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Jornada por la Vida: “Educar para acoger el don de la vida”

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Educar para acoger el don de la vida” es el lema con el que se celebra este 9 de abril, solemnidad de la Anunciación del Señor, la Jornada por la Vida.

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida, dentro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, firman un mensaje en el que recuerdan que “el Magisterio de la Iglesia nos invita a recibir el don de la vida, a tomar conciencia de él. No podemos darlo por supuesto, sino más bien ponderar su significado y acogerlo responsablemente. Hemos de reflexionar sobre la vida como un don para entender de qué manera guiamos nuestra propia vida”.

Asimismo, los obispos aseguran que “una sociedad que no cuida y protege a la familia y a sus miembros más desfavorecidos es una sociedad enferma y sin futuro”. “En la fecundidad del amor, expresado en el don de una nueva vida, que es acogida, respetada y cuidada, está el futuro de la sociedad”,advierten.

En este mensaje también se hace un llamamiento a quienes tienen encomendada la tarea de la educación, el cuidado y el gobierno de las personas para que promuevan el reconocimiento de toda vida humana como un don inmenso recibido de Dios, por encima de su utilidad o de cualquier otro condicionamiento.

A continuación, el mensaje de los obispos en la Jornada por la Vida:

Educar para acoger el don de la vida

1. El don de la vida humana

«El don de la vida, que Dios Creador y Padre ha confiado al hombre, exige que este tome conciencia de su inestimable valor y lo acoja responsablemente. Este principio básico debe colocarse en el centro de la reflexión encaminada a esclarecer y resolver los problemas morales que surgen de las intervenciones sobre la vida naciente y los procesos procreativos».

El Magisterio de la Iglesia nos invita a recibir el don de la vida, a tomar conciencia de él. No podemos darlo por supuesto, sino más bien ponderar su significado y acogerlo responsablemente. Hemos de reflexionar sobre la vida como un don para entender de qué manera guiamos nuestra propia vida.

En nuestra cultura nos encontramos con algunas visiones reductivas sobre el don de la vida. Una primera concepción reductiva es considerar la vida humana como un elemento más de una naturaleza general, como si fuera un punto insignificante en un despliegue cósmico. Sin embargo, toda vida humana es única e irrepetible, valiosa y digna, sean cuales sean las circunstancias en las que se desenvuelve.

Una segunda concepción que se propaga en la cultura actual consiste en reducir la vida humana al concepto de calidad de vida, y de este modo se afirma que hay vidas que no son dignas de ser
vividas, pues no tienen “calidad” suficiente. Es como ignorar la fuente de la que brota el concepto mismo de calidad de vida, pues si no hay vida no puede haber calidad. Además, queda abierta
la gran incertidumbre, ¿quién y cómo decidir qué vidas tienen suficiente calidad? ¿Es que hay seres humanos de primera, de segunda o de tercera categoría? La experiencia ética originaria nos
permite percibir que todos los seres humanos somos igualmente dignos y valiosos. Los cristianos reconocemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 27) y que Él nos
ama incondicionalmente.

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Una tercera concepción consiste en considerar que el valor de la vida es el que la sociedad le da. Una vida sería valiosa dependiendo de su aportación a la sociedad. En una sociedad de consumo
el valor de las cosas dependería de la estimación de los diferentes agentes sociales. No obstante, como nos recordó san Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, la vida siempre es un bien. Este es un dato de experiencia que interpela la libertad humana. Y es que para Dios todos somos valiosos, únicos e insustituibles. Y sin embargo algunos se empeñan en considerar que hay vidas más valiosas que otras e incluso que hay vidas que no son dignas de ser vividas.

Pero ¿cómo mostrar de modo convincente que toda vida es valiosa? Ante todo debemos recibir gozosamente la propia vida con gratitud, pues solo si nos aceptamos y nos queremos tal y como somos podremos amar y respetar a los demás. Cuando uno se sabe amado incondicionalmente por Dios es consciente de su propia dignidad, y también sabe que los demás son igualmente amados y valiosos. Así podemos ver en los demás a nuestros hermanos, a alguien a quien respetar, amar y ayudar.

