O beata solitudo, o sola beatitudo!

O beata solitudo, o sola beatitudo!

Por: Mons. Alberto José González Chaves 

Un blanco yermo al final del camino

El día de San Miguel, cuando se despedía ya un verano largo y abrasador, fui a un rincón escondido de la provincia de Córdoba para hablar de Juan de la Cruz a unos hombres que lo conocían harto mejor que yo. El lugar se llama Yermo Camaldulense de la Inmaculada Concepción y se encuentra en el término municipal de Hinojosa del Duque, en la finca El Jardal, entre Fuente la Lancha y Villaralto, allí donde Los Pedroches parecen Extremadura, desparramado el paisaje en una dehesa ancha, grave y silente.
No se llega de pronto. Hay que buscarlo, y esto es ya hondamente significativo. Abandonada la pequeña carretera que une Fuente la Lancha con Villaralto, es preciso internarse por un camino escabroso que se abre paso entre encinas, cercas y vacas. Durante un tercio de legua no aparece nada que anuncie un cenobio; sólo campo y polvo, ganado, encinas… horizonte. El visitante va desprendiéndose del mundo que ha dejado atrás hasta que, entre aquella áspereza, aparece de improviso el Yermo, limpio y luminoso, como si Alguien hubiera depositado en mitad de la dehesa un cortijo a lo divino.
La fundación es reciente. Los primeros camaldulenses se instalaron allí en 2023, procedentes del riojano Yermo de Nuestra Señora de Herrera, y cuanto se ve tiene el frescor de las cosas que nacen. De las doce celdas proyectadas, diez están ya construidas. Todo es blanco, sencillo y nuevo, sin monumentalidad, riente en medio de una tierra que, al fin del estiaje, ofrece sin pudor su extrema desnudez. El contraste es hermoso: cal blanca sobre la hierba abrasada, encinas oscuras bajo un cielo enorme, aplastantemente azul, y unos hombres vestidos también de blanco que han ido a buscar a Dios en un lugar donde parecería que ya no queda nada que buscar. Son Eremitas Camaldulenses de Monte Corona, herederos de san Romualdo y de la reforma impulsada en el siglo XVI por el beato Pablo Giustiniani.
Invitado por el prior, yo iba a impartirles, en seis horas, tres conferencias sobre el Doctor místico, pero sería yo quien saldría de allí habiendo aprendido una lección difícil de explicar. Iba a hablar del desasimiento, de la desnudez del espíritu, de la noche, del silencio, de la secreta salida del alma que canta Juan de la Cruz… a unos hombres habían convertido esas palabras en paredes, horarios, caminos, comida, vestido, soledad y destino. Allí la renuncia dejaba de ser concepto para hacerse arquitectura de vida.

Una tierra fecundada por sangre

El Jardal es una finca que perteneció a los beatos Isidoro Fernández Rubio e Isidra Fernández Palomero, de Villaralto, labrador él, ella presidente de la Acción Católica local. Casados en 1918, tuvieron tres hijos. En el verano terrible de 1936, en medio de la persecución religiosa que acompañó a la Guerra Civil española, dejaron a sus hijos al cuidado de familiares en Dos Torres mientras buscaban refugio; cuando quisieron regresar, fueron detenidos y asesinados. La Iglesia reconocería que murieron in odium fidei y los incluyó entre los 127 mártires beatificados en Córdoba el 16 de octubre de 2021.
Aquellos hijos, privados siendo niños de su padre y de su madre, conservaron no sólo su memoria, sino algo más profundo que la memoria. Dos de ellos, Francisco e Isidra Fernández Fernández, dispusieron testamentariamente que estas tierras pasaran al Obispado de Córdoba. De la finca de El Jardal, de 181 hectáreas, se ha reservado una parte para el nuevo Yermo camaldulense.
Casi un siglo después, la sangre de aquellos esposos sigue dando fruto. Yo lo pensaba caminando entre aquellos alcornoques. Un hombre y una mujer pierden violentamente la vida; sus hijos crecen con el recuerdo de aquellos padres que les fueron arrebatados, por católicos; pasan decenios, envejecen también ellos, y un día la tierra que recibieron termina convertida en lugar de oración. Sobre el suelo que trabajó un labrador asesinado por su fe se levantan ahora celdas de ermitaños; donde quedaron unos niños huérfanos se escucha hoy, antes de amanecer, la salmodia de unos hombres que han renunciado voluntariamente a todo. Sanguis martyrum, semen eremitarum…

