La Iglesia celebra este lunes 14 de septiembre la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una fecha que puede resultar paradójica: el instrumento en el que murió Nuestro Señor Jesucristo aparece «exaltado» por la liturgia como signo de victoria. La celebración no repite el Viernes Santo, sino que contempla de modo particular la Cruz a la luz de la Resurrección y de la redención obrada por Cristo.
La fiesta hunde sus raíces en la Jerusalén del siglo IV y quedó posteriormente vinculada tanto a la veneración de la Cruz de Cristo como a la recuperación de la reliquia después de que los persas se apoderaran de ella en el siglo VII.
De instrumento de ejecución a signo de victoria
La crucifixión constituía una de las formas más duras y humillantes de ejecución empleadas en el mundo romano. La Iglesia no exalta la crueldad del suplicio ni presenta el sufrimiento como un bien en sí mismo. Lo que celebra es aquello que Cristo obró precisamente a través de la Cruz: el instrumento de muerte quedó convertido por su sacrificio redentor en signo de salvación y victoria.
Benedicto XVI lo explicó durante la Misa celebrada en Lourdes el 14 de septiembre de 2008: «Por su Cruz hemos sido salvados». El instrumento de suplicio se convirtió, por Cristo, en «fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz». «La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa», añadió el Pontífice.
Por eso la Exaltación tiene un carácter distinto del Viernes Santo. Este inserta la veneración de la Cruz en la celebración de la Pasión y muerte del Señor. El 14 de septiembre, en cambio, la Cruz misma ocupa el centro de la fiesta y aparece de modo particularmente explícito como estandarte de la victoria de Cristo y árbol de salvación.
Una fiesta nacida en Jerusalén
Uno de los orígenes inmediatos de la celebración se encuentra en la dedicación, el 13 de septiembre del año 335, de las basílicas levantadas en Jerusalén sobre los lugares asociados a la muerte y Resurrección de Cristo. Al día siguiente se expuso solemnemente la Cruz que, según la tradición cristiana, había sido hallada por santa Elena, madre del emperador Constantino.
De esta celebración jerosolimitana procede la fecha del 14 de septiembre.
La tradición del hallazgo de la Vera Cruz se desarrolló ampliamente durante los siglos posteriores y la veneración del madero de la Cruz se difundió desde Tierra Santa a diferentes regiones de la cristiandad.
Los persas se llevaron la Cruz de Jerusalén
Otro episodio histórico reforzó el significado de la fecha. En el año 614, las fuerzas del rey persa Cosroes II conquistaron Jerusalén y se llevaron entre sus trofeos la reliquia venerada como la Cruz de Cristo.
Años después, el emperador bizantino Heraclio derrotó a los persas. Tras la victoria de Nínive, en 627, exigió la devolución de la reliquia, que regresó posteriormente a Jerusalén.
La memoria de aquella recuperación terminó uniéndose a la celebración ya existente y contribuyó a extenderla por Oriente y Occidente.
«No exaltamos una cruz cualquiera»
Los pontífices contemporáneos han insistido en que la celebración no consiste en glorificar un instrumento de tortura. Francisco explicó en 2014 que los cristianos «no exaltamos una cruz cualquiera», sino la Cruz de Jesús, precisamente porque en ella se manifestó el amor de Dios.
El año pasado, León XIV retomó esta idea durante el Ángelus del 14 de septiembre.
Al comentar el diálogo entre Jesús y Nicodemo, recordó que Dios utilizó «uno de los instrumentos de muerte más cruel que el hombre haya jamás inventado» y lo transformó, mediante la entrega de Cristo, «de medio de muerte a instrumento de vida».
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La serpiente de bronce y el Evangelio de la fiesta
Las lecturas escogidas para el 14 de septiembre ayudan a explicar ese significado. El libro de los Números relata cómo, durante la travesía del desierto, quienes habían sido mordidos por serpientes podían salvarse mirando la serpiente de bronce levantada por Moisés.
El Evangelio de san Juan aplica esa imagen a Cristo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre».
La liturgia culmina con una de las afirmaciones centrales del Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».
De ahí procede el sentido cristiano de la «exaltación». La Cruz no es un mero símbolo ni un recuerdo del suplicio romano: la Iglesia venera la Santa Cruz porque en ella Cristo ofreció el sacrificio de nuestra redención y convirtió el instrumento de muerte en signo de su victoria. Como recordó Benedicto XVI, desde entonces la Cruz es «signo de esperanza» y «estandarte de la victoria de Jesús».
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