Crédito a quien corresponda / El comunicado leído por el arzobispo de México, Carlos Aguiar Retes, con motivo de la toma de posesión del nuevo rector presenta una serie de cambios como una simple actualización administrativa y pastoral, inspirada en las reformas aplicadas por el papa Francisco en las Basílicas Papales de Roma. A primera vista, el lenguaje parece irreprochable: eficiencia, orden, renovación y fortalecimiento de la misión pastoral.
Pero ningún comunicado puede interpretarse al margen de su contexto. Éste aparece después de las denuncias de varios canónigos sobre las irregularidades en la administración de la Basílica, de una investigación canónica y de una auditoría cuyos resultados permanecen sin conocerse, así como de la controvertida restitución y posterior relevo del entonces rector, Efraín Hernández Díaz.
Por ello, el verdadero alcance de este documento no está solo en lo que dice, sino en el modelo de gobierno que anuncia para el principal santuario mariano del mundo.
Vamos a analizar los puntos más importantes del comunicado tratando de despejar su verdadera intención que está lejos de una sincera motivación espiritual y de fe.
1.- La verdadera intención de la “actualización” de la Basílica
“Con la responsabilidad que tengo como Arzobispo Primado de México y Custodio de la Imagen Sagrada, informo que hemos comenzado una etapa de actualización y mejora de los procesos administrativos, operativos y pastorales en la Basílica de Guadalupe.
Para ello tomaremos como referencia las actualizaciones impulsadas por el Papa Francisco para las Basílicas Papales de Santa María la Mayor en Roma y de San Pedro en el Vaticano, mediante las cuales fortalecieron la misión pastoral de las basílicas, clarificaron las responsabilidades institucionales y favorecieron una organización que respondiera mejor a las necesidades de los peregrinos.
Al igual que en las Basílicas Papales, esta renovación contribuirá a distinguir la misión pastoral de la operación administrativa, y así consolidar de acuerdo con las nuevas normas civiles y eclesiales una institución cada vez más eficiente y ordenada”.
A primera vista, el comunicado presenta estas reformas como una simple actualización administrativa y pastoral. Sin embargo, detrás de ese lenguaje aparentemente técnico se encuentra una transformación mucho más profunda del gobierno de la Basílica.
Las reformas impulsadas por el papa Francisco para las Basílicas Papales de Roma no surgieron de una simple reorganización. Nacieron como respuesta al desorden administrativo y económico que durante años se había detectado en algunas de ellas. Con ese argumento se modificó profundamente su estructura de gobierno.
Lo significativo es que estas reformas se realizaron sin consultar a los cabildos, exactamente del mismo modo en que ahora pretende hacerlo el cardenal Aguiar en la Basílica de Guadalupe.
El resultado fue el debilitamiento de los cabildos. Los canónigos fueron apartados de las decisiones económicas y de gobierno, quedando reducidos, en buena medida, a funciones principalmente litúrgicas y protocolarias. Perdieron la participación efectiva que históricamente habían tenido en la administración de las basílicas.
Paralelamente, las facultades de gobierno se concentraron en la figura del arcipreste nombrado directamente por el Papa. Aunque cada una de las basílicas aplicó las reformas con matices distintos, el resultado fue esencialmente el mismo: una fuerte centralización de las decisiones administrativas y económicas.
Vista desde esta perspectiva, la referencia que hace el arzobispo Aguiar a las reformas de las Basílicas Papales deja entrever con claridad cuál parece ser el rumbo que pretende seguir para la Basílica de Guadalupe: debilitar al Cabildo como órgano de gobierno y concentrar un mayor control sobre la administración y la economía del santuario.
La estrategia resulta particularmente hábil desde el punto de vista político y eclesial. Al presentar estas medidas como una simple aplicación del modelo establecido por el papa Francisco, cualquier objeción puede interpretarse fácilmente como una oposición a decisiones ya tomadas por el propio Pontífice.
De ese modo, la referencia a las reformas romanas no solo sirve como precedente jurídico, sino también como un poderoso argumento de legitimación frente a cualquier crítica.
2.- La separación entre lo pastoral y lo administrativo
“Al igual que en las Basílicas Papales, esta renovación contribuirá a distinguir la misión pastoral de la operación administrativa, y así consolidar de acuerdo con las nuevas normas civiles y eclesiales una institución cada vez más eficiente y ordenada”.
A primera vista, la propuesta parece impecable. ¿Quién podría oponerse a distinguir con claridad la misión pastoral de la administración? El planteamiento incluso recuerda el principio evangélico de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. El argumento aparece noble, razonable e incluso difícil de cuestionar.
Sin embargo, cuando se observa el alcance que tuvieron estas reformas en las Basílicas Papales de Roma, el panorama cambia significativamente.
En la práctica, esa separación no significó únicamente una mejor distribución de funciones. Su consecuencia fue apartar a los cabildos de las decisiones económicas y administrativas, limitando su participación al ámbito estrictamente pastoral y litúrgico. El gobierno efectivo y el control de la administración quedaron concentrados en otras instancias.
Es precisamente ese modelo el que el arzobispo Aguiar presenta ahora como referencia para la Basílica de Guadalupe.