Diez celdas, diez soledades

Cada celda constituye un pequeño mundo. Contigua pero separada de las demás, tiene su huertecico, trozo mínimo de creación cuidado por el ermitaño, ese hombre que habiendo reducido voluntariamente su horizonte exterior descubre una inmensidad nueva en las cosas más pequeñas: remover un poco de tierra, sembrar, regar, esperar una flor, recoger un fruto… Quien ha renunciado a recorrer el mundo aprende a mirar una planta; quien ha abandonado las conversaciones sabe escuchar la grama nacer.
La Camáldula lleva hasta un extremo difícilmente comprensible para nuestra mentalidad la vocación a la soledad. El monje vive en su celda, trabaja en ella y allí come también solo. El refectorio común se usa poco más de media docena de veces al año, con ocasión de las grandes solemnidades: Navidad, Pascua, la Inmaculada… Me impresionó aquel comedor casi siempre vacío. Hoy la vida eclesiástica exige continuo palabreo, constantes reuniones, diálogos, convenios, sinodalidades de sínodos sinodales y sinodalizantes que deben ser jaleados a riesgo de ser excluido; en la Camáldula se aprende que es posible una fraternidad silenciosa y probablemente mucho mas real, por ausencia de teatralización. Cada uno está solo, pero ninguno vive para sí mismo.
El aislamiento lo proclama todo: las celdas separadas, la comida solitaria, el silencio casi perpetuo, las barbas crecidas con el soberano descuido de quien ya no necesita consultar al ingrato e implacable espejo. Sin embargo, nada de eso produce tristeza. Los rostros son serios – no representan una comedia pastoralista – pero las miradas trasminan una alegría limpia y tan descomplicada que no necesita hacer ruido para demostrar que existe.

Los caminos que siempre llevan al mismo sitio

Entre las celdas y la iglesia hay un estrecho camino sobre el que transcurre buena parte de la vida de estos hombres. A las tres de la mañana comienza el movimiento silencioso. Bajo la gélida noche invernal o en las madrugadas ya cálidas del verano cordobés, los monjes salen de sus ermitas, se calan la capucha, y envueltos en la capa blanca del hábito avanzan hacia la iglesia. Maitines. Después regresarán a la celda. Y Laudes. Horas más tarde volverán a recorrer el mismo camino. Misa, tercia… Y así una y otra vez, día tras día, año tras año.
Ese pequeño sendero es una parábola de la vida. Nosotros necesitamos cambiar de paisaje, estrenar rutas, buscar experiencias nuevas, como si únicamente lo extraordinario pudiera justificar nuestra existencia. La fidelidad, en cambio, consiste muchas veces en recorrer durante cincuenta años los mismos cien metros. Celda e iglesia; iglesia y celda. Ir a Dios y regresar al trabajo; volver a Dios y regresar después a la soledad. Hacerlo con fervor y hacerlo también cuando el fervor ha desaparecido, caminar bajo el cielo hermoso y bajo el cielo ingrato, cuando se entiende y cuando no se entiende nada. Trabajo y familia. Familia y trabajo…
Juan de la Cruz habría reconocido bien esos caminos. La vida espiritual no consiste en avanzar cambiando de escenario, sino en ahondar mientras repetimos los mismos pasos, sabiendo que nunca pisamos dos veces exactamente el mismo sendero, porque vamos siendo transformados. La perseverancia es recorrer tantas veces un camino prosaico que acaba por hacerse poesía que promete.

Una iglesia sin espectadores

Todos aquellos senderitos desembocan en la iglesia, amplia, blanquísima, ascética. Allí los solitarios vuelven a ser comunidad, ante nadie para contemplarlos, sin fieles, sin asamblea, sin público. Porque la liturgia no se celebra para ser vista.
El Oficio divino discurre con sobriedad extrema. Los monjes recitan y cantan en un lentísimo recto tono, despojado de melodía, para que nada distraiga de la contemplación. No hay búsqueda de efecto ni necesidad de hacerlo atractivo. La palabra va cayendo pausadamente en el silencio… Yo pensaba que el Opus Dei era, desde hacía quince siglos, el alma del monacato: mientras el mundo duerme, negocia, combate, se divierte, peca, ama, sufre o agoniza, los monjes alaban a Dios, pudiendo decir: «Nuestro sitio está bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya sentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas»
Nuestra época tiene dificultades para comprender una acción que no necesite espectadores. Allí se reza aunque nadie lo sepa ni aplauda, ni haya fotografías ni crónicas. Y es precisamente eso lo que confiere a esa oración su terrible pureza: solo Dios basta.
Sola omni careat…
Preside la iglesia la Inmaculada, Señora del Yermo. Sobre su imagen, una inscripción latina que llamó poderosamente mi atención:
SOLA OMNI CAREAT
QUOM ANTIQUA
AB ORIGINE LABE.
Quom? Insolente, señalé la errata: no era quam? Tímidamente, se me respondió que, «según nos han dicho», era forma arcaica de cum, lo que prestaba a la sentencia una gravedad antigua. Más que forzar una traducción escolar de una construcción deliberadamente lapidaria, su sentido mariológico resultaba transparente: «Ella sola esté libre de toda mancha, aun de aquella antigua que viene desde el origen»; o, más sencillamente, «Ella sola, libre de toda mancha desde el origen».
Aquella antífona explicaba el edificio entero. María, toda limpia, presidiendo un albo y oculto cenobio. La Inmaculada, criatura enteramente pulcra para Dios, mirando con ojos de Niña a unos hombres empeñados en desprender su vida de adherencias, ruidos, curiosidades y posesiones para hacerse ellos espacio libre donde sólo Él reine. El blanco de las paredes, de las espadañas, de los hábitos, era parábola de un programa: limpiar, simplificar, vaciar, desprender, para que Dios tenga sitio.