2. La familia, santuario de la vida

Y en esta tarea consideramos a la familia como el lugar primero y privilegiado para educar en la acogida del don de la vida, pues el amor incondicional de la familia permite crecer en la seguridad de ser querido pase lo que pase. ¿Alguien puede imaginar algo mejor que saberse amado incondicionalmente?

La familia es el santuario de la vida porque es el único lugar en el que cada uno es querido por sí mismo, independientemente de su curriculum, sus cualidades, sus logros, de lo que tenga o deje de tener. Y esto permite a los miembros de la familia sentir una seguridad, una estabilidad y una libertad que no tienen parangón.

En la familia se aprende a valorar la vida cada vez que hay un embarazo y se recibe la nueva vida con alegría, aunque sea inesperada. Como afirma el papa Francisco: «Es tan grande el valor de una vida humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano. La familia protege la vida en todas sus etapas y también en su ocaso».

Y si el nuevo miembro de la familia llega con dificultades o con alguna discapacidad, todos se vuelcan en ayudarle y en protegerle. ¡Cuántos testimonios de familias que han actuado solidariamente
y que han crecido reconociendo toda vida humana como un don precioso de Dios! También los que han nacido sanos pueden sufrir lesiones o enfermedades a lo largo de la vida. La familia suele ser el apoyo firme que se encuentra en esas circunstancias. A veces todos tienen que hacer sacrificios y esfuerzos para cuidar a un padre, o madre, o hermano que ha tenido un accidente o una grave enfermedad que le deja postrado y que requiere de muchos cuidados y atenciones. Y, a pesar de todos los sacrificios, a veces muy grandes, la experiencia demuestra que hay más felicidad en la acogida que en el rechazo, en la generosidad que en el egoísmo.

Y llega la vejez. Los padres, los abuelos, se hacen mayores y necesitan cuidados. Cuando uno ha recibido el amor y la atención abnegada y sacrificada de sus padres siente con fuerza en su corazón una inmensa gratitud que le lleva a cuidar a sus mayores en el ocaso de sus vidas. A veces no es fácil, y las circunstancias laborales, económicas, el tamaño de las viviendas y otras situaciones lo pueden hacer complicado. Pero el corazón nos dice que honrar y cuidar a nuestros padres, mostrarles gratitud y amor, ocuparnos de quienes lo hemos recibido todo, es lo justo y nos hace mejores; aunque haya voces que nos digan que son un problema y que nos complican la vida, debemos continuar cuidándolos con amor. La familia es el santuario de la vida. En la familia se aprende, sin necesidad de discursos, que la vida de todos sus miembros es digna y valiosa en todas sus etapas.

3. La sociedad y el Estado como promotores de la familia

El papel de la familia en la edificación y desarrollo de la sociedad y de la cultura de la vida es insustituible. El Estado debe apoyar y promover el papel de la familia para que pueda acoger y cuidar a
sus miembros, más allá de sus circunstancias vitales, permitiendo a la familia cumplir su misión de custodiar, revelar y comunicar el amor.

Toda vida humana es digna de amor y respeto. Una sociedad que no cuida y protege a la familia y a sus miembros más desfavorecidos es una sociedad enferma y sin futuro. En la fecundidad del amor, expresado en el don de una nueva vida, que es acogida, respetada y cuidada, está el futuro de la sociedad.

4. Conclusión

En esta jornada por la vida encomendamos de modo particular al cuidado materno de la Virgen María a aquellas personas que tienen encomendada la tarea de la educación, el cuidado y el gobierno de las personas. Que promuevan el reconocimiento de toda vida humana como un don inmenso recibido de Dios, por encima de su utilidad o de cualquier otro condicionamiento. De este modo contribuiremos eficazmente a la edificación de «la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida».

✠ Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa,
Obispo de Bilbao, presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida

✠ Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo emérito de Burgos

✠ Mons. Juan Antonio Reig Plà
Obispo de Alcalá de Henares

✠ Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Jerez de la Frontera

✠ Mons. Juan Antonio Aznárez Cobo
Obispo auxiliar de Pamplona y Tudela

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