Viola, lejos de la silla de Roche

Viola, lejos de la silla de Roche

Entre los católicos que se preocupan por la Misa tradicional, la noticia se ha recibido con el gesto torcido de quien ve ascender a un adversario. Monseñor Vittorio Francesco Viola, franciscano, liturgista de San Anselmo y secretario del Culto Divino desde aquella primavera de 2021 en que se cocinaba Traditionis custodes, ha sido nombrado arcipreste de la Basílica de San Pedro, vicario general para la Ciudad del Vaticano y presidente de la Fábrica de San Pedro. Ocupa la plaza que el cardenal Gambetti dejó vacía al marcharse a Chieti-Vasto. Un franciscano releva a otro, y la cúpula de Miguel Ángel queda bajo la custodia de uno de los hombres que con más celo aplicaron las restricciones a la Misa antigua.

Nadie va a descorchar nada. Pero el movimiento merece una lectura más pausada que la del primer sobresalto, porque tiene un reverso.

La pieza que faltaba en el tablero

La gran decisión litúrgica del pontificado de León XIV llevará el nombre de una persona: la del sucesor del cardenal Arthur Roche. El prefecto ya cumplió los setenta y seis, y desde la primavera se viene dando por inminente su relevo. Lo que suceda con Traditionis custodes, con los permisos regateados obispo a obispo, con las parroquias desterradas a los salones parroquiales, dependerá en buena medida de quien ocupe esa silla.

Y en la Curia el secretario es el heredero natural, el delfín que conoce los expedientes, los consultores y las cañerías de la casa. Viola tenía todas las papeletas. Ascenderlo de la secretaría a la prefectura habría sido la solución más cómoda, la más curial y, para cuantos católicos se preocupan por la Misa, la peor imaginable: la consagración definitiva del aparato que redactó y ejecutó las restricciones.

Ese camino ha quedado cerrado. San Pedro es un destino de prestigio, de pontificales solemnes y de andamios perpetuos, con mucho de honorífico y muy poco gobierno sobre la liturgia de la Iglesia universal. Viola manda ahora sobre mármoles, sacristías y canteros; sobre la Misa que se celebra en una aldea de Navarra o en una capilla de Wisconsin, bastante menos. Es cierto que vota en cónclave y eso no debe perderse de vista.

Un secretario de despacho

Para sustituirlo, el Papa ha elegido al español Aurelio García Macías, vallisoletano de Pollos, doctor en Liturgia por San Anselmo, antiguo rector del seminario de Valladolid y subsecretario del dicasterio desde 2021. Llegó a Roma en 2015, llamado al dicasterio cuando lo gobernaba el cardenal Robert Sarah, y allí fue escalando con la paciencia del funcionario.

Su perfil es más administrativo que ideológico. No se le conocen cruzadas contra la Misa tradicional, ni conferencias inflamadas sobre la irreversibilidad de la reforma, ni el gusto por la vigilancia que ha caracterizado a la actual dirección. Con la misma franqueza hay que decir que tampoco es un hombre de Summorum Pontificum: tradujo al castellano Liturgia y belleza de Piero Marini, el ceremoniero que llevó a los altares pontificios el espíritu de Bugnini, y su formación es la de la liturgia académica posconciliar. Conviene no hacerse ilusiones.

El dato de Sarah, sin embargo, pesa. El cardenal guineano recorrió su propio itinerario, y en él llegó a comprender que el modo de rezar configura el modo de creer, que la Misa antigua guarda una sabiduría que ningún decreto puede archivar. Su visión acabó siendo la antítesis de Traditionis custodes: defensa de Summorum Pontificum y deseo de ahondar todavía más en la liturgia tradicional. García Macías se hizo curial en aquella casa y en aquellos años. Nada garantiza que hiciera suya esa sensibilidad, aunque conoció desde dentro un dicasterio donde la Misa de siempre se trataba con respeto.

Un secretario funcionarial sigue la línea del prefecto que le toque. Si el próximo prefecto no hace de la persecución de la Misa tradicional su bandera, pareciera lógico esperar que García Macías no la va a izar por cuenta propia. Ahí está la diferencia con Viola, que formaba parte del programa.

Contra el optimismo de cubierta

Debe evitarse el vicio contrario, que entre muchos fieles se ha vuelto costumbre. Hay una forma de esperanza que se parece demasiado a la orquesta del Titanic: cada nombramiento malo se reinterpreta como jugada maestra, cada derrota como preparación de una victoria secreta, y el agua sigue subiendo mientras suena el vals. Los nombramientos litúrgicos de estos años no invitan a la euforia, y el de hoy mantiene intacto el equipo que Roche formó en 2021. La continuidad es su nota dominante.

La virtud que aquí se pide es la que los clásicos llamaban prudencia, ver las cosas como son, sin adornarlas ni ennegrecerlas. Y lo que son cabe en pocas líneas: uno de los candidatos más peligrosos para suceder a Roche ha salido de la carrera, camino de un puesto con más incienso que poder, y la secretaría queda en manos de un hombre sin agenda conocida contra la Misa tradicional.

Es poco. Pero es una incógnita despejada, y en un tablero donde casi todas las piezas se mueven en la misma dirección, saber dónde ya no está el peligro también es información. La partida decisiva sigue sin jugarse, y tiene un solo nombre en blanco: el del próximo prefecto.

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