La dehesa también tiene su noche oscura

El recio y bizarro campo estaba agostado, exhausto pero invicto, ya en los acabijos de la sementera. Meses de sol inmisericorde habían abrasado la hierba y sólo alcornoques, encinas y quejigos conservaban su verdosa, casi grisácea, gravedad de plata vieja sobre aquella extensión amarillenta y árida. Pero, me dijeron, en primavera todo cambia: el campo se cubre de hierba, jaral, romero, cantueso y tomillo y flores, y la austeridad estival se torna exuberancia.
Era imposible no leer también aquello en clave sanjuanista. La naturaleza alrededor del Yermo representa casi visiblemente los estados del alma. Hay estaciones interiores en las que todo parece agostado, cuando Dios permite que desaparezcan los consuelos, se sequen las satisfacciones y caigan las seguridades. Es la noche, el despojo, la tierra abrasada. Pero la sequedad no significa muerte: bajo el suelo aparentemente estéril permanecen raíces invisibles y semillas que aguardan su hora.
Estos hombres han escogido ese despojo. Se han enterrado en una dehesa para que otros florezcan, con una forma de existencia donde la soledad alcanza una radicalidad extraordinaria. Quién sabe cuántas primaveras desconocidas estarán preparando con ella. La gracia tiene una botánica sorprendente: puede suceder que una oración dicha a las cuatro de la madrugada en una iglesia vacía produzca, a centenares de kilómetros, un fruto cuya relación con aquella plegaria que lucjaba con el sueño sólo se conocerá en el cielo.

O beata solitudo!

Los antiguos monjes gustaban repetir: O beata solitudo, o sola beatitudo: «¡Oh feliz soledad, única felicidad!». No es el elogio de una misantropía cristianizada. El ermitaño no abandona a los hombres porque los desprecie, sino porque ha sido llamado a servirlos desde un lugar misterioso donde probablemente ellos jamás sabrán que están siendo servidos.
Al marcharme comprendí mejor esa paradoja. Había acudido para hablar a aquellos hombres de Juan de la Cruz y regresaba pensando que las pequeñas sendas, las celdas aisladas con sus huertecicos cerrados, el refectorio casi siempre desierto, la salmodia lenta y aquellos rostros viriles, descuidados, graves y transparentes, me habían explicado al Doctor místico como yo jamás podría hacerlo.
Me obsequiaron con dos volúmenes de cartas y pequeños tratados eucarísticos del beato Pablo Giustiniani, el gran reformador que, queriendo beber nuevamente en la fuente de san Romualdo, devolvió a la Camáldula una particular exigencia eremítica. Su pensamiento posee una riqueza espiritual que merece ser más conocida y que prolonga intelectualmente lo que aquellos hombres dicen con su existencia.
Y me fui con un deseo. Que Dios mande al Jardal hombres fuertes, capaces de aceptar la gracia incalculable de ser olvidados; hombres que pongan el mundo debajo de sus pies, sepultándose allí en vida precisamente para servirlo; hombres que no necesiten comprobar continuamente que existen porque otros los miran, los escuchan o los recuerdan. Que las doce celdas lleguen a llenarse y que por aquel camino angosto y solitario sigan pasando, cuando aun es noche cerrada, las figuras luminosas de los ermitaños.
Acaso dentro de muchos años otro viajero, desde la carretera entre Fuente la Lancha y Villaralto, se interne por aquella cañada abrupto entre vacas y encinares y, tras un tercio de legua, vea surgir la albura del Yermo. Si es primavera, verá la dehesa cuajada de flores. No sabrá cuántas noches, cuántas madrugadas, cuántas renuncias, cuánta sangre martirial, cuánta oración escondida, cuántas miradas de la Inmaculada Niña habrán propiciado aquella floración. Y se quedará pensando como me ocurrió a mí, aquello del poeta:
¿Qué sabemos nosotros dónde se está ganando
la guerra cada día, si esta guerra es de fe?
¿La ganará esa niña que va cogiendo flores
o ese fraile que reza junto al alto ciprés?
¿Qué sabemos nosotros cuál gana más batallas, 
la madre que se queda o el hijo que se va? 
¿Qué sabemos nosotros del peso de las cosas 
que Dios mide en sus altas balanzas de cristal..?

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