A lo largo de más de noventa tribunas escritas por esta humilde servidora desde 2023, hemos tratado en distintas ocasiones de los influencers católicos, ahora renombrados por la jerarquía eclesiástica “misioneros digitales”. Hoy vamos a ahondar en algunos aspectos de esta figura eclesial de reciente aparición. Un profesor al que admiraba mucho decía que siempre debíamos declarar desde dónde hablábamos, para que el interlocutor pudiera situarse, más allá de las pretensiones de una casi imposible objetividad. Pues bien, para comenzar, diré que pienso que los influencers católicos son un signo claro de la corrupción doctrinal y mundana en que se fundamenta la actual iglesia sinodal. Que son una especie de mercenarios que sólo operan como correa de transmisión de lo que el Papa o los obispos que pueden contratarlos para bolos dicen, porque una de sus características fundamentales es la de ser, en la mayoría de los casos, personas que pretenden lucrarse con la fe (es decir, vivir del cuento) fenómeno que va en aumento.
A lo largo de la historia de la Iglesia, un misionero ha predicado el mensaje del Evangelio y ha llamado a la conversión para la salvación de su alma. Pues bien, los influencers católicos sólo predican sobre temas relativos al ser humano y sobre los temas de los que trata el Santo Padre, con el Evangelio dejado solamente como coartada para poder llamarse católicos, por si hay que citar algún pasaje en algún momento, aunque sea para referencia opuesta a lo que en realidad dice la Palabra de Dios.
Me cuesta llamarlos “misioneros digitales”, puesto que me parece un insulto comparar a alguien que postea desde el sofá o da una charla en el territorio amigo que es una parroquia con quienes durante siglos se han jugado la vida, y a menudo la han ofrecido en martirio, para anunciar al Único Dios Verdadero para la salvación de millones de almas.
Pablo VI lanzó en 1975 la exhortación apostólica postsinodal Evangelii Nuntiandi para tratar sobre la evangelización en el mundo actual. Destaca la importancia dada por el pontífice en este documento a la tarea de la evangelización como algo propio de todos los católicos, y no sólo del clero o de los religiosos consagrados.
Posteriormente, en su largo pontificado, fue San Juan Pablo II, el gran tótem (¿ídolo?) de los neoconservadores, quien dijo que “era necesaria una nueva evangelización, con nuevos métodos y nuevos evangelizadores”. San Juan Pablo II al comenzar el tercer milenio invitaba a la Iglesia a “remar mar adentro” afrontando una nueva evangelización: “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. Recordando que se debe evangelizar a las personas y también a la cultura. El adjetivo “nuevo” – decía el papa- no significa la denuncia del pasado, o la renuncia de la misión practicada hasta hoy. Nueva porque hay nuevos retos y nuevas situaciones en las que sembrar el Evangelio. Se trata de una revisión de nuestras de nuestras prácticas pastorales, volviendo a la fuente del Evangelio y de la misión de la Iglesia.
Más de 300 veces, Juan Pablo II retomó la expresión “nueva evangelización” enfatizando la necesidad de “llevar a Cristo con “un nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones” (Juan Pablo II, discurso a la XIX Asamblea del CELAM).
Por su parte, Benedicto XVI abrió el Sínodo sobre la Nueva Evangelización afirmando que “evangelizar es tener el fuego de Dios dentro y encenderlo con valor en el mundo (…) Se es evangelizador si se tiene en el corazón la conciencia que es Dios quien actúa en la Iglesia y si se tiene una pasión ardiente de comunicar Cristo al mundo”.
Francisco, a su vez, consideró que “lo fundamental para poder evangelizar era contar con personas que se han encontrado con Jesucristo y se han convertido en sus discípulos”. El Pontífice describía la riqueza de esta experiencia que nos lanza a la misión en el nº 1 de la Evangelii gaudium: “En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”. Es fundamental que avivemos nuestro encuentro personal con Jesucristo para poder ser discípulos misioneros” (cfr. EG 3).
De este breve repaso histórico de la aparición y desarrollo del concepto de “nueva evangelización” me gustaría destacar tres cuestiones:
- Se trata de una nueva muestra de que TODO debía ser revisado y renovado tras el Concilio Vaticano II. Quienes llevaron a cabo la revolución que supuso no quisieron dejar nada en pie. Para quien no quiera ver que fue una demolición y una construcción ex novo, sobre distintos fundamentos que requiere como única posibilidad una hermenéutica de ruptura, porque nada de lo que siempre hizo la Iglesia es considerado válido ya. Todo tiene que ser nuevo.