Bajo el argumento de hacer más eficiente la administración y distinguir competencias, lo que en realidad se perfila es una nueva estructura de gobierno en la que el Cabildo perdería su capacidad de intervenir en las decisiones económicas y administrativas del santuario. De esta manera, dejaría de existir un verdadero contrapeso institucional y desaparecería la obligación práctica de informar o consensuar con el Cabildo las decisiones relacionadas con la administración de la Basílica.
En este contexto, la apelación a la eficiencia administrativa deja de ser un simple criterio de organización y adquiere una dimensión mucho más profunda: la concentración del gobierno y del control económico de la Basílica en un número cada vez menor de manos, reproduciendo el esquema implantado en las Basílicas Papales bajo la reforma del papa Francisco. Así, la aparente separación entre lo pastoral y lo administrativo se convierte en el instrumento jurídico que hace posible esa concentración de poder.
3.- Las “revisiones” con las que ahora se justifican los cambios
“Además, desde el año pasado, dispuse la realización de diversas revisiones de carácter administrativo y operativo en la misma Basílica, que fueron informadas tanto a la Conferencia del Episcopado Mexicano, a la Nunciatura Apostólica y a la Santa Sede. Estas revisiones, habituales en la vida de cualquier institución, han permitido reconocer oportunidades para fortalecer la acción evangelizadora, la organización interna y la atención que diariamente se brinda a los millones de peregrinos”.
En este punto el comunicado afirma que, desde el año pasado, el arzobispo dispuso diversas revisiones administrativas y operativas de la Basílica, presentándolas como algo habitual en la vida de cualquier institución y como el fundamento de las reformas que ahora anuncia.
Sin embargo, es importante distinguir dos procesos completamente distintos.
Por una parte, a raíz de las denuncias presentadas por los canónigos sobre presuntas irregularidades en la gestión del entonces rector, canónigo Efraín Hernández Díaz, el arzobispo Aguiar ordenó una investigación canónica. Esa investigación concluyó hace meses, pero hasta la fecha sus resultados nunca fueron dados a conocer al Cabildo, a pesar de que éste tenía derecho a conocerlos por haber sido quien promovió las denuncias y por tratarse del gobierno de la propia Basílica.
Diversas filtraciones de esa investigación permitieron conocer que el entonces rector no habría salido bien librado de la misma. No obstante, cuando en mayo pasado el arzobispo Aguiar decidió restituir a Efraín Hernández en el cargo, aseguró al Cabildo que la investigación no había encontrado ninguna irregularidad, afirmación que contrasta con la información que posteriormente comenzó a conocerse.
Por otra parte, tampoco puede atribuirse a Aguiar Retes la decisión de realizar la auditoría administrativa. Ésta no nació por iniciativa propia, sino que fue impulsada por la Conferencia del Episcopado Mexicano, que encomendó el trabajo al despacho internacional Deloitte. Hasta el día de hoy, los resultados de esa auditoría tampoco han sido entregados al Cabildo. Todo indica que el motivo es que en ellos aparecerían diversas irregularidades cuya difusión resultaría incómoda.
También resulta inexacta la afirmación del comunicado de que estas revisiones son “habituales en la vida de cualquier institución”. Si realmente hubieran formado parte de una práctica ordinaria, se habrían realizado periódicamente durante los casi ocho años de gobierno de Carlos Aguiar. No ocurrió así. Estas revisiones no fueron una práctica habitual, sino una medida a la que se vio obligado por las circunstancias y por la gravedad de las denuncias presentadas.
Paradójicamente, ahora esas mismas investigaciones y auditorías, que no surgieron por iniciativa propia y cuyos resultados continúan sin hacerse públicos, son utilizadas como el principal argumento para justificar una profunda reestructuración del gobierno y de la administración de la Basílica de Guadalupe.
4.- La mentira de las consultas que nunca se han realizado
“Durante estos meses he procurado escuchar con atención a diversas personas que, desde distintos ámbitos de responsabilidad y servicio, han compartido sus experiencias, inquietudes y propuestas. Agradezco a todos quienes, con espíritu de comunión y amor a la Santísima Virgen de Guadalupe, han contribuido a este ejercicio de discernimiento eclesial.”
Si hay una palabra que caracteriza el pontificado del papa Francisco fue sinodalidad. Escuchar, dialogar, discernir. Aguiar ha hecho suyo ese lenguaje y lo repite constantemente. Sin embargo, la realidad dista mucho de ese discurso.
El arzobispo Aguiar habla de consultas que nunca hace. Al menos los sacerdotes de la Arquidiócesis de México jamás han sido consultados sobre las grandes decisiones pastorales o de gobierno que ha tomado durante casi ocho años. El gran “paladín” de la sinodalidad, en los hechos, no escucha a nadie. Es incapaz de entrar en un verdadero diálogo. Siempre, con sus finos modales y su voz meliflua, termina imponiendo su voluntad.
