Me parece muy comprensible la preocupación y la pregunta que se hace D. Jaime Gurpegui en su artículo del día 10 de marzo titulado «Cardenales sin fe: ¿quién elegirá al próximo Papa?».
Se trata de una cuestión verdaderamente de gran importancia y de grandes consecuencias para la vida de la Iglesia. Estoy de acuerdo en que por la literalidad de algunas declaraciones de miembros del Colegio Cardenalicio con derecho a voto, puede dudarse de la ortodoxia y buena doctrina de dichos cardenales. Teniendo en cuenta esas afirmaciones hechas en diferentes contextos y ocasiones, incluso se puede ir más allá y decir que han afirmado verdaderas herejías. La cuestión es que esos cardenales ya hicieron profesión solemne de fe cuando se ordenaron diáconos, cuando se ordenaron de presbíteros, cuando fueron consagrados obispos y cuando se celebró el consistorio en el que fueron creados cardenales. Según el rito establecido en la ceremonia en que son creados y proclamados Cardenales de la Iglesia de Roma hacen profesión de fe y juran fidelidad al Santo Padre y a sus sucesores con la siguiente fórmula:
“Yo, N., Cardenal de la Santa Iglesia Romana, prometo y juro, de hoy en adelante y mientras yo viva, permanecer fiel a Cristo y a su Evangelio, constantemente obediente a la Santa Iglesia Apostólica Romana, al Sumo Pontífice N. y sus sucesores canónicamente elegidos; mantenerme siempre en comunión con la Iglesia Católica en mis palabras y en mis obras; no expresar ninguna de las cuestiones que me confíen para protegerse y cuya divulgación podría causar daño o deshonra a la Santa Iglesia; llevar a cabo con gran diligencia y fidelidad las tareas en las que necesite mi servicio la Iglesia, de acuerdo con las normas de la ley. Así me ayude Dios Todopoderoso.”
Y al imponer el birrete cardenalicio el Papa les dice: “Para la gloria de Dios y el Todopoderoso y para honor de la Sede Apostólica, reciban la birreta roja como un signo de la dignidad de cardenalato, significando su disposición para actuar con valentía, incluso hasta el derramamiento de su sangre, por el incremento de la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del pueblo de Dios y para la libertad y el crecimiento de la Santa Iglesia Romana.”
La cuestión, por tanto, no se solucionaría con cualquier tipo de declaración, profesión de fe o juramento. El hecho es que si el Sumo Pontífice no ha amonestado, advertido o corregido a alguno de los cardenales, y no les ha retirado el derecho de elección, entonces aunque hayan dicho disparates y hayan hecho afirmaciones contrarias a la fe católica, siguen siendo legítimos cardenales y siguen teniendo el derecho para participar en el Cónclave y elegir al próximo Papa.
Otra cuestión es lo que pueda suceder dentro del Cónclave. Ahí es donde pueden y deben ponerse las cartas al descubierto. Es seguro que la próxima elección que tenga lugar en el Cónclave sea un acontecimiento de enorme trascendencia y no exento de polémica y duro debate, pero todo ello en el interior del Cónclave. Ahí es donde los cardenales fieles y ortodoxos tendrán que exigir al resto de los cardenales claridad y auténtica fidelidad a la fe inalterable de la Iglesia.
Si en toda ocasión los fieles han de rezar y pedir por la elección de un nuevo Papa, esta vez, con mucha más razón habrá que redoblar esas oraciones. Solo quien no quiera verlo puede negar que la Iglesia está dividida en la práctica. Solo quien no quiera verlo puede negar que hay cardenales que no son católicos, que no creen la totalidad de la fe católica. Solo quien no quiera verlo podrá negar que atravesamos momentos de mucha oscuridad y que aunque no haya cismas canónicamente declarados, sí que hay verdaderos cismas de hecho. Por tanto, no sería de extrañar que el próximo conclave pudiera sacar a la luz esa profunda división y trajera consigo una situación imprevisible.
J. G. L