- Se implicó a todos los bautizados en la evangelización. Concepto no novedoso como principio, pero sí como práctica: el eje de la enseñanza, una de las principales misiones episcopales, se desplazó desde los obispos y los sacerdotes a los laicos. No es que los laicos fueran a participar junto a los pastores en la evangelización, sino que los obispos hacían dejación de la misión de la enseñanza casi exclusivamente en manos de laicos. Muchos de ellos, huelga decirlo, sin la más mínima formación para anunciar el Evangelio.
- De la cuestión anterior se desprende la necesaria pregunta de si realmente los nuevos evangelizadores laicos anuncian el Evangelio o anuncian otra cosa. Vamos a desarrollar este aspecto.
Históricamente, los misioneros se dirigieron hacia tierras de paganos o de infieles (mahometanos) para llevarlos a la conversión a Dios mediante la predicación del Evangelio. Vimos recientemente, en una explicación brillante de Romano Amerio, cómo esa evangelización ad gentes se ha visto reducida a una actividad de ayuda material propia de una ONG cualquiera, y no de la Iglesia Católica después de que el Concilio cambiase el concepto de la libertad religiosa, equiparando la “validez” de todas las “religiones” e inutilizando la misión para la evangelización. Consideremos la diferencia fundamental entre el título del esquema que había preparado el cardenal Ottaviani, “De tolerantia religiosa”, con el que finalmente se aprobó en su lugar, que hablaba de “libertad religiosa”, no desde la perspectiva de la “libertad de la religión”, sino de la “libertad de religión” o equivalencia de validez y verdad de las distintas creencias de diferentes colectivos no católicos. Ahí se centró la alarma de Monseñor Lefebvre, quien, él sí, había sido un obispo misionero: el nuevo concepto de libertad religiosa inutilizaba la misión. Más recientemente, Francisco habló del proselitismo como “pecado”, con la falacia argumental de que el proselitismo era la evangelización por la fuerza. Y hace unas semanas, con las anotaciones a la declaración Nostra Aetate, León XIV ha declarado obsoleta y casi ilícita la evangelización, “que no tiene sentido ya en esta aldea global”. Literalmente, la nota indica que “en un mundo interconectado como una ´aldea global´, ya no tienen sentido ni la defensa intransigente ni el proselitismo agresivo como únicas formas de encuentro con el otro”, al tiempo que aclara que “el diálogo interreligioso no busca diluir las creencias, sino construir una sociedad fraterna que respete las diferencias manteniendo la propia identidad y la centralidad de Jesucristo”. No sé, Rick, yo veo en la última frase una gran aporía. Pero en los tiempos de la postverdad que también parece haber alcanzado a la Iglesia, tal vez esto ni siquiera importe.
Ante esta situación, y a diferencia de los misioneros que durante siglos viajaron hacia tierras lejanas, la misión de los nuevos influencers católicos se desarrolla en el continente digital, como indica el nombre de esta figura, los “misioneros digitales”, o también, como decíamos al principio, en parroquias, eventos de las universidades del CEU, congresos diocesanos o de conferencias episcopales, etc. Curiosamente, quienes asisten a esos encuentros ya están bautizados y ya se les supone católicos practicantes. ¿Qué misión realizan entonces estos misioneros? Básicamente, pescan en una pecera. Así, el éxito es fácil, pero con trampa.
Por eso podemos preguntarnos si son realmente “misioneros”, en primer lugar, porque están hablando a los mismos bautizados. Y también si de lo que hablan son temas que hayan tratado los misioneros históricamente. La temática fundamental de los misioneros digitales es muy limitada: teología del cuerpo en todas sus variantes. Algunos ostentan un diploma de “experto” en esta teología desarrollada por San Juan Pablo II, a partir de un curso online de seis meses ofrecido por la Universidad de Francisco de Vitoria (Legionarios de Cristo / Regnum Christi). Por lo demás, y como hemos dicho en otras ocasiones, todo se basa en sus propias experiencias personales.
