La diócesis de Ecatepec cerró casi dos años de sede vacante y abrió una nueva etapa pastoral con la toma de posesión canónica de José Guadalupe Torres Campos como su tercer obispo. La jornada, que comenzó en el Santuario de la Quinta Aparición de Tulpetlac y culminó en la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús, combinó el colorido de la fe popular, tapetes de aserrín elaborados por vecinos de los pueblos originarios, globos, banderas, carteles y porras, con una profunda reflexión litúrgica sobre el sentido del ministerio episcopal en un territorio marcado por la densidad poblacional, las heridas de la violencia y la necesidad de reconstruir el tejido social.
Torres Campos, originario de León, Guanajuato, y hasta entonces obispo de Ciudad Juárez, había sido nombrado el 13 de mayo de 2026 por León XIV. Llegó a la diócesis después de once años de servicio en la frontera norte, donde su ministerio se caracterizó por la atención a migrantes, víctimas de violencia y el acompañamiento social. La sede de Ecatepec permanecía vacante desde julio de 2024, cuando su predecesor, Óscar Roberto Domínguez Couttolenc, fue transferido a la arquidiócesis de Tulancingo. El administrador diocesano, el padre Luis Martínez Flores, había sostenido la continuidad pastoral hasta este día.
La mañana arrancó con la visita al Santuario de la Quinta Aparición en Santa María Tulpetlac, lugar de profunda significación guadalupana. Allí, el nuevo obispo fue recibido por autoridades civiles, entre ellas Pedro Mena Alarcón, encargado de asuntos religiosos del Estado de México, y posteriormente por la presidenta municipal de Ecatepec, Azucena Cisneros Coss. El recorrido por la calle Vicente Villada y avenida Ecatepec se convirtió en una procesión viva, cientos de fieles acompañaron al prelado entre ovaciones, mientras los tapetes de aserrín marcaban el camino hacia la catedral. Cisneros Coss aprovechó el momento para proponer una agenda conjunta de paz centrada en la juventud, la recuperación de espacios comunitarios, el acompañamiento a víctimas, el fortalecimiento de valores y la presencia institucional en las colonias más vulnerables, siempre desde el respeto al Estado laico. “Hoy abrimos una nueva etapa de diálogo, acompañamiento y construcción de paz”, subrayó la alcaldesa.
La celebración eucarística de instalación, presidida por el nuncio apostólico en México, Joseph Spiteri, congregó a numerosos obispos de la provincia eclesiástica de Tlalnepantla y de otras regiones del país, al presbiterio diocesano, a religiosas y religiosos, seminaristas, autoridades civiles, entre ellas el senador Higinio Martínez Miranda y el alcalde de Tlalnepantla, Raciel Pérez Cruz, y a una multitud de fieles que llenaron el templo.
La eucaristía, donde el nuevo obispo hizo su profesión de fe, fue presidida por el arzobispo José Antonio Fernández Hurtado. Obispos, sacerdotes de la diócesis y fieles abarrotaron la catedral y en su homilía, pronunciada en la fiesta de Santa María Magdalena, el nuncio Spiteri ofreció una reflexión densa y pastoral que orientó el inicio del nuevo ministerio. Comenzó expresando el gozo de recibir a un “pastor según el corazón” de Dios y agradeció la paciencia del pueblo y del administrador diocesano durante el tiempo de espera. Recordó que los obispos, sucesores de los apóstoles, están llamados a ser “buenos administradores de la gracia de Dios”, según la exhortación de San Pedro, y que para ello necesitan tres elementos fundamentales: la oración constante que nace del corazón, el amor recíproco y efectivo que “sepulta” o perdona una gran cantidad de pecados, y el servicio fraterno que comparte los dones recibidos para el bien común.