No tolera la crítica, aunque sea respetuosa y constructiva. Quien piensa distinto es ignorado, marginado y, en no pocas ocasiones, termina padeciendo represalias. Cuando los argumentos se agotan y alguien insiste en cuestionar una decisión, suele zanjar la discusión con una frase que resume perfectamente su manera de ejercer la autoridad: “El arzobispo soy yo.”
Aguiar ahora afirma que escuchó a numerosas personas, que hubo un discernimiento eclesial y que recibió propuestas de distintos ámbitos de responsabilidad. La pregunta inevitable es: ¿a quién escuchó? Porque ciertamente no escuchó al Cabildo de Guadalupe, que conocía de primera mano la situación de la Basílica. Tampoco escuchó a buena parte de su presbiterio, que desde hace años espera ser tomado en cuenta en las decisiones que afectan la vida de la arquidiócesis.
Con frecuencia afirma haber consultado al Papa, a la Conferencia del Episcopado Mexicano, a la Nunciatura Apostólica o a sus más cercanos colaboradores. Y muchos le creen. Pero la experiencia demuestra otra cosa: las decisiones ya están tomadas de antemano y las supuestas consultas terminan siendo un recurso para revestirlas de una legitimidad que en realidad nunca surgió de un verdadero proceso de diálogo.
Por eso, este párrafo del comunicado no describe un auténtico ejercicio de discernimiento eclesial. Constituye, más bien, el intento de presentar como fruto de una amplia consulta decisiones que, según la experiencia de quienes han convivido con su forma de gobernar, fueron tomadas unilateralmente mucho antes de que nadie pudiera opinar sobre ellas.
5.- El intimidante llamado a la unidad
El comunicado del arzobispo remata con un llamado a la unidad:
“Los invito a todos a vivir este momento con espíritu de comunión y de unidad, evitando interpretaciones que puedan sembrar división, y poner este camino bajo la protección de Santa María de Guadalupe”.
Estas palabras llaman la atención porque parecen dirigidas precisamente a quienes han expresado legítimas preocupaciones por el rumbo que está tomando la Basílica de Guadalupe y la Arquidiócesis de México.
El arzobispo Aguiar pide comunión y unidad porque conoce el ambiente que existe dentro de la arquidiócesis. Sabe que el presbiterio no comparte su forma de gobernar y espera con ansia y rezan por él momento de su relevo. También sabe que, desde el escándalo de la Basílica, sus decisiones están sometidas a un intenso escrutinio y que su autoridad moral y su credibilidad han quedado pulverizadas.
El problema no son las críticas. El problema es creer que todo cuestionamiento constituye una división. En la Iglesia, la comunión no consiste en guardar silencio frente a decisiones discutibles ni en aplaudir incondicionalmente a la autoridad. La comunión se construye sobre la verdad, la transparencia y la confianza. Es imposible hacer comunión con quien ha destruido y desmantelado la arquidiócesis de México.
Por eso resulta difícil aceptar que ahora se invoque la unidad cuando precisamente las decisiones adoptadas han provocado un profundo malestar entre sacerdotes, canónigos y numerosos fieles. La división no nace de quienes señalan lo que consideran abusos, manipulaciones o decisiones equivocadas. La división nace cuando la autoridad deja de escuchar, concentra el poder y exige adhesión incondicional.
Quien gobierna la Iglesia debe preguntarse si el origen de la fractura está en quienes levantan la voz o en las decisiones que han llevado a perder la confianza de quienes integran la Arquidiócesis.
Por ello, la apelación a la comunión no puede convertirse en un recurso para descalificar toda crítica o intimidar. La verdadera comunión exige verdad, rendición de cuentas y apertura al diálogo. Sin esos elementos, el llamado a la unidad corre el riesgo de ser percibido simplemente como una invitación al silencio o peor aún a la complicidad.
Conclusión
Más que una simple reforma administrativa, el comunicado anuncia un cambio profundo en la estructura de gobierno de la Basílica de Guadalupe. Bajo la referencia a las reformas impulsadas por el papa Francisco para las Basílicas Papales —que, lejos de fortalecer la colegialidad, terminaron debilitando a los cabildos y concentrando las decisiones administrativas y económicas— se perfila un modelo semejante para Guadalupe.
Si esa lectura es correcta, la verdadera cuestión ya no es la modernización de los procesos, sino la venganza del arzobispo Aguiar contra el Cabildo que, de forma responsable y valiente denunció los abusos del anterior rector, con esta decisión se busca el debilitamiento del Cabildo como órgano de gobierno y la concentración del control sobre la administración y los recursos del santuario. Esa es la pregunta de fondo que el comunicado deja abierta y que sus promotores deberían responder con claridad.
Ahora bien, por lo visto Aguiar olvida que una reforma de este calado no la puede hacer solo y de forma autoritaria, como suele gobernar, necesita del aval de la Santa Sede y de la Conferencia del Episcopado Mexicano, pues Guadalupe no es un santuario diocesano, sino nacional, y la reforma de los estatutos requiere la aprobación del Papa León XIV que Aguiar en todo momento ha ignorado, y se ha arropado, sin embargo, el la autoridad del Papa Francisco, que hace más de un año ha fallecido y que por lo mismo no es más el Papa. ¿Aguiar sabrá esto?