Hablando de esto, ¿se han fijado que ya no sólo los influencers, sino que ni siquiera el Papa, tienen a Dios ya como tema central de su mensaje, sino al hombre? Los titulares sobre el ángelus del domingo, las catequesis de los martes y las audiencias son claros. Mucha política, ecologismo, paz; y nada (o muy poco) de Dios. Y que quede siempre claro que lo de antes no vale, que ahora hay que hacer las cosas de manera diferente. Como en el caso de la evangelización que hemos citado. Es la neo-iglesia sinodal, que no disimula su novedad, sino que la enarbola. En este sentido, llevo tiempo pensando en una cuestión que me parece muy importante: cuando estudié Ciencias Religiosas en el Instituto Superior de Barcelona, había una asignatura en el primer trimestre que tenía por nombre “antropología teológica”. Bien. Era la comprensión del hombre desde la teología, desde Dios. La asignatura, por tratar de la criatura, del hombre, no llevaba por nombre “teología antropológica”, pues habría sido un error, al ser la teología etimológicamente el “estudio de las cosas de Dios”. Por eso existe la teología dogmática, la teología fundamental y demás. Pero, si la teología es el estudio de las cosas de Dios, ¿cómo se explican la teología del cuerpo, la teología del hogar y hasta la teología del jardín? ¿No deberían ser, como mínimo, referidas sencillamente como cuestiones antropológicas”? Si no estamos aquí ante la divinización del hombre y una “religión” cuyo mensaje ha sustituido a Dios no sólo por una visión antropocéntrica, sino antropólatra, no sé qué es. Se aprovecha la estructura de la Iglesia en el mundo para lanzar un mensaje totalmente distinto, seguidor del mundo, un mensaje nuevo, que puede recogerse en todo lo que últimamente viene conociéndose como sinodal.
Volviendo al repertorio temático de los misioneros digitales, podemos añadir que éste no es sólo limitado, sino que es selectiva y deliberadamente limitado: no se meten en las cuestiones espinosas, sino que las ignoran, como si no ocurriesen. Y si en alguna ocasión tienen que mojarse, estarán siempre de lado de los obispos y el papa. Por dos cuestiones: por el hiperpapalismo neocon, que obedece ciegamente al papa; y porque no muerden la mano que les da de comer. Es un caso claro de sustitución de la verdad por la autoridad. Los obispos que han hecho dejación de su misión de enseñanza y los misioneros digitales se necesitan mutuamente en la iglesia sinodal.
Y con este evidente desplazamiento del centro del mensaje, nos encontramos con que varios de nuestros misioneros digitales patrios están haciendo las Américas en los últimos años. Como hacían y hacen los artistas españoles, los del mundo de la farándula, desarrollar sus carreras en Iberoamérica, donde el mercado objetivo es infinitamente mayor. Una pregunta que podemos hacernos al respecto es que, si el apostolado de estos misioneros es digital, ¿cómo es que necesitan viajar a las Américas o a dónde sea?
De nuevo resulta pertinente la comparación con el mundo de la farándula, pues los misioneros ¿digitales? patrios se dejan invitar y agasajar en cualquier tipo de bolos en países Iberoaméricanos (e incluso del mundo hispanohablante estadounidense) que ofrece un par de días de charlitas en un cartel plagado de celebridades del mundo “misionero” de Instagram, mucho postureo y mucho turismo, pagado por las arcas de las iglesias locales.
Por ejemplo, Hakuna se extiende por Iberoamérica, enseñando a realizar Horas Santas con su estética propia; CR30 ha visitado en repetidas ocasiones destinos iberoamericanos para hablar de la teología del cuerpo y de su bautismo a los 17 (da bastante de sí el tema, 13 años después, por lo que parece). La Nueva Egeria (ya saben, una chica que dejó su trabajo en plena crisis de los 30, peregrinó mediáticamente a Jerusalén, Infito +1 la encumbró y desde entonces es de profesión influencer católica) se ha mudado a Argentina y tiene programa semanal en la TV de los obispos. La misma que dice que los católicos adoramos a la Virgen y que el sacerdote nos enseña al Señor en la consagración (¿fue la inspiración de Cobo el día de la Paloma?). También los Auténticos, ese puente universal entre el joven y la Iglesia, han ido a hacer las Américas. Es importante considerar los números de la audiencia, el mercado objetivo, en lenguaje mercantil. Para personas que se lucran con la fe, que no trabajan en nada y que son “misioneros digitales” a tiempo completo, el número es muy importante. Da fama, alimenta el ego, y deja dinerito (en cobros en metálico, en especies – viajes, comidas, regalos – y en venta de merchandising). Tampoco es algo nuevo. Ya habíamos hablado de cómo la supuesta evangelización o misión digital se ha convertido para muchos en un modus vivendi y un negocio.
