La Iglesia de México y el 11-S

La Iglesia de México y el 11-S

A veinticinco años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el mundo sigue marcado por las imágenes de las Torres Gemelas desplomándose y por la guerra global contra el terrorismo que se desencadenó después. Para la Iglesia católica en México, aquellos hechos no fueron solo un acontecimiento lejano, sino una sacudida moral y espiritual. El Episcopado Mexicano, interpretó el 11-S y la posterior espiral bélica.

Un comunicado firmado por Luis Morales Reyes, en ese momento presidente de la CEM, expresó “profundo dolor y solidaridad con el pueblo estadounidense” y se convocó a todas las diócesis del país a celebrar misas por las víctimas. El texto calificaba los atentados como “una afrenta contra la dignidad humana” y advertía que la violencia nunca podía ser camino de justicia. Este mensaje fijó la postura oficial, cercanía espiritual con las víctimas y condena categórica al terrorismo.

En el arzobispado de México, el cardenal Norberto Rivera Carrera reforzó esa línea en declaraciones públicas y homilías reproducidas en prensa nacional. En la Basílica de Guadalupe, el 12 de septiembre, convocó a una jornada de oración y afirmó que los ataques eran un recordatorio de la fragilidad de la paz mundial. Su voz insistía en que la respuesta debía ser espiritual y comunitaria, no militar. Sin embargo, la realidad internacional pronto se inclinó hacia la guerra, Estados Unidos lanzó la invasión de Afganistán en octubre de 2001 y más tarde la de Irak en 2003. La jerarquía eclesiástica de México, en mensajes posteriores, se mostró crítica frente a la espiral bélica, advirtiendo que la violencia engendra más violencia.

Otros obispos locales también se pronunciaron. Florencio Olvera Ochoa, entonces obispo de Tabasco y posteriormente de Cuernavaca, declaró en entrevistas regionales que el ataque debía ser leído como un llamado a fortalecer la cultura de paz y la cooperación internacional. Otras voces complementaron el panorama nacional, la jerarquía católica mexicana coincidía en que el terrorismo era un mal absoluto, pero también en que la respuesta debía ser la construcción de paz, no la guerra.

El desaparecido semanario Desde la Fe de la Arquidiócesis de México dedicó editoriales en las semanas posteriores al 11-S. En ellos se condenaba explícitamente el terrorismo, se reflexionaba sobre la vulnerabilidad de la convivencia humana y se llamaba a la oración. Sus opiniones mostraron cómo la Iglesia buscó dar sentido espiritual a un acontecimiento que desbordaba la política y la seguridad internacional. La insistencia en la fraternidad cristiana y en la solidaridad con las víctimas se convirtió en el eje de su discurso.

En el contexto internacional, las palabras de Juan Pablo II resonaron en México. El Papa calificó el 11 de septiembre como “un día tenebroso en la historia de la humanidad” y pidió rechazar los caminos de la violencia. La Iglesia debía ser un actor que llamara a la paz, incluso cuando los gobiernos optaban por la guerra.

La guerra contra el terrorismo, iniciada por Estados Unidos, fue seguida con preocupación por el Episcopado Mexicano. Advirtieron sobre los riesgos de una respuesta militar desproporcionada. En sus mensajes, se subrayaba que la justicia no podía confundirse con venganza y que la paz debía ser construida con diálogo y cooperación internacional. La Iglesia se alineó con la postura del Vaticano, la condena al terrorismo, pero rechazo a la guerra como solución.

A lo largo de los años, esta postura se mantuvo. En aniversarios posteriores, los obispos mexicanos recordaron el 11-S como un acontecimiento que mostró la vulnerabilidad de la humanidad y la necesidad de fortalecer la cultura de paz. La memoria se convirtió en un referente para hablar de violencia, terrorismo y guerra en otros contextos, como el narcotráfico en México. La Iglesia utilizó la experiencia para insistir en que la violencia nunca puede ser justificada y que la respuesta debe ser siempre la construcción de paz.

A 25 años de los atentados, las consecuencias siguen presentes. La guerra contra el terrorismo transformó la política internacional, generó conflictos prolongados en Afganistán e Irak y dejó millones de víctimas. Desde la fe de la Iglesia en México, el 11-S fue un punto de inflexión que obligó a pronunciarse sobre la violencia global y sobre la necesidad de construir paz en un mundo marcado por la guerra.

En retrospectiva, el Episcopado Mexicano no se limitó a expresar solidaridad con Estados Unidos. Sus mensajes fueron también una advertencia, la violencia engendra más violencia y la justicia no puede confundirse con venganza. Esas palabras siguen vigentes en un mundo que aún enfrenta terrorismo, guerras y violencia. La postura fue clara: condena al terrorismo, solidaridad con las víctimas y llamado a la paz y constituyó un testimonio importante de cómo la fe interpretó uno de los momentos más oscuros de la historia reciente.

Los mensajes de solidaridad al pueblo de Estados Unidos y a la Conferencia de Obispos de Estados Unidos, así como el mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano sobre la violencia y la guerra, todos del año 2001, pueden ser leídos a continuación:

MENSAJES DE LA CEM EN TORNO AL 11S DE 2001

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