Spiteri insistió en que la verdadera fuerza del ministerio nace de la relación personal con el Señor, especialmente en su Sagrado Corazón, fuente de alimento cotidiano para la comunión y el servicio. Citó las palabras del papa León XIV a los obispos: para guiar a la Iglesia hay que dejarse renovar profundamente por el Buen Pastor, a fin de conformarse plenamente a su corazón y a su misterio de amor.
El nuncio dedicó un amplio espacio a la figura de María Magdalena. Destacó su fidelidad junto a la cruz, su búsqueda perseverante del Señor incluso en el dolor y su misión de ser “apóstol de los apóstoles” al anunciar la Resurrección. “La misión de los apóstoles es ésta: anunciar la resurrección, anunciar a Cristo resucitado a toda la comunidad”, afirmó, y añadió que esa misma misión corresponde a todos los discípulos misioneros: ofrecer un testimonio creíble para construir una cultura de la vida y no de la muerte.
Particularmente significativa fue la insistencia de Spiteri en la pregunta de los ángeles a Magdalena: “¿Por qué estás llorando, mujer?” y en la respuesta angustiada de ella: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”. El nuncio interpretó esa angustia como la de todo discípulo verdadero y, de modo especial, de los llamados al sacerdocio y al episcopado. “También a nosotros a veces en nuestro camino espiritual podemos sentirnos un poco perdidos… y nos preguntamos: ¿dónde está el Señor?”. No se trata de buscar un cuerpo muerto, sino al Resucitado que vive entre nosotros. Por eso es necesario tener el valor de formular esa pregunta, de llorar por querer encontrarlo y de reconocer al Señor que llama por el nombre.
Desde allí, Spiteri dio el salto pastoral decisivo: “Como creemos firmemente que Jesús el Señor se identifica con cada prójimo, con cada persona, estamos llamados también a buscarlo en nuestros hermanos y hermanas, sobre todo los más necesitados”. Enumeró a los que se han alejado, a los ancianos, a los enfermos, a las víctimas de la violencia, a los jóvenes que parecen perdidos. “No sabemos dónde está el Señor, no sabemos dónde están estos hermanos y hermanas… pero estamos llamados a salir a buscarlos, para encontrarlos en el Señor y ofrecerles la ternura de Cristo resucitado”.
El nuncio subrayó la urgencia de la comunión y de una “paz que desarma el corazón”, que nace de un corazón desarmado para poder desarmar a los demás. Llamó de manera particular a los sacerdotes a fortalecer la fraternidad sacerdotal, a no dejar a ninguno desamparado, y a ofrecer un ejemplo de unidad alrededor del obispo. Saludó a los numerosos hermanos en el episcopado presentes y recordó el paso del nuevo obispo por el santuario de la Quinta Aparición, donde Nuestra Señora curó a Juan Bernardino. “Ella quedará sin duda a tu lado para ayudarte en tu camino”, dijo al obispo Torres Campos.
Al finalizar la eucaristía, José Guadalupe Torres Campos dirigió su primer mensaje a la diócesis. Con voz serena y tono cercano, saludó al nuncio como representante del papa León XIV, a cardenales, arzobispos y obispos, a sacerdotes y diáconos, a la vida consagrada, a las autoridades civiles presentes, incluyendo a la gobernadora del Estado de México a través de su representante, a la presidenta municipal Azucena Cisneros y a otras personalidades y, sobre todo, al pueblo de Dios.
Expresó su gratitud a Dios y al Santo Padre por la confianza depositada en él. Confesó que desde el día del nombramiento había comenzado a orar por la diócesis, aunque todavía no conocía los rostros ni las historias. “Hoy esa oración comienza a tener un rostro concreto”, dijo. “A partir de este día, mi ministerio episcopal se irá llenando poco a poco de personas, familias, comunidades, alegrías, sufrimientos, esperanzas y desafíos”.