En este sentido, me parece interesante comparar dos casos: por una parte, el del odontólogo del Opus Dei que afirma que las relaciones íntimas con su señora son oración, una persona que también ha hecho bolos por toda España e Iberoamérica; un hombre maduro, con un oficio, padre de familia y abuelo, que no necesita lucrarse con la fe, porque ya estaba bastante bien posicionado económicamente antes de hacerse famoso en redes. Por otra, el del niño rico de Barcelona, alumno de colegio del Regnum Christi, converso durante la pandemia, que alcanzó la fama en Instagram y a la velocidad de la luz fundó un grupito liderado por él mismo que se sentía llamado a la misión de ser “puente universal entre el joven y la Iglesia”. El muchacho confesó que su inspiración era su padre, empresario, y por eso él fundaba una empresa para la evangelización de los jóvenes. El mecanismo es el de siempre: desde las Naciones Unidas hasta ONGs de tamaño mediano, pasando por la Cruz Roja, la mayor parte del dinero recaudado de donativos y asignaciones gubernamentales va a parar a pagar sueldos; mientras que lo que se destina efectivamente a los proyectos es un porcentaje muy bajo del dinero que maneja la entidad. En el caso de estos muchachos tan auténticos, que cada vez son más en plantilla y están todo el día reunidos dibujando organigramas – como muestran en sus redes -, su apostolado se basa en haber desarrollado una app para que “el joven pueda encontrar la Iglesia” (eso sí: exclusivo para parroquias o comunidades con vida joven. Las parroquias con sus cuatro ancianas heroicas que rezan el rosario y asisten a Misa diaria no tienen cabida) y en hacer vídeos cortos en Instagram y otras redes, un podcast y demás. Es decir, una actividad “misionera digital” que genera muy poco gasto. Porque los donativos que reciben van a pagar sus sueldos, supuestamente. Paralelamente, tienen una marca de ropa católica, para complementar los ingresos; marca de la que siempre hay una pequeña paradita en cualquier actividad presencial en la que esté presente el grupo o movimiento o lo que sea. Su temario es igual de limitado y circunscrito a sus experiencias personales que el de cualquier influencer neocon: noviazgo y matrimonio católicos, paternidad y un nuevo proyecto de cursos prematrimoniales pasando por caja y sin garantía alguna de ortodoxia católica.
Personalmente, encuentro el concepto de empresa de evangelización inquietante. Como también lo es lo que tiene de parecido a un grupo sectario, como todos los nuevos movimientos laicales postconciliares, tal como mostró Gonzalo J. Cabrera. Si hablan como una secta, visten como miembros de una secta (blanco ibicenco hasta en invierno) y tienen un líder carismático-mesiánico, tal vez estemos ante los primeros pasos de una secta en el interior de la Iglesia. O de muchas, no se sabe. Porque tanto se parecen todos estos grupitos neocones como esfuerzo ponen en visibilizar e individualizar sus marcas.
Para concluir, me gustaría mencionar el caso del reciente evento en Costa Rica “Hechos 29”, muy ilustrativo de la dinámica de los misioneros digitales y la iglesia sinodal: un cartel de influencers católicos famosos invitados, un evento de uno o dos días, y el resto del tiempo dedicado a pasear a los invitados por lo más representativo para el turismo local. La pregunta clara es si estos eventos evangelizan a alguien, porque están dirigidos ya a bautizados, y si dan frutos. Eso sólo lo sabe Dios, pero estamos en lo de siempre: ¿cuál es la autoridad de estos influencers para hablar a otros bautizados creando tendencias y opinión, que es lo que define a un influencer, además de ser un hombre anuncio? ¿Qué temáticas se abordan en esos encuentros que de verdad ofrezcan primer anuncio o formación en la fe? ¿Qué autoridad eclesiástica los supervisa? ¿Cuánto dinero cuesta organizar tales eventos y quién los financia? ¿Alguien audita las cuentas y evalúa los resultados / frutos en términos de asistencia a Misa, por ejemplo?
En resumen: si los hemos de reconocer por sus frutos, ¿qué frutos produce la misión en el continente digital, más allá de mantener a un grupito de personas con aparentemente pocas ganas de trabajar?
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