Por: Mons. Alberto José González Chaves
Habíamos conocido extremismos de considerable envergadura, pero nos faltaba uno estremecedor: el de quien ante su Dios dobla las rodillas. No grita, no interrumpe, no reclama el micrófono: ¡se hinca! He ahí lo inquietante: sin pronunciar palabra, recuerda demasiadas cosas.
La reseña del encuentro del Dicasterio para el Culto Divino con los obispos de Panamá —«¿pa na má?»— advierte del peligro de extremismos y menciona grupos que suscitan división deseando comulgar de rodillas o en la mano y llevar el velo paulino. Tanto que nuestras pías, femeninas, elegantes, discretas y sabias abuelas acaso hubieran recordado con desconcierto la quinteta:
Mujer que sabes rezar
en la lengua de Castilla:
cuando vas al templo a orar,
no dejes en el hogar
olvidada la mantilla.
¡Ay nuestras divisivas abuelas! Toda la vida creyéndose católicas y resulta que hoy serían casi anatematizadas por Roma por… ¡polarizadoras! Aún puedo evocar cómo me enternecían esas mujeres que yo veía de niño recibir al Señor de rodillas, con las manos juntas y una seriedad que no excluía el gozo, enmarcado el rostro en la favorecedora blonda. No sabían estar planteando una cuestión: creían estar recibiendo a Jesucristo; con una formación mucho menos elemental que la de tantos hodiernos fray Gerundios, distinguían entre el pan de la mesa y el Pan del altar, y dejaban que el cuerpo expresase la diferencia.
San Francisco de Asís habría resultado un caso complicado. En su Carta a los custodios pedía que cálices, corporales y ornamentos fueran preciosos, que el Santísimo estuviera dignamente custodiado y que las gentes rindieran de rodillas honor al Señor. Este hombre, tan desprendido cuando se trataba de vestirse él, se volvía singularmente exigente cuando para Dios. Su «altísima pobreza» tenía una alarmante excepción eucarística.
Santa Teresa de Jesús tampoco habría facilitado mucho las cosas. Acostumbrada a llamar al Señor «Su Majestad», habría necesitado alguna explicación para entender por qué la familiaridad debía expresarse reduciendo las reverencias. Cabe imaginar su ceja levantada, bajo su doble velo de comulgar, ante una pastoral preocupada por que nadie se exceda al inclinarse. La Santa conocía bien la intimidad con Dios, pero no confundía confianza con la zafiedad del barato clericalismo posconciliar, tan ridículo.
El Cura de Ars tenía un procedimiento catequético de escasa complejidad administrativa: señalaba el sagrario y repetía: «Él está ahí». Pasaba largas horas adorando y, tan pobre él, gastaba no poco en embellecer la iglesia. Sus feligreses aprendían la Presencia eucarística mirando a su párroco arrodillado ante el Tabernáculo y administrando la sagrada comunión en la lengua de los fieles, todos muy bien confesados, y ellas con velo. Por lo visto, entonces no era divisivo que el sacerdote fuese así de antiguo.
Y san Carlo Acutis, que llamaba a la Eucaristía su «autopista al Cielo», ¿qué habría dicho de los «exagerados del Sacramento»? Ya le llamó no hace mucho «maleducado eucarístico» algún pobre Grillo, no sé si cebollero. Y es que cuesta imaginar que el entusiasmo eucarístico de aquel alegre y contemporáneo adolescente encontrase peligrosamente polarizante un reclinatorio. Tal vez le hubiera sorprendido que, habiendo tanto tráfico hacia ninguna parte, se inspeccionase con semejante cuidado a quienes procuran llegar al sagrario.
La cuestión de las manos merece algo más que una sonrisa. La Iglesia permite recibir la Sagrada Comunión en la mano, sí, pero el inolvidable Benedicto XVI nos enseñó a no tener eso muy en cuenta. Cuando el contacto de manos no consagradas con la Hostia se hace rutinario, no hay precauciones por las partículas ni la menor señal visible de adoración, la práctica evidencia una familiaridad desacralizadora. Se sigue afirmando la Presencia real, pero el modo de tratarla la rebaja.
Por cierto, Redemptionis Sacramentum protege al fiel que desea comulgar arrodillado y reconoce siempre su derecho a recibir en la boca. Es un pequeño consuelo documental: las rodillas cuentan todavía con algún respaldo en los archivos de la casa. Porque hoy, en una Iglesia enloquecida de leticias y fiducias, lo que más duele es el membrete. De quienes custodian el culto se esperaría no solo comprensión sino simpatía hacia esos «excesos de respeto» que han acompañado a los santos y a nuestros mayores. Si hay que corregir soberbias y banderías, corríjanse, pero afinando el diagnóstico:
Ante Dios tanto vales cuanto te humillas:
nunca el hombre es más grande que de rodillas.
Nuestros padres doblaban las rodillas y abrían la boca sin saber, pobres, que eso era manifestativo de división, confusión, contraposición e instrumentalización.