León XIV en la vigilia de la Natividad de María: «En el Reino de Dios la prepotencia no tiene lugar»

León XIV en la vigilia de la Natividad de María: «En el Reino de Dios la prepotencia no tiene lugar»

El papa León XIV ha regresado este lunes al Santuario de la Madre del Buen Consejo de Genazzano, donde ha presidido la Misa en la vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen María y ha presentado la humildad de María como expresión de la forma en que Dios actúa en la historia.

Durante la homilía, el Pontífice ha recordado que Dios eligió «las más humildes condiciones históricas y la más humilde de las criaturas» para manifestar su Reino, «en el que la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida». León XIV ha relacionado esta lógica con la necesidad de la paz en un mundo marcado por la «destrucción» y la «incertidumbre»: «Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo».

El Papa regresaba así a un santuario especialmente ligado a su espiritualidad agustiniana. Ya lo había visitado el 10 de mayo de 2025, apenas dos días después de su elección, cuando explicó que la Virgen del Buen Consejo lo había acompañado durante toda su vida «con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo». En esta nueva visita, León XIV se ha servido especialmente de las reflexiones de santo Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino, para meditar sobre la pequeñez de María y su lugar central en la historia de la salvación.

A continuación, la homilía íntegra de León XIV:

Queridos hermanos y hermanas:

Como recordaréis, ya «en los primeros días del pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo, que durante toda mi vida me ha acompañado con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe» (Dedicatoria en el libro de firmas del Santuario, 10 de mayo de 2025).

Con alegría estoy de nuevo aquí, para celebrar con vosotros la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen y confiar a María Niña lo que todavía nace en esta pobre y magnífica humanidad: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo finalmente liberado del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, alrededor del Altar del que nos viene la salvación y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su Buen Consejo, para acoger la Palabra divina, custodiarla en nosotros y darla a luz mediante decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.

Queridísimos, en este lugar de antigua presencia agustiniana volveré sobre las páginas bíblicas que acabamos de proclamar con la ayuda de santo Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró profundamente en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por así decirlo, de la marginalidad de María, convertida en central en la economía de la salvación.

Preguntémonos: ¿qué debió de significar, en tiempos de Joaquín y Ana, el nacimiento de una niña? Santo Tomás profundiza: «He reflexionado muchas veces —escribe— y me he preguntado por qué los evangelistas, que hablaron tan ampliamente de san Juan Bautista y de los apóstoles, nos cuentan de manera tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su historia y su talla personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y habrían agradado a la gente del pueblo. ¡Oh, evangelistas, me dirijo a vosotros! ¿Por qué nos habéis privado de una alegría tan grande con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266,8).

Encontramos en estas palabras una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar la Escritura y a sus autores, discutir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como con amigos. Somos, en efecto, «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19), y de la misma María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que plantea preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos guardándolos y relacionándolos en el corazón (cf. Lc 2,19.51).

El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece dar la razón con su silencio a santo Tomás de Villanueva. Lo hemos escuchado: de María recoge su presencia, pero ni una palabra. Y, sin embargo, el simple estar de María —y del Hijo en ella— mueve toda la historia: la de José y la de toda su casa. La presencia de María provoca como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no sólo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre.

Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace es, en efecto, respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera cualquier posible discurso y relato. ¡En María la salvación encuentra casa: Dios con nosotros!

Escribe también nuestro santo Tomás: «Pues bien, respecto a estas reflexiones mías a las que me refería, sobre por qué no se escribió un libro sobre las gestas de la Virgen, como se hizo, en cambio, con las gestas de Pablo, […] sólo se me ocurre que fue así porque así agradó al Espíritu Santo, y que por su impulso los evangelistas guardaron silencio sobre ella, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en su interior (cf. Sal 44,14 Vulg.), y podía ser imaginada más que descrita, y que, como síntesis de su historia, basta lo expresado en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Te baste saber que es la Madre de Dios» (ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, sentimos como un vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y, sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas y las nietas que sostenemos en brazos.

Hoy tenemos para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, aunque no por ello menos poderoso y transformador. Es el camino del mismo Jesús, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Pues bien, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo» (ibid.): por gracia, ciertamente, pero deseando y prefiriendo a otros caminos su senda, sus elecciones, su camino. En Jesucristo, Dios eligió las más humildes condiciones históricas y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.

Añade después santo Tomás de Villanueva: «Deja correr la fantasía, ensancha los límites de la comprensión y pinta en lo profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humildísima, mansísima, llena de toda gracia, riquísima en santidad, adornada de todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente agradable a Dios; engrandécela cuanto puedas, imagina cuanto seas capaz» (ibid.).

Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la describió por escrito, sino que esperó a que tú la pintaras interiormente» (ibid., VII, 266,9).

Queridos hermanos y hermanas, es precisamente así: en la oración contemplativa toma forma lo que el mundo no nos cuenta, pero ya existe; lo que todavía es invisible, pero tiene en sí una nueva clase de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción y de incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.

El profeta Miqueas, en la diminuta Belén, intuyó el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual habitar finalmente seguros en la tierra (cf. Mi 5,1-4). Y hoy, en la oración colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento acreciente en nosotros la paz».

Sí, queridos, queremos imaginar la paz —ensanchar los límites de la comprensión y pintárnosla en el alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo.

Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.

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