La elección de un Papa no es sólo una fumata blanca. También es —cuando Dios así lo quiere— el comienzo de una restauración. Y esta comenzó, discretamente pero con fuerza, la noche misma del cónclave, en la residencia de Santa Marta.
Al terminar la cena de aquella noche histórica, el Papa se acercó a dos cardenales que representan, cada uno a su modo, el rigor canónico y la claridad doctrinal que la Iglesia necesita con urgencia. Les dijo, con calma pero con firmeza: «Ayudadme a devolver el derecho a la Iglesia».
Eran Raymond Leo Burke y Dominique Mamberti
Dos nombres, una misión
Burke, conocido por su defensa incansable de la ley canónica y la liturgia tradicional, había sido marginado durante el pontificado anterior. Mamberti, prefecto de la Signatura Apostólica, es un diplomático brillante, jurista sobrio y prudente, que ha evitado protagonismos sin renunciar a la verdad.
No era una foto. Era una petición de colaboración. Una indicación clara de por dónde quiere caminar el nuevo Papa. Y un mensaje para dentro y para fuera: el tiempo de la arbitrariedad, del “haz lo que quieras mientras cites a Francisco”, ha terminado.
El derecho eclesiástico, resucitado
Durante años, el derecho canónico ha sido ignorado, reinterpretado o directamente pisoteado por comisiones ideológicas, secretarías improvisadas o sinodales de conveniencia. El nuevo Papa, que conoce de primera mano lo que es sufrir como prefecto los tejemanejes episcopales —como ocurrió con la famosa “comisión española” de nombramientos, ya disuelta— sabe que sin ley no hay justicia, y sin justicia no hay comunión.
Por eso quiere que se devuelva a la Iglesia el respeto por su propio derecho: no como un corsé burocrático, sino como garantía de verdad, de orden, de libertad auténtica.
Primeros gestos, primeras señales
En sus primeras semanas de pontificado, León XIV ha preferido el silencio a la sobreexposición. Ha celebrado la Misa con sobriedad, ha evitado las ocurrencias en entrevistas y ha dejado que hablen sus gestos. Uno de ellos, quizá el más significativo hasta ahora, fue ese pedido nocturno en Santa Marta: el inicio de un nuevo estilo, de una reforma que no se construye con eslóganes sino con convicciones.
Una esperanza seria
No estamos ante una revolución mediática. No hay selfies, ni abrazos al azar, ni frases ambiguas. Pero sí hay esperanza. Y esta esperanza se escribe con nombres concretos, con decisiones institucionales y con el retorno al sentido común eclesial. Si León XIV mantiene el rumbo que marcó aquella primera noche, la Iglesia podrá comenzar a sanar muchas de las heridas abiertas durante la última década.