
Como los buenos vinos ha ganado muchísimo con los años.
Se le ve activísimo, cercano, sonriente, cordial, accesible a cuantos reclaman su presencia, que son muchísimos. Pese a sus notables años bien se puede decir que no para. Y parece encantado con esa explotacián a la que le someten.
Creo que su pontificado madrileños fue el mejor de las que ha habido en esta diócesis que todavía no ha cumplido los 150 cincuenta años. De ellos, veinte, los protagonizó él. Llegó desde Santiago en 1994 y le aceptaron la renuncia en 2014. Sus sucesores, dos, han contribuido, con su mediocridad, a magnificar si cabe más, la figura de este gallego sabio. Mal aconsejado Osoro por quien todos sabemos, llegó a Madrid con la decisión de desmontar la gran obra de Rouco y tambián a su pesona. Cuando él no llegaba ni a la suela del zapato de su antecesor. Con su estupidez consiguió que el clero madrileño cerrara filas con quien había sido su excelente arzobispo y a él le abandonara hasta extremos de llamativa magnitud. Cuando le aceptaron la renuncia no lo lamentó nadie y se encontró absolutamente solo. Hasta de su valido lamentó la que juzgaba una traición. El actual, del que Osoro hoy abomina, es igual de mediocre y tiene menos simpatía que el también emérito Osoro. Al que no cabe negar simpatía en el trato si bien no supo rentabilizarla.
Pues, al dar cuenta de una conferencia del cardenal Rouco sobre la venida del Papa León a Madrid no he querido dejar pasar el acto sin expresarle mi admiración y mi agradecimiento por su persona tanto como arzobispo de Madrid como por arzobispo emérito.
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