«Que el fuego irrumpa en nuestro país»

Editorial Centro Católico Multimedial

«Que el fuego irrumpa en nuestro país»

Este domingo 24 de mayo, la fiesta de Pentecostés clausura solemnemente el tiempo pascual, los cincuenta días que siguieron a la resurrección de Cristo. La Iglesia vive el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo, desplazando el miedo para suscitar audacia y el silencio en anuncio valiente. No se trata de un recuerdo piadoso que permite un mosaico variopinto, sino de una efusión actual que nos interpela especialmente en los tiempos tan delicados que vivimos.

Los dones del Espíritu Santo —sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios— no son una lista de palabras de catequesis infantil o adornos espirituales, sino gracias indispensables para navegar en medio de la confusión de nuestro tiempo. Ofrecen claridad donde reina la mentira, valentía donde prevalece el cálculo cobarde y discernimiento donde las modas emocionales sustituyen a la verdad.

Sin embargo, en México estos dones chocan contra una realidad agobiante. El país se goza en una obstinación voluntaria en el mal que ya no disimula. La corrupción parece ya no perturbarnos, la violencia se ha normalizado como el paisaje y la indiferencia ante el dolor del prójimo muestran una sociedad que ha decidido convivir con el pecado como si fuera la nueva normalidad. Peor aún, muchos en el poder presumen tener ganada la salvación eterna a pesar de conductas y pecados diarios que contradicen abiertamente el Evangelio, la mentira convertida en herramienta política, el egoísmo erigido en derecho y la demagogia justificada como “realismo”.

Se rechaza y niega la Verdad para suplantarla con ideologías políticas de ocasión o modas woke que prometen el mismo fin redentor sin pasar por la cruz. Se vende la ilusión de que basta con adherirse a la causa política del momento para quedar absueltos sin conversión sincera ni reparación de los daños causados. Así, la gracia se convierte en coartada y la misericordia en licencia. Esta presunción es una forma sutil de ateísmo práctico, se invoca a Dios, pero se vive como si no existiera.

Frente a este panorama, Pentecostés nos recuerda un signo esencial: la paz. No la aparente tranquilidad de los silencios cómplices no de treguas hipócritas, sino la paz profunda que solo el Espíritu puede infundir, la que reconcilia corazones, sana memorias y devuelve la dignidad a una nación herida. México necesita con desesperación esa paz que no se decreta con la cifras ni se hace en púlpitos de declaraciones mañaneras, sino que se recibe como regalo que requiere de una aceptación y conversión personal.

Parafraseando las palabras  del Papa León XIV en su mensaje con motivo de esta solemnidad, México es como en el cenáculo, el lugar de la cena y de la traición que requiere de transformarse no en el sentido que dice el régimen al usar esa palabras y, de sepulcro, convertirse para toda la Iglesia en fuente de resurrección.

En una realidad marcada por la desorientación moral, la polarización y la fragmentación social, los dones del Espíritu Santo resultan esenciales para resistir la tentación de construir el bien con ídolos falsos que ya nos traicionaron y nos siguen utilizando.

Que el mismo Espíritu que irrumpió con viento y fuego en Jerusalén irrumpa hoy en nuestro país, consuma el pecado que aparenta transformación y nos devuelva, humildes y valientes, a la única Verdad que salva con conversión sincera y arrepentimiento de todos los males que nos conducen al abismo.

 

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