Una lectura en positivo del descenso del número de seminaristas en España

Una lectura en positivo del descenso del número de seminaristas en España

Este pasado domingo, 19 de marzo, se celebró el Día del Seminario. Un día dedicado especialmente para rezar por las vocaciones sacerdotales y recaudar fondos para la formación de los futuros sacerdotes.

Durante la semana pasada, la Subcomisión Episcopal para los Seminarios publicó los datos del curso 2022-2023. En España hay un total de 974 seminaristas; las ordenaciones sacerdotales han sido 97; y el número de nuevos ingresos, 172. Respecto al año pasado, estos números reflejan un descenso de 54 seminaristas; han entrado 46 seminaristas menos que el año pasado y se han ordenado 28 sacerdotes menos que hace un año.

Los datos muestran una tendencia a la baja en todos los sentidos. Por primera vez, los seminaristas en España bajan de los cuatro dígitos y los sacerdotes ordenados bajan de los tres dígitos. La triste realidad muestra que cada vez hay menos jóvenes en España que quieran entregar su vida al Señor como sacerdotes. Lo que está claro, es que esta tendencia no va a ser revertida por ninguna ‘primavera sinodal’ ni con propuestas heréticas como la ordenación de mujeres.

Hace algunas décadas era conocido como muchos jóvenes vieron en el sacerdocio una «salida profesional» sin tener realmente vocación al sacerdocio. Fue la época en la que España construyó los grandes seminarios que a día de hoy están vacíos. Muchos españoles vieron en la Iglesia una especia de refugio en donde poder llevar una vida más o menos cómoda.

Fueron años en los que los jóvenes ‘rebeldes’ de aquella época entraron a engrosar las listas de seminaristas con ideas revolucionarias y, en algunos casos, dejando el Evangelio en un segundo plano para intentar cambiar las cosas desde dentro. Especialmente llamativo fue cómo los defensores de la Teología de la Liberación, de corte marxista, se infiltraron en la segunda mitad del siglo XX en la Iglesia de Hispanoamérica. Esos jóvenes sacerdotes son los que hoy ocupan sedes episcopales y dirigen la Iglesia de nuestros días.

La alta secularización que padece la sociedad española en nuestros días es, como señaló acertadamente la propia CEE, una de las causas de este descenso de vocaciones sacerdotales. A día de hoy resulta difícil encontrar a jóvenes que quieran dedicar su vida al Señor. Son especialmente algunos movimientos eclesiales los que mantienen en pie muchos seminarios.

Este descenso en el número de vocaciones es una manifestación de que los jóvenes que entran hoy al seminario lo hacen con verdadera entrega y buscando seguir la vocación que Dios les ha concedido. En estos tiempos no entra en los planes de un joven sin vida interior entrar al seminario si no le mueve un verdadero Amor de Dios y celo por las almas. Este descenso del número de vocaciones, ha de ser visto como una autolimpieza que la propia sociedad se ha impuesto y de la que la misma Iglesia sale beneficiada.

Es verdad que en un futuro la escasez de sacerdotes obligará a cerrar parroquias, a disminuir el número de Misas o a que aumente la carga pastoral de muchos sacerdotes. A cambio, tendremos sacerdotes más fieles y más santos pero muchos menos (en número) de los que hay ahora. Dentro de varias décadas, los pocos jóvenes comprometidos que se forman ahora en los seminarios, serán los encargados de guiar y conducir a la Iglesia por el buen sendero. No es descabellado pensar que habrá un descenso drástico de sacerdotes con ideologías alejadas de la fe y la moral católica por el simple hecho de que esos jóvenes de ahora con esa mentalidad, ni se les pasa por la cabeza dedicar su vida a Dios.

Por tanto, con paciencia y confianza es probable que tras unos años de camino por el desierto, en donde seguirán disminuyendo las vocaciones, seguirá aumentando la secularización y aumentará la presión dentro de la Iglesia, podremos ver un nuevo amanecer en el que el bien, la verdad y la belleza, se impongan de nuevo como principios fundamentales de la fe católica y en el que las herejías y las doctrinas confusas queden relegadas a un lugar irrisorio.

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