En la madrugada del martes 7 de julio de 2026, la parroquia de los Santos Cosme y Damián, en la colonia San Rafael de la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México, fue escenario de un robo que ha generado profunda indignación entre fieles, artistas y defensores del patrimonio cultural. El canónigo José de Jesús Aguilar, párroco del templo, denunció la sustracción de tres esculturas de bronce y cinco placas conmemorativas del atrio, con un valor estimado superior a los 150 mil pesos Entre las piezas sustraídas destacan una escultura inspirada en la obra de Leonora Carrington, otra influida por el universo de Remedios Varo, representaciones de ángeles de tamaño humano y placas que identificaban estas obras, algunas vinculadas a temas de cuidado animal y la labor de las madres buscadoras.
Las esculturas formaban parte de una galería comunitaria al aire libre instalada en el atrio parroquial, un espacio que combina fe, arte contemporáneo y memoria social. Las piezas estaban ancladas con varillas de metal, cemento y espuma; los responsables saltaron la reja perimetral, rompieron cadenas de seguridad y las arrancaron, según las imágenes captadas por las cámaras de videovigilancia nocturna y compartidas por el sacerdote en sus redes sociales. El padre Aguilar emitió un llamado directo: “Si alguien se las ofrece o quiere vender, sepan que son robadas y comuníquense a santoscosmeydamian@yahoo.com.mx”.
Tras analizar las grabaciones, detuvieron a un hombre de 26 años en las inmediaciones de avenida San Cosme y calle Serapio Rendón. Al sujeto se le aseguraron 19 bolsitas de plástico con hierba verde y seca con características de marihuana y cinco cigarrillos artesanales. Fue puesto a disposición del Ministerio Público, las investigaciones continúan para localizar a otros posibles involucrados y recuperar las obras.
Este caso no es aislado. Durante mayo, junio y los primeros días de julio de 2026, diversas diócesis del país han registrado un incremento preocupante de robos, intentos de hurto y, especialmente, sacrilegios contra templos y lugares de culto católicos. Estos ataques no solo afectan el patrimonio material, frecuentemente metales como el bronce para reventa, sino que en varios casos vulneran lo más sagrado de la fe católica al profanar el Santísimo Sacramento.
En la diócesis de Saltillo, el obispo Hilario González García ha expresado reiteradamente “profundo dolor, consternación y tristeza” por la ola de robos y profanaciones. En mayo de 2026, la capilla San Francisco de Asís en Colinas de San Francisco sufrió un segundo robo en corto tiempo. Los delincuentes forzaron accesos y se llevaron el sagrario, un viril con hostias consagradas y equipo de sonido. El prelado calificó estos hechos como sacrilegios que vulneran la libertad religiosa y pidió a las autoridades reforzar la vigilancia. La comunidad realizó actos litúrgicos de desagravio y reparación.
El caso más grave ocurrió el 12 de junio de 2026 en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, colonia Montebello de Saltillo perteneciente a la parroquia del Santo Niño de la Salud. Desconocidos quitaron la protección de una ventana, rompieron el vidrio e ingresaron al recinto. Sustrajeron el sagrario, lo violentaron y extrajeron los copones y el hostiario con las Sagradas formas eucarísticas reservadas. Además, robaron bocinas, extensiones eléctricas y herramientas.
En comunicado oficial (circular 86/2026), el obispo declaró el hecho como vejación al lugar sagrado y sacrilegio contra las especies eucarísticas. Recordó que, conforme al Código de Derecho Canónico quien lo perpetre, si es católico, incurre en excomunión. La diócesis ha insistido en la oración y la denuncia.
La diócesis de Querétaro ha denunciado al menos cuatro robos en templos católicos solo en el último mes, sumando ya ocho casos en lo que va del año. Aunque los detalles específicos varían, el patrón de sustracción de objetos de valor y, en algunos casos, elementos litúrgicos, ha generado preocupación entre las comunidades parroquiales y llamado a las autoridades estatales a fortalecer la protección de los recintos religiosos.
Otras diócesis afectadas son las de Jalisco. El 10 de junio de 2026, en la capilla de Nuestra Señora de San Juan de Lagos, en Lagos de Moreno, Jalisco, un sujeto intentó robar una campana de bronce de menor tamaño, valuada en aproximadamente 80 mil pesos. Logró desmontarla desde una altura de unos 10 metros, pero al descender con ella perdió el equilibrio y cayó, impactado además por la pesada estructura de bronce. Resultó con múltiples lesiones, incluida una fractura en una pierna. Paramédicos y autoridades acudieron al lugar; la campana fue recuperada y resguardada. El individuo fue detenido y quedó a disposición de las autoridades para las investigaciones correspondientes.
Aunque no se consumó el hurto y no se reportó profanación del Sagrario, el hecho ilustra la vulnerabilidad de los templos incluso en zonas urbanas de Jalisco y el riesgo que corren tanto los delincuentes como el patrimonio de las comunidades.
Otro reciente hecho en el Occidente también implicó la profanación. A inicios de julio de 2026, la comunidad de Acaponeta, Nayarit, sufrió el robo y sustracción de objetos litúrgicos de la capilla de San Judas Tadeo. Según reportes locales y publicaciones en redes sociales de la región, sujetos desconocidos no solo robaron el cepo de la colecta, sino que sustrajeron el Sagrario. El acto ha sido calificado como robo y profanación, generando un profundo dolor espiritual en los fieles, quienes ven en la sustracción del Sagrario una ofensa directa contra la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Hasta el momento no se han reportado detenciones ni recuperación de los objetos sustraídos. La comunidad ha expresado su rechazo y ha pedido justicia y respeto para los espacios sagrados.
Estos casos revelan un patrón preocupante que combina motivaciones económicas, alto valor de metales y obras de arte, con actos que, en varios casos, revisten gravedad espiritual. El robo o profanación del Sagrario y de la Eucaristía no son meros delitos patrimoniales, constituyen ofensas gravísimas contra el Cuerpo de Cristo que implica la excomunión.
Estas agresiones afectan directamente la seguridad de las comunidades católicas, que ven vulnerados sus templos y, en ocasiones, su propio patrimonio artístico e histórico. El Centro Católico Multimedial han documentado en años anteriores que cientos de templos sufren algún tipo de ataque anualmente, la tendencia parece mantenerse o agravarse en regiones específicas, especialmente en lugares desprovistos de vigilancia constante.