimonio, da voz a los sin voz y revela el sufrimiento oculto de muchos.
Su compromiso se extiende también al apoyo de la misión de la Iglesia en todo el mundo, alcanzando a comunidades que con demasiada frecuencia están aisladas, marginadas o bajo presión. Dondequiera que Aid to the Church in Need reconstruye una capilla, sostiene a una religiosa, o provee una emisora de radio o un vehículo, ustedes fortalecen la vida de la Iglesia, así como el tejido espiritual y moral de la sociedad. Y, como sin duda saben, su organización ha ayudado a muchas misiones en el Perú, incluidas las de la Diócesis de Chiclayo, donde tuve el privilegio de servir.
Su ayuda, asimismo, permite a los cristianos —incluso a minorías pequeñas y vulnerables— ser «constructores de paz» (Mt 5,9) en sus patrias. En países como la República Centroafricana, Burkina Faso y Mozambique, la Iglesia local —a menudo sostenida por su ayuda— se convierte en un signo vivo de armonía social y fraternidad, mostrando a sus vecinos que es posible un mundo distinto (cf. Ángelus, 3 de agosto de 2025).
Queridos amigos, doy las gracias a cada uno de ustedes por esta obra de solidaridad. No se cansen de hacer el bien (cf. Gál 6,9), porque su servicio da fruto en incontables vidas y da gloria a nuestro Padre del cielo. Al concluir, invoco sobre ustedes y sobre todos aquellos a quienes sirven el consuelo del Espíritu Santo. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Esperanza, permanezca cercana a ustedes y a todos los que sufren. Con profundo afecto, les imparto mi Bendición Apostólica como prenda de gracia y de paz en Jesucristo, nuestro Señor.