El caso, contado aquí, del obispo de Teruel y Albarracín, que ha dispensado de la obligación de abstenerse de carne en viernes de Cuaresma en atención a las circunstancias a que nos somete la pandemia es cualquier cosa menos único. Varios obispos americanos han hecho otro tanto, sin que la medida parezca tener mucho sentido.
El cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston y miembro del exclusivo consejo de cardenales que asesora al Papa, es uno de los prelados que han dispensado del deber de abstenerse de carne en viernes de cuaresma, “debido a las dificultades potenciales en las compras”. Su anuncio coincide en el día con el de monseñor James Checchio, obispo de la Diócesis de Metuchen, en el estado de Nueva Jersey y sigue al del obispo de Charleston, Robert E. Guglielmone en el mismo sentido. ¿Por qué?
Las tres claves de la Cuaresma, las actividades que preparan ese periodo de conversión que deben ser estos días previos a la Semana Santa, son oración, ayuno y limosna. El ayuno -en sentido amplio, incluyendo la abstinencia de carne- pretende ser una forma de mortificación, de penitencia que purifique al fiel. ¿Qué sentido, entonces, tiene que algunos obispos relajen precisamente ahora este precepto?
El texto del decreto de Antonio Gómez Cantero, obispo de Teruel y Albarracín, lejos de aclarar la razón la hace más oscura: “Ante este tiempo extraordinario que estamos viviendo, y para facilitar las dificultades que genera el confinamiento, en las familias con niños, eximo del cumplimiento de la abstinencia, a todas las personas de nuestra diócesis, permitiendo comer carne los viernes, mientras dure este tiempo de pandemia”.
Ahora, no tiene ningún sentido. ¿En qué sentido “facilita las dificultades que genera el confinamiento” comer carne? Si acaso, en estas circunstancias será más difícil conseguir carne que muchos otros alimentos; no es probable que haya carencia de huevos, verduras, fruta y pescado y abundancia de productos cárnicos. Por otra parte, la norma no obliga en ningún caso cuando no existe otro alimento -algo difícil de imaginar- o si se está enfermo o se pasa de determinada edad.
La deprimente sensación que transmiten estos mensajes es que nuestros pastores no ven a su grey como cristianos adultos, sino como a niños a los que temen contrariar en lo mínimo. Ayer recibíamos la bendición Urbi et Orbi de Su Santidad desde una Plaza de San Pedro vacía por la epidemia, y todo en aquella escena hablaba de una situación extraordinaria, de una especial prueba para nuestra fe y nuestra confianza en Cristo. Se crea o no en que la epidemia se trata de un castigo o una advertencia divinos, lo evidente es que Dios la permite y que su Providencia nunca es ociosa. ¿Es el momento para relajarnos, para vivir una Cuaresma aguada, o por el contrario es el momento de ceñirnos los lomos, extremar la penitencia y pedir perdón a Dios de nuestros pecados?