Las acusaciones formales de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, y el involucramiento directo de un senador de la República, junto con varios funcionarios del partido en el poder, no son un incidente aislado. Son la prueba indubitable de que el llamado “narcogobierno” no es una invención opositora, sino una realidad operativa que ha convertido a Sinaloa en el laboratorio perfecto para encumbrar al narco, someter a la oposición política y hacer de México, ya no la dictadura perfecta, sino el narcoestado perfecto.
La denuncia estadounidense es explícita, los señalados, según los expedientes, actuaban como enlace entre los líderes de Los Chapitos y el denestrado gobernador. Antes de las elecciones de 2021, quien ocupa un escaño en el Senado de la República y es presidente de la Comisión de Estudios Legislativos, Enrique Inzunza, entregó nombres y direcciones de candidatos opositores para que el crimen organizado los amenazara, secuestrara o desapareciera y así garantizar la victoria del candidato oficial, Rubén Rocha Moya.
Este no es un caso de “infiltración”. Es una operación de Estado. El mismo gobierno que operó bajo el mantra de “no mentir, no robar, no traicionar” ha convertido ese cliché en escudo retórico para proteger exactamente lo contrario. La mentira se institucionalizó como discurso oficial; el robo, como sistema de financiamiento político; la traición, como método de control territorial. La corrupción dejó de ser un vicio para convertirse en el combustible que mueve la maquinaria devastadora del Estado. Sin ella, el proyecto no se sostiene. Con ella, el narco deja de ser enemigo y pasa a ser socio estratégico.
Desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se perfeccionó el trato de “señores” a los señores del narco. Quince visitas a Sinaloa, veintitrés giras, seis meses en Badiraguato, cuna del Cártel de Sinaloa, algunas de ellas privadas, sin prensa y con comitiva reducida. “Ya recibí tu carta”, una vez dijo López Obrador a Consuelo Loera, madre de “El Chapo”, como consta en un video, hoy conclusivo e inobjetable. Saludos casi de servidumbre a la abuela de los Chapitos. Visitas a la tierra de Caro Quintero, los Beltrán Leyva y los Chapitos. El mensaje era claro, el narco no es perseguido, es recibido con deferencia presidencial porque “también son seres humanos”.
Sinaloa no fue un estado para procurar bienestar. Fue el laboratorio donde se probó la fórmula de usar al Estado para blindar al crimen organizado y usar al crimen organizado para blindar al Estado. Los nombres de opositores entregados al narco no eran eran estrategia electoral, eran la imposición del terror y de la violencia como recurso. El narco no solo financiaba, decidía quién podía competir y quién debía desaparecer.
Frente a esta podredumbre, la responsabilidad moral y política de los católicos es altísima. No se trata de preferencias partidistas, se trata de coherencia con la fe. Ningún católico puede votar por partidos que protegen al narco que constituyen narcogobiernos y que se amparan en la corrupción sistemática. Menos aún cuando esos mismos partidos se asocian contra la vida porque estar con el narco es atentar contra la vida, la paz y el bienestar. La doctrina social de la Iglesia es clara, la subsidiariedad, la verdad y la justicia no son opcionales.
Son actuales las fórmulas de los grandes pensadores cristianos como los hermanos Chesterton y Belloc contra los políticos corruptos. En The Party System, Joseph Hilaire Belloc y Cecile Edward Chesterton advertían que la partidocracia corrompe hasta convertir la corrupción en hábito nacional. La solución no es cambiar de partido, sino cambiar de sistema, pactar la verdad, exponer públicamente a los corruptos como quien extirpa un cáncer, llevarlos a los tribunales sin miedo y exigir que los ciudadanos puedan juzgar el incumplimiento de promesas electorales. Belloc añadía, la vuelta a la fe es indispensable para redimir la economía y la política.
¿Qué decimos los católicos? Los católicos mexicanos, en conciencia, no pueden seguir tolerando este cúmulo de abusos prestando su voto a quienes han hecho del narco un socio y de la corrupción un combustible de Estado. La responsabilidad es moral, quien vota por el mal, participa del mal. La responsabilidad es política, quien calla, legitima.
Es hora de un pacto por la verdad. Es hora de exigir justicia. Es hora de que los católicos digan, como esgrimió Chesterton y exige la doctrina social de la Iglesia: ¡Basta!. Como bien lo dice el título de un libro como dardo certero: Esta es la cuarta transformación… del narco. Porque lo que sucedió esta semana, no es una mera anécdota, es la realidad que en siete años ha construido uno de los peores sistemas políticos que ha hecho de la mentira su verdad consuetudinaria. ¿Qué más tiene que pasar para darnos cuenta?