La Iglesia ha llamado a la Santísima Virgen Madre de Dios desde los primeros siglos del cristianismo. El título, que los Padres expresaron mediante la palabra griega Theotokos, ocupa un lugar central en la fe católica porque proclama una verdad esencial sobre Jesucristo: aquel que nació de María es el Hijo eterno de Dios hecho hombre.
El 11 de octubre fue durante décadas la fecha de la fiesta litúrgica de la Maternidad divina de la Virgen, establecida por Pío XI en 1931 con motivo del XV centenario del Concilio de Éfeso. Aunque en el calendario romano actual la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, se celebra el 1 de enero, la antigua fiesta del 11 de octubre continúa conservándose en el calendario litúrgico de 1962.
La historia de esta celebración conduce a una de las grandes controversias doctrinales de la Iglesia antigua. En el año 431, los obispos reunidos en Éfeso tuvieron que defender la unidad de la Persona de Cristo frente a una enseñanza que ponía en peligro la verdadera comprensión de la Encarnación.
¿Cómo puede María ser Madre de Dios?
La dificultad que algunos encuentran ante este título procede habitualmente de una confusión. María no dio origen a la divinidad del Hijo ni existía antes que Dios. El Verbo es eterno, consustancial al Padre, y no comenzó a existir cuando fue concebido en el seno de la Virgen.
Lo que la Iglesia confiesa es que el Hijo eterno de Dios asumió una verdadera naturaleza humana en las entrañas de María. El niño que ella concibió, llevó en su seno y dio a luz en Belén es una Persona divina, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por eso María es verdaderamente Madre de Dios: su maternidad se refiere a la Persona de su Hijo, que es Dios hecho hombre.
Una madre no da a luz una naturaleza humana considerada de manera abstracta, sino a una persona concreta. En el caso de María, esa Persona es el Verbo eterno. Negarle el título de Madre de Dios terminaría oscureciendo la unidad personal de Jesucristo y separando indebidamente al hombre nacido de la Virgen del Hijo de Dios.
La controversia que llevó al Concilio de Éfeso
En el siglo V, las enseñanzas de Nestorio, patriarca de Constantinopla, provocaron una grave controversia sobre la manera de comprender la unión de la divinidad y la humanidad en Cristo. Su resistencia a aceptar plenamente el título Theotokos fue interpretada por sus adversarios como consecuencia de una separación indebida entre el Verbo divino y el hombre Jesús.
San Cirilo de Alejandría se convirtió en uno de los principales defensores de la maternidad divina de María. Para él, llamar Madre de Dios a la Virgen era una consecuencia necesaria de la Encarnación: si Jesucristo es una sola Persona divina, la mujer de la que nació según la carne es verdaderamente Madre de Dios.
El Concilio de Éfeso, reunido en 431, confirmó esta fe y defendió la unidad de Cristo. La tradición conserva el recuerdo del entusiasmo con el que los fieles de Éfeso recibieron la decisión conciliar, pues comprendían que la defensa de la dignidad de María estaba inseparablemente unida a la defensa de la verdadera identidad de su Hijo.
La doctrina sería precisada veinte años después por el Concilio de Calcedonia, que confesó a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre, uno solo y el mismo Hijo, en dos naturalezas sin confusión ni separación. Éfeso y Calcedonia permanecen así estrechamente unidos en la historia de la fe católica.
Una fiesta para recordar la verdad sobre Cristo
En 1931, al cumplirse quince siglos del Concilio de Éfeso, Pío XI quiso honrar de manera especial la maternidad divina de la Virgen. La celebración del 11 de octubre quedó incorporada al calendario romano y ofreció a los fieles una ocasión anual para contemplar el misterio de la Encarnación desde la maternidad de María.
La elección de esta fecha adquiriría después un significado histórico adicional. El 11 de octubre de 1962, san Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II precisamente bajo la protección de la Virgen cuya maternidad divina se celebraba aquel día. Benedicto XVI recordaría posteriormente que el Papa había querido confiar la gran asamblea eclesial al corazón maternal de María y vincular sus trabajos al misterio de Jesucristo.
El título de Madre de Dios ocupa también un lugar privilegiado en la oración cotidiana de los católicos. Cada vez que se reza el Avemaría, la Iglesia pide la intercesión de «Santa María, Madre de Dios», reconociendo la singular dignidad de aquella a quien el Señor escogió para traer al mundo al Salvador.
La maternidad divina y la vida cristiana
La grandeza de María procede enteramente de su relación con Jesucristo. Fue elegida para ser su Madre y recibió las gracias necesarias para cumplir una vocación única en la historia de la salvación. Su maternidad divina es el fundamento de sus demás privilegios y explica el lugar singular que ocupa entre todos los santos.
Al mismo tiempo, la fe católica reconoce en ella a una madre que intercede por los discípulos de su Hijo. La Virgen que llevó a Cristo en su seno, permaneció junto a Él al pie de la Cruz y acompañó con su oración a la Iglesia naciente continúa siendo invocada por los fieles como Madre de Dios y Madre nuestra.
Por eso el título Theotokos no pertenece únicamente a las fórmulas de los antiguos concilios. Está presente en la liturgia, en el Rosario, en las letanías y en las oraciones que los cristianos han transmitido de generación en generación.
Cuando un católico llama a María Madre de Dios, confiesa también quién es Jesús: el Verbo eterno que se hizo carne para nuestra salvación. La devoción a la Virgen encuentra precisamente en esta verdad su fundamento más profundo, porque toda su grandeza conduce al misterio de su Hijo.