En un reciente movimiento, el Vaticano ha aprobado una serie de adaptaciones litúrgicas para las comunidades indígenas de Chiapas, México.
Bajo la dirección del Cardenal Felipe Arizmendi, estas medidas permiten integrar prácticas culturales locales en la celebración de la Misa. Entre las novedades más destacadas se encuentran la participación de mujeres como incensadoras, utilizando un sahumerio tradicional, así como la inclusión de danzas rituales en momentos como el ofertorio y la acción de gracias. Según el Cardenal Arizmendi, estas prácticas buscan «encarnar la fe en expresiones propias de estas culturas» y evitar que se vean como simples costumbres folclóricas.
El Vaticano también ha autorizado la traducción de documentos fundamentales del Magisterio al idioma tseltal y ha permitido que ciertos laicos dirijan partes de la oración comunitaria, siempre bajo la supervisión del sacerdote. El objetivo declarado es fomentar una mayor participación y respeto por las tradiciones culturales, facilitando que las comunidades indígenas puedan vivir su fe de manera más integrada y comprensible.
En contraste, las decisiones del Vaticano respecto a la Misa tradicional en latín, también conocida como Misa Tridentina, han seguido una dirección opuesta. Desde la promulgación del motu proprio Traditionis custodes por el Papa Francisco en 2021, se han impuesto fuertes restricciones a esta forma litúrgica, que se remonta a siglos de tradición. Se ha delegado a los obispos diocesanos la potestad exclusiva para autorizarla, y se requieren permisos adicionales para los sacerdotes ordenados después de esa fecha.
El Papa Francisco justificó estas restricciones señalando que el uso generalizado de la Misa Tridentina, permitido por Benedicto XVI, había creado divisiones dentro de la Iglesia y fomentado actitudes de resistencia frente a las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II. Para preservar la unidad eclesial, el Papa ha reafirmado que el rito romano reformado debe ser la única expresión válida de la liturgia católica.
¿Dos varas de medir en la liturgia católica?
Aquí surge una pregunta inevitable: ¿Por qué el Vaticano fomenta nuevas adaptaciones litúrgicas para comunidades indígenas mientras reprime una forma de liturgia histórica y venerada por tantos fieles? La aprobación de prácticas culturales locales para enriquecer la liturgia contrasta con la severa limitación impuesta a la Misa tradicional en latín, una expresión litúrgica que ha sido central en la vida de la Iglesia durante siglos.
Los argumentos del Vaticano para aprobar estas nuevas adaptaciones se centran en la inculturación y en la integración de las costumbres locales dentro de la liturgia, permitiendo a las comunidades indígenas vivir su fe de manera más cercana a su realidad cultural. Sin embargo, al mismo tiempo, se reprime una liturgia que para muchos fieles representa la continuidad de una tradición histórica y espiritual profundamente enraizada.
Es difícil no ver en esta política una aparente contradicción: mientras se permite innovar y crear nuevas formas de expresión litúrgica, se restringe el acceso a una forma tradicional que ha nutrido la fe de generaciones. Para muchos católicos, la Misa Tridentina no es una expresión de resistencia o división, sino una manifestación legítima de devoción y reverencia.
El riesgo de esta política es evidente: en lugar de promover la unidad, podría estar generando división, alienando a una parte significativa de los fieles que sienten que su forma de vivir la fe está siendo perseguida o marginada. La verdadera unidad litúrgica no debería consistir en imponer una uniformidad estricta, sino en reconocer y respetar la diversidad de expresiones dentro de la misma fe.
Al final, la cuestión es si el Vaticano está dispuesto a reconciliar esta disparidad o si continuará aplicando una política de dos varas de medir en la liturgia católica, fomentando nuevas adaptaciones para algunos mientras reprime la continuidad de una tradición venerable para otros.