La Iglesia celebra este sábado 12 de septiembre la memoria del Santísimo Nombre de María, una conmemoración estrechamente asociada a la victoria cristiana frente al Imperio otomano en Viena en 1683. Sin embargo, la celebración litúrgica cuenta con un antecedente español que se remonta casi dos siglos atrás: según la Diócesis de Cuenca, fue en esta ciudad de Castilla-La Mancha donde se autorizó por primera vez su celebración, en 1513.
La fiesta se difundió posteriormente por España y ya estaba arraigada en el país cuando, 170 años después, el papa Inocencio XI la extendió a toda la Iglesia en acción de gracias por el levantamiento del sitio de Viena.
Una celebración autorizada en Cuenca en 1513
La propia Diócesis de Cuenca ha recuperado este episodio de su historia religiosa: «Se autorizó la celebración de esta fiesta por primera vez en 1513, en la ciudad española de Cuenca; desde ahí se popularizó por toda España».
El origen conquense sitúa así la celebración mucho antes del acontecimiento histórico con el que terminaría quedando especialmente vinculada en la memoria católica europea.
La devoción al nombre de la Virgen tenía, además, raíces anteriores. Entre quienes contribuyeron a desarrollarla se encuentra san Bernardo de Claraval, que en una de sus conocidas exhortaciones marianas comparó a María con la estrella que orienta al navegante y exhortó a invocarla en medio de las dificultades.
La celebración nacida en Cuenca fue extendiéndose con el paso del tiempo por otros territorios españoles, hasta convertirse en una fiesta conocida en España antes de su incorporación al calendario de la Iglesia universal.
De España a la batalla de Viena
El acontecimiento que dio a la celebración una dimensión universal llegó en 1683, cuando el Imperio otomano puso sitio a Viena. La caída de la capital de los Habsburgo habría supuesto un importante avance otomano hacia el corazón de Europa.
Un ejército cristiano de socorro, integrado por fuerzas polacas, imperiales y de distintos territorios del Sacro Imperio, acudió en defensa de la ciudad bajo el mando supremo del rey de Polonia Juan III Sobieski.
El 12 de septiembre de 1683, las tropas cristianas derrotaron al ejército otomano y pusieron fin al asedio de Viena. La campaña estuvo acompañada por un fuerte componente religioso, con especial protagonismo del capuchino Marco de Aviano, enviado por Inocencio XI y posteriormente beatificado por san Juan Pablo II.
Tras la victoria, Inocencio XI extendió la celebración del Nombre de María a toda la Iglesia en acción de gracias. Viena quedó desde entonces estrechamente unida a una fiesta que, para entonces, contaba ya con una historia de 170 años en España.
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Una celebración que permanece en el calendario
La celebración atravesó posteriormente distintos cambios en el calendario litúrgico. Tras desaparecer del Calendario Romano General con la reforma posterior al Concilio Vaticano II, san Juan Pablo II recuperó la memoria del Santísimo Nombre de María, que actualmente se celebra con carácter libre el 12 de septiembre.
El propio Juan Pablo II dedicó unas palabras a esta celebración durante el Ángelus del 12 de septiembre de 2004. «Siguiendo una antigua tradición, se celebra hoy la fiesta del Nombre de María», señaló entonces, antes de recordar que este nombre, «unido indisolublemente al de Jesús», recuerda a los cristianos a su Madre.
La dimensión espiritual de la fiesta continúa también presente en la devoción mariana contemporánea, más allá del acontecimiento histórico de Viena y de su origen litúrgico español.
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Más de cinco siglos después de aquella primera autorización en Cuenca, la memoria del Santísimo Nombre de María conserva así una historia que une la tradición religiosa española con uno de los episodios decisivos de la Europa cristiana: Cuenca en 1513 y Viena en 1683, dos momentos separados por 170 años en la historia de una misma celebración.