Colgándose de la sotana…

Editorial del Centro Católico Multimedial

Colgándose de la sotana…

Del 4 al 6 de agosto de 2026, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, realizó una visita oficial a México en la víspera de los 34 años del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, ocurrido el 21 de septiembre de 1992.  La agenda combinó encuentros institucionales, una eucaristía en la Basílica de Guadalupe y un diálogo con actores del Diálogo Nacional por la Paz. Sus objetos aparentes fueron fortalecer los vínculos Iglesia-Estado, compartir reflexiones sobre violencia, migración, dignidad humana, libertad religiosa y ética de la inteligencia artificial y reafirmar el compromiso eclesial con la paz. Los resultados, sin embargo, revelan tanto gestos significativos como riesgos de instrumentalización política.

El eje político fue el encuentro del 5 de agosto en Palacio Nacional con la presidenta de la República. Según lo difundido por la propia mandataria, se abordaron la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, sobre el desarrollo ético de la inteligencia artificial guiado por dignidad humana, justicia y responsabilidad compartida, así como los llamados papales a la paz, la fraternidad y la cercanía con los vulnerables. Aprovechó para reiterar la invitación formal al Papa para visitar México, un deseo que ha impulsado desde que era candidata entonces todavía reinante el Papa Francisco. La reunión, enmarcada en la “cooperación” y el “diálogo”, proyectó una imagen de armonía y coincidencias institucionales

Más elocuente fue la homilía de Parolin en la Basílica de Guadalupe. Ante la Virgen, presentó el Tepeyac como escuela de oración para la pacificación de los pueblos y la reconciliación. Con particular fuerza se refirió a las madres buscadoras: comparó su perseverancia con la de la mujer cananea del Evangelio, que insiste ante el Señor por su hija. “Su ejemplo resuena con especial fuerza aquí en México, donde tantas madres siguen buscando con firmeza y fe a sus hijos desaparecidos. Nada puede impedirles hacer todo lo posible por ayudar a sus hijos, y todos podemos ayudarlas con nuestra oración”, afirmó. El cardenal no eludió el dolor de las familias marcadas por la violencia ni el llamado a acompañar a las víctimas. Esa misma tarde, en el encuentro con el Diálogo Nacional por la Paz, donde participaron madres buscadoras, académicos, policías, empresarios y representantes de varios estados, subrayó que “la paz comienza con la empatía al dolor del otro” y que es un “trabajo artesanal” de todos los días.

El comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano recogió estos acentos con claridad. Agradeció la visita, destacó el fortalecimiento de la relación desde el respeto a la autonomía de ambas instituciones y el compromiso con el bien común. Reafirmó el trabajo del Diálogo Nacional por la Paz y, ante la Virgen, el llamado a acompañar a las víctimas y a las madres buscadoras “compartiendo su dolor y caminando junto a ellas en la búsqueda de verdad, justicia y paz”. También reiteró el anhelo de que León XIV visite el país y ofrezca una palabra de reconciliación que prepare la celebración de los 500 años de las apariciones guadalupanas.

Sin embargo, las preguntas también son ineludibles. ¿Conviene una visita papal en este momento? Los políticos siempre han querido asociarse a los beneficios de una legitimación religiosa. Y el régimen actual no es la excepción. Una visita en el corto plazo podría ser utilizada proyectar legitimidad moral y diluir críticas ante la persistente crisis de violencia, desapariciones y descomposición del tejido social. La historia reciente de México enseña que los poderes políticos suelen buscar el aval religioso cuando les conviene, especialmente cuando llegan los momentos electorales, sin que ello se traduzca necesariamente en cambios estructurales a favor de las crisis que la sociedad sufre.

Todos los fieles de la Iglesia, sin duda, deseamos la presencia en México del Sucesor de Pedro. Ese anhelo es legítimo y profundo, pero existe un horizonte de mayor trascendencia: los 500 años de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, que se cumplirán en 2031. A partir de 2027 quedarán apenas cuatro años para esa celebración de fe. Ese tiempo político y eclesial corresponderá, con alta probabilidad, a otros actores. La Iglesia no debe precipitarse ni permitir que la expectativa de una visita papal se convierta en moneda de cambio diplomática o en escudo de legitimación, especialmente cuando en este país aparece el fantasma de un régimen autócrata-liberal que aparenta normalidad, cuando amenaza incluso los más elementales y esenciales derechos de paz y convivencia.

La visita de Parolin dejó un mensaje valioso, la paz es artesanal, nace de la empatía con el dolor ajeno y exige acompañamiento concreto a las madres que buscan. Ese es el criterio que debe orientar cualquier futuro encuentro del Papa con México. No bastan las fotografías protocolarias ni los discursos sobre ética de la inteligencia artificial si el grito de las buscadoras sigue sin respuesta efectiva. La Iglesia, bajo el manto de la Virgen de Guadalupe, está llamada a mantener su autonomía profética, a no dejarse instrumentalizar y a caminar con las víctimas, no detrás de los poderes de turno. Sólo así una eventual visita pontificia será signo de esperanza y no del oportunismo que ha caracterizado a la clase política, colgándose, como sea, de la sotana papal.

 

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