El sínodo fuese y no hubo nada

El sínodo fuese y no hubo nada

Se esperaba en un lado la revolución y en el otro se temía. Y el resultado ha sido un mediocre mamotreto indigerible de prosa etérea, más próxima al lenguaje de la empresa o el partido que al tradicional en la Iglesia, preciso como una navaja de afeitar, y nada dentro salvo la propia verborrea. ¿Y esto se va a alargar un año más?

Hay una secuencia en las tiras cómicas de Charlie Brown, no sé si las conocen, que es una de las más recurrentes: Lucy anima al protagonista a dar una patada de salida a un balón de rugby que la niña sujeta y que cuando Charlie llega a él corriendo retira en el último segundo para que dé la patada al aire y caiga al suelo cubierto de ridículo.

La gracia de la escena consiste en su repetición. Charlie siempre pica, aunque Lucy le ha hecho el mismo truco cientos de veces antes. Porque esta vez sí que sí, de verdad.

Y a eso me ha recordado la decepción de los James Martin y demás fauna clerical revolucionaria, que siempre se emociona cuando el Papa, al fin, parece decidido a proclamar la revolución eclesial. Todo es un runrún incentivado de reformas imposibles, que si el cambio radical en la moral sexual de la Iglesia, que si las sacerdotisas, que definitivamente esta vez sí, esta vez Francisco va a cambiar autoritativa y expresamente las cosas.

Y entonces Lucy retira el balón y Charlie vuelve a darse la costalada. Son ganas de no conocer el truco a estas alturas de la película.

El motivo del sínodo es su convocatoria, es el ‘proceso’. De eso va todo, de iniciar procesos y no pillarse los dedos, no comprometerse con declaraciones claras y solemnes. Francisco, como sabe cualquiera que lo haya observado y no esté ciego, funciona así, con declaraciones ambiguas en un avión o en un estudio de televisión, con nombramientos y ‘comisariamientos’, con guiños y silencios y audiencias programadas para sugerir mensajes.

Y así vemos el cierre de un sínodo que no ha interesado a nadie fuera de la Iglesia y a poquísimos dentro de ella. Porque esa es la gran broma: nunca tuvo tan poco interés una asamblea que se anunciaba como de participación universal, nunca tan poca sustancia salió de lo que se proclama como un cambio radical en la Iglesia. Menos del 1% de los católicos ha sido consultado para esta vacua “conversación en el Espíritu” que se quiere usar como ‘vox populi’ equivalente, parece, a la ‘vox Dei’.

Oímos los fieles que “la Iglesia es sinodal” y nos alzamos de hombros, sin nada serio que objetar. Pero vuelven a repetirnos, esta vez, que la Iglesia siempre ha sido sinodal, y luego que la sinodalidad es la esencia misma, el pilar de la Iglesia, antes una, católica, apostólica y romana. Y ya a la enésima vez nos da por preguntar que qué es eso, exactamente. Y no, no nos pueden contestar exactamente, porque en la propia vaguedad del término parece estar toda la gracia. ‘Caminar juntos’ y todo eso, como en una definición de Paulo Coelho o un libro barato de autoayuda.

Decía el poeta inglés T.S. Eliot en su poema The Hollow Men que “así es como acaba el mundo, no con una explosión, sino con un gemido”. Como católico espero que el mundo acabe de forma algo más espectacular, pero los versos podrían aplicarse a este Sínodo de Sínodos, del que esperamos pronto quede olvidado bajo el peso de su propia banalidad.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando