León XIV sobre Gaudium et spes: «La reducción del cuerpo a “objeto” es siempre negación de la dignidad de la persona»

León XIV sobre Gaudium et spes: «La reducción del cuerpo a “objeto” es siempre negación de la dignidad de la persona»

León XIV ha advertido este miércoles de que convertir el cuerpo humano en un «objeto» del que se pueda disponer arbitrariamente supone siempre una negación de la dignidad de la persona. El Papa ha recordado que esa dignidad no depende de las capacidades, las riquezas, la posición social o las decisiones de cada individuo, sino que constituye un don de Dios que precede a cualquier otra consideración.

Durante la Audiencia General celebrada esta mañana en la Plaza de San Pedro, el Pontífice ha continuado su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II y, por segunda semana consecutiva, se ha detenido en la constitución pastoral Gaudium et spes. En esta ocasión ha comentado los números 12-22 para abordar «La dignidad humana: don y responsabilidad».

A continuación, reproducimos íntegramente la catequesis de León XIV:

Los Documentos del Concilio Vaticano II. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22). 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es base y condición de aquellos «valores que hoy gozan de mayor estima», pero que necesitan no perder su relación con «su fuente divina», para evitar las posibles distorsiones debidas a «la corrupción del corazón humano» (GS, 11).

El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa ciertamente una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, el camino por recorrer no ha terminado y debe afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.

La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del ser mismo de la persona. He tenido ocasión de reiterarlo también en la reciente encíclica Magnifica humanitas: «Toda persona es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del papel que desempeña, de las decisiones correctas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la supera, puesto por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (n. 50). La infinita dignidad del ser humano, por tanto, está arraigada en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, que han sido confiadas a su cuidado «para gobernarlas y servirse de ellas para gloria de Dios» (GS, 12).

En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, ya que el Hijo, «al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22).

La persona implica siempre relación, comunión, participación respecto de Dios y de los demás; por tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los hombres. Excluye los encierros autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a uno mismo como un don para compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.

Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. En efecto, por las decisiones contrarias a su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía hoy «el hombre está dividido en sí mismo» y «toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como una lucha dramática entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas». Esta condición frágil y limitada, sin embargo, puede contemplarse con esperanza, porque «el Señor mismo vino para liberar al hombre y darle fuerzas, renovándolo interiormente y expulsando al “príncipe de este mundo” (Jn 12,31), que lo retenía en la esclavitud del pecado» (GS, 13).

La Constitución Gaudium et spes, además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, deben superarse las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de alma y cuerpo». La reducción del cuerpo a «objeto», del que disponer arbitrariamente, es siempre negación de la dignidad de la persona: «no es lícito […] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario «considerar bueno y digno de honor el propio cuerpo, precisamente porque ha sido creado por Dios y está destinado a la resurrección en el último día», vigilando para que no «se haga esclavo de las perversas inclinaciones del corazón» (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.

Por último, tres son las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que recuerda Gaudium et spes: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, mediante la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17). Son dimensiones estrechamente relacionadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última, esa vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre, de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte y con Él vamos al encuentro de la resurrección.

Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vista de Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa, a quienes invito a maravillarse ante la dignidad humana recibida del Creador. Esta concierne a la totalidad de la persona, pues el ser humano es una unidad de cuerpo y alma. Tomando conciencia de su grandeza, encontraréis la fuerza necesaria para defenderla y promoverla en vuestros respectivos ámbitos de vida.

¡Os bendigo de corazón!

Extiendo una cordial bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua inglesa que participan en la Audiencia de hoy, especialmente a los procedentes de Escocia, Gales, Irlanda, Dinamarca, Noruega, Sudáfrica, Australia, China, Japón, Líbano, Filipinas y Estados Unidos de América.

De manera particular, renuevo con alegría mi bienvenida a los miembros del Comité Directivo de la Plataforma Interreligiosa para el Diálogo y la Cooperación en el Mundo Árabe, hoy presentes. Os agradezco vuestra cooperación con el Centro Internacional Rey Abdullah bin Abdulaziz para el Diálogo Interreligioso e Intercultural y rezo para que vuestros esfuerzos por promover la convivencia pacífica en la región árabe den realmente mucho fruto.

Sobre cada uno de vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Que Dios os bendiga a todos!

Queridos hermanos y hermanas, dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana, en particular a los numerosos participantes en la peregrinación de los coros de la diócesis de Würzburg, acompañados por su obispo. Recordemos que alabar y glorificar a Dios es nuestra vocación más alta. ¡Que su alabanza esté siempre en vuestra boca (cf. Sal 34,2)!

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a revalorizar y a promover, en ustedes mismos y en los demás, la dignidad única e indeleble que han recibido como seres creados a imagen de Dios y, más aún, al haber sido redimidos por Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Dirijo mi cordial saludo a las personas de lengua china. Queridos hermanos y hermanas, el Espíritu Santo nos hace libres y nos guía hacia la meta última, esa vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido en la resurrección. Os bendigo de corazón.

Saludo con alegría a todos los peregrinos de lengua portuguesa. Queridos hermanos y hermanas, nuestro mundo exige de nosotros, de manera especial, que valoremos la dignidad de la persona. Es sobre todo el pecado el que desfigura la imagen de Dios en el hombre. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a promover y custodiar la dignidad de cada ser humano. ¡Que el Señor os bendiga!

Saludo a los fieles de lengua árabe, en particular a los miembros de la comunidad «Alegría en el Espíritu Santo», procedentes del Líbano. Dios nos ha creado a su imagen y nos ha dado una dignidad única e indeleble. Por ello, comprometámonos siempre a promover y defender esta dignidad a la luz del Evangelio. ¡Que el Señor os bendiga a todos y os proteja siempre de todo mal!

Saludo con alegría a los peregrinos croatas, en particular a los fieles del Ordinariato Militar de Croacia, acompañados por el obispo ordinario militar, monseñor Jure Bogdan, junto con los sacerdotes. Queridos amigos, mientras celebráis el jubileo de la fundación del Ordinariato Militar, dad gracias al Señor en esta peregrinación a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo por todos los dones que habéis recibido. Como una gran familia de creyentes, mostrad al mundo y a la sociedad en la que vivís, mediante vuestra fe y vuestras obras, el rostro de Cristo vivo, que sale al encuentro de todo aquel que lo busca con corazón sincero. Que la intercesión de la Santísima Virgen María os acompañe siempre en vuestro camino. Os bendigo a todos de corazón. ¡Alabados sean Jesús y María!

Saludo cordialmente a los polacos. En estos días, durante la fiesta de la cosecha, dando gracias por los frutos de la tierra, alabamos al Creador con el salmista: «La tierra ha dado su fruto; nos bendice Dios, nuestro Dios» (Sal 67,7). Encomendemos al Señor el trabajo de los agricultores, gracias al cual no nos falta el pan de cada día. ¡Que María, la más hermosa entre las flores de la tierra, proteja a vuestras familias y vuestros campos! ¡Mi bendición para todos vosotros!

Dirijo mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana.

En particular, saludo a los confirmados de la diócesis de Forlì-Bertinoro, acompañados por el obispo, monseñor Livio Corazza, junto con sus sacerdotes y catequistas.

Recibo con afecto a los fieles de la unidad pastoral de las parroquias de la diócesis de Latina-Terracina-Sezze-Priverno, así como a los asistentes eclesiásticos de la Fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Queridos hermanos y hermanas, hemos sido creados a imagen de Dios: comprometámonos a promover y defender la dignidad de hijos de Dios, con la luz y la fuerza del Evangelio.

Mi pensamiento se dirige, finalmente, a los ancianos, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Ayer celebramos la fiesta litúrgica de la Natividad de la Santísima Virgen María; que su ejemplo y su maternal intercesión inspiren y acompañen vuestra vida.

¡Mi bendición para todos!

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