Presentó su lema episcopal, tomado de las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. “Estas palabras han iluminado mi ministerio desde el día en que fui llamado al Episcopado y hoy deseo ponerlas nuevamente al centro de esta nueva misión. María siempre conduce hacia su Hijo”. Deseó que ese sea el espíritu de la Iglesia de Ecatepec: escuchar al Señor, buscar al Señor resucitado en todos, dejarse conducir por su palabra y hacer de su voluntad el camino seguro.
Con claridad y humildad definió el estilo de su episcopado: “Vengo con el deseo sincero de escuchar antes de hablar, de conocer antes de decidir y de amar antes de pedir. Quiero ser para ustedes un obispo cercano que camine entre su pueblo, un pastor que no tenga miedo de acercarse a las heridas de las personas, un padre que procure que nadie se sienta solo, olvidado o excluido del amor de Dios y de la vida de la Iglesia”.
A los sacerdotes dedicó palabras especialmente cálidas. Reconoció la entrega cotidiana, muchas veces silenciosa, y expresó su deseo de conocerlos personalmente, no solo en sus lugares de servicio, sino en sus alegrías, preocupaciones, sueños y desafíos. “Caminaremos juntos, nos escucharemos mutuamente, discerniremos juntos aquello que el Espíritu Santo va pidiendo a nuestra Iglesia diocesana. Creo profundamente en la fraternidad sacerdotal, porque un presbiterio unido hace visible la comunión de Cristo y fortalece la esperanza del pueblo”.
A la vida consagrada agradeció el testimonio silencioso y fecundo de sus carismas. A los seminaristas los llamó “esperanza del mañana y alegría del presente”, invitándolos a cuidar el tiempo de formación y a permitir que el Señor modele su corazón según el del Buen Pastor. A las autoridades civiles ofreció disposición a trabajar juntos, cada uno desde su ámbito, por el bien común, la dignidad de la persona, la construcción de la paz y el fortalecimiento del tejido social, señaló el obispo quien estuvo acompañado de su familia y quien, además tuvo sentidas palabras de agradecimiento por la Iglesia de la diócesis de Ciudad Juárez.
La diócesis de Ecatepec, erigida en 1995, abarca una de las zonas más densamente pobladas del país. Atiende a cerca de un millón y medio de católicos en alrededor de cien parroquias. Su historia reciente ha estado marcada por la necesidad de acompañar realidades complejas de pobreza, violencia, migración interna y debilidad del tejido comunitario. El nuevo obispo llega con la experiencia de haber pastoreado en contextos de frontera y de alta conflictividad social, lo que genera expectativas de un ministerio atento a las periferias.
La presencia de autoridades civiles y el diálogo abierto sobre una agenda de paz evidencian la posibilidad de una colaboración respetuosa entre Iglesia y sociedad civil. Tanto el nuncio como el nuevo obispo insistieron en que la paz verdadera nace de corazones desarmados y de la búsqueda concreta del Señor en quienes sufren. La figura de María Magdalena, recordada en la fiesta litúrgica, se convirtió en clave de lectura: una mujer que busca, que llora, que anuncia y que no abandona.
Al concluir la jornada, Torres Campos compartió la fiesta popular, los saludos, las fotos y las conversaciones informales prolongaron el sentido de lo celebrado en el altar. La diócesis de Ecatepec tiene ya un pastor. El desafío ahora es que ese pastor y su pueblo caminen juntos, escuchando lo que el Señor les diga, buscando al Resucitado en los más heridos y construyendo, paso a paso, una cultura de la vida y de la comunión, especialmente en una zona agobiada por la pobreza y botín de los partidos políticos.
La jornada del 22 de julio no fue solo un acto jurídico y litúrgico de instalación. Fue el inicio de un camino que, según las palabras escuchadas ese día, quiere ser cercano, fraterno, orante y misionero. En una diócesis que ha esperado casi dos años, la llegada de José Guadalupe Torres Campos se vive como respuesta a muchas oraciones y como invitación a no dejar de preguntarse, con Magdalena: “¿Dónde está el Señor?”, para encontrarlo siempre de nuevo en el hermano.