Al Papa Francisco se le ennegrece casa vez más la mirada. Pasados los días de vino y rosas en los que estaba feliz de haberse conocido y encantado de su nuevo papel eclesial, la vida, algunos dirán que sus limitaciones, tantas, han cambiado la imagen exultante del conquistador del mundo que se creía por una pobre víctima acorralada al que le dan de diestra y sinistra y por delante y atrás.
Buscárselo lo hizo a pulso pero sin imaginárselo. La gloria le sonreía y en lugar de dejarse acunar por sus caricias quiso incrementarlas sin darse cuenta de su inmensa mediocridad. Y eso le ha arruinado. Había llegado a ser consciente de la misma en Buenos Aires y de ahí su mirada torva pero la gloria petrina se la cambió. Por poco tiempo. Ahora vuelve a aquella sólo que con más ojeras, más viejo y pienso que él mismo cree que más fracasado.
A mí, la suerte de Francisco me preocuparía poco si no comprometiera la de la Iglesia de Cristo. Ha habido Papas santos, excelentes, buenos, regulares y hasta pésimos. Pero antes no se enteraba nadie. Siglos después los historiadore y a saber.
¿Quién fue el Papa Simplicio o el Papa Formoso? La casi totalidad de los católicos de sus días fallecieron sin haberse enterado de que habían sido sus Papas. Y la Iglesia continuó sin el menor problema de esa ignorancia.
Hoy se sabe todo. No hay católico que ignore quien es el Papa y muchísimos que no son católicos lo saben también. Aquello hacía que nadie supiera tampoco nada de miradas torvas de los Papas de antaño, las de los de hoy las ve todo el mundo.
Un Papa puede tener una mirada más o menos simpática y eso no condiciona nada, o sólo muy poco, su éxito pastoral. Pero si el fracaso llega a torvarle la mirada es que la situación se ha puesto muy fea. Para él, cosa que me trae bastante sin cuidado. Y para la Iglesia. Eso ya me preocupa mucho.