El sufrimiento y el amor.
La conciencia del sufrimiento es un fenómeno típicamente humano. Los animales sufren, pero no saben por qué lo hacen; sin embargo, a veces, los que son mascotas de sus dueños recurren a ellos, como si percibieran el dolor. Es inmensa la legión de hombres y mujeres que sufren; en la mayoría de los casos acompañados por sus familias. El amor frente al sufrimiento ajeno es un rasgo de la humanidad. La Iglesia, desde sus orígenes, y en cuanto que constituye una gran familia, se ha inclinado al amor de sus miembros que sufren. El modelo es el sufrimiento de Cristo en la Cruz, que tiene un valor redentor.
Los dolores del alma son más intensos que los del cuerpo. La madre y el padre sufren por el dolor o el extravío de sus hijos. La sociedad tiene sus leyes propias, y muchas veces es causa del dolor especialmente de sus miembros más pobres. Es verdad que el delito existe, y que causa el dolor de los padres de los delincuentes, especialmente cuando éstos caen en manos de la policía.
La perspectiva correcta es la conciencia del pecado, reconocido como ofensa de Dios y del prójimo. El mundo que carece del sentido del pecado es un mundo inhumano, en el que la conciencia del sufrimiento es un accidente, un daño que se infligen unos a otros.
En la Argentina de hoy crece el porcentaje de los pobres, de los que viven en la calle, de los cabezas de familia que carecen de trabajo. La razón principal es la indiferencia del Estado, que se replica en la indiferencia de gran parte de la sociedad.
La familia, como organización natural que debe multiplicarse fundando una sociedad típicamente humana, está diezmada por la extensión de una sexualidad descontrolada y por el auge de la drogadicción. Los niños sin familia (sin amor) y sin escuela, no pueden llegar a una adultez feliz. En los niños crecidos humanamente está el futuro de la sociedad.
El principio de subsidiariedad es un punto clave de la Doctrina Social de la Iglesia. El hombre es necesariamente subsidiario, y ha de hacerse cargo de la desgracia ajena. Saber que los otros sufren, ayuda a que cada uno no se repliegue en el dolor propio, sino que se incline a ese sufrimiento y lo asuma, también, como propio. Lo que uno no puede hacer lo hace otro.
El dolor humano es un misterio, ya que Dios nos ha hecho para ser felices en este mundo, y para aspirar a la felicidad eterna. El Dios Trino es feliz, y son felices los ángeles. La Resurrección de Cristo abre las puertas de la felicidad eterna; el diablo no puede impedirlo, ya que él es la negatividad, la aspiración insensata a ser como Dios. Para el cristiano, la participación en la vida y la felicidad divina es un don; Él nos ha hecho para sí, y en ello se consuma el sentido de nuestra vida. La conciencia del sufrimiento es la identificación con la Cruz del Señor Resucitado.
+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, lunes 22 de junio de 2026.
Santos Juan Fisher, obispo y Tomás Moro, mártires.
Mes del Sagrado Corazón de Jesús. –