El papa León XIV ha recordado este jueves a los obispos latinos de los países árabes que su misión «no consiste simplemente en conservar una presencia cristiana», sino en «hacer presente a Cristo», y les ha pedido mantener la fidelidad al Evangelio en territorios marcados por conflictos, tensiones políticas, sociales y religiosas y por la emigración de numerosas familias cristianas. «No estáis llamados a resolver todos los problemas de vuestras tierras, sino a ser fieles al Evangelio y al pueblo que os ha sido confiado», ha afirmado.
Durante la audiencia concedida a los miembros de la Conferencia Episcopal Latina en las Regiones Árabes (CELRA), el Pontífice ha instado también a estas comunidades a no ceder «ni al miedo ni a la resignación» ante su fragilidad y ha recordado que «la fecundidad de la Iglesia no se mide por los números, las estructuras o los recursos». León XIV ha pedido asimismo cuidar a las familias, los jóvenes y los migrantes y mantener un diálogo sincero con los musulmanes y otras tradiciones religiosas sin renunciar a la identidad cristiana.
A continuación, el discurso completo del papa León XIV:
Beatitud Eminentísima,
venerados hermanos en el episcopado,
queridísimos presentes:
Con gran alegría os recibo a vosotros, pastores que formáis juntos la Conferencia de los Obispos Latinos en las Regiones Árabes. A través de vosotros, deseo dirigir mi saludo a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los fieles de vuestras comunidades. Con las palabras del apóstol Pablo, deseo a todos: «gracia y paz de parte de Dios» (Rm 1,7).
Vuestra Conferencia abarca Iglesias presentes en una realidad vasta y compleja, que desarrollan su labor en contextos a menudo marcados por tensiones políticas, sociales y religiosas.
Vuestras Iglesias han conocido el testimonio del martirio: pensemos en sor Leonella Sgorbati, Misionera de la Consolata, en las Misioneras de la Caridad asesinadas en Yemen mientras servían a los más vulnerables, y en tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que han entregado su vida en Irak, Siria y otras tierras marcadas por la violencia. Sus nombres quizá no sean conocidos por el mundo, pero Dios los conoce bien. Su fidelidad al Evangelio sigue siendo una luz para vuestras comunidades y una invitación a no ceder ni al miedo ni a la resignación.
Cuando las comunidades se vuelven más frágiles y muchas familias se ven obligadas a emigrar, vuestro ministerio se hace todavía más necesario. Sed siempre pastores cercanos a vuestro pueblo, capaces de compartir sus heridas, de escuchar, sostener y consolar, para que a través de vuestra presencia pueda hacerse visible la cercanía de Dios.
No tengáis miedo de vuestra pequeñez. La fecundidad de la Iglesia no se mide por los números, las estructuras o los recursos, sino por la fidelidad al Evangelio. Una comunidad pequeña, si está arraigada en Cristo, puede ser una presencia valiosa: no porque busque el poder, sino porque sirve; no porque se imponga, sino porque da testimonio; no porque responda a la violencia con más violencia, sino porque opone la caridad a la fuerza.
En el corazón de sociedades marcadas por conflictos y divisiones, que vuestras comunidades demuestren que es posible vivir, servir y esperar juntos. A través de las parroquias, las escuelas, los hospitales y las obras de caridad, haced concreto el Evangelio, acogiendo, escuchando y sosteniendo a quienes se encuentran necesitados. Apoyad, en particular, a las congregaciones religiosas que continúan generosamente junto a los pobres y los más frágiles.
En medio de las emergencias, no perdáis de vista lo esencial de la misión de la Iglesia: el anuncio del Evangelio, la oración, los sacramentos y la formación cristiana. Una Iglesia capaz de servir debe ser, ante todo, una Iglesia que reza, escucha la Palabra y vive de los sacramentos.
Tened un cuidado particular de las familias y de los jóvenes. Que las familias, aun cargadas de dificultades e incertidumbres, puedan, con el apoyo de la comunidad, seguir siendo el primer lugar en el que la fe es recibida y transmitida. Que los jóvenes, a menudo divididos entre grandes aspiraciones y un futuro incierto, encuentren en la Iglesia una casa que los acoja, los escuche y los ayude a reconocer el valor de su vida. Que la catequesis acompañe a niños, jóvenes y adultos hacia un encuentro vivo con Cristo, para que la fe sea conocida, vivida y transmitida de generación en generación.
Cuidad también de los migrantes, numerosos sobre todo en los países del Golfo. Muchos viven lejos de sus seres queridos y experimentan soledad y precariedad. Que vuestras comunidades sean casas en las que nadie se sienta extranjero. Defended la dignidad de cada persona y reconoced en cada migrante a un hermano y una hermana: así la caridad se convierte en testimonio del Evangelio y escuela de fraternidad.
Custodiad y fortaleced la comunión entre las Iglesias y los diferentes ritos. La variedad de las tradiciones cristianas es una riqueza que debe vivirse en la unidad. De esta comunión nazca un diálogo sincero con las demás comunidades cristianas, con los musulmanes y con las diferentes tradiciones religiosas. Dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla sin miedo al encuentro. Allí donde la guerra ha sembrado desconfianza, cada gesto de estima, colaboración y respeto puede convertirse en un paso hacia la reconciliación y la paz.
Vuestra misión no consiste simplemente en conservar una presencia cristiana, sino en hacer presente a Cristo: anunciarlo en la Palabra, celebrarlo en los sacramentos, encontrarlo en la oración y reconocerlo en los pobres, en quienes sufren, en los migrantes y en cada persona puesta bajo vuestro cuidado.
No estáis llamados a resolver todos los problemas de vuestras tierras, sino a ser fieles al Evangelio y al pueblo que os ha sido confiado. No busquéis ante todo el éxito o el reconocimiento: buscad la fidelidad. Sed voz de verdad, de justicia y de paz; hombres de oración, pastores cercanos a vuestra gente, artesanos de la reconciliación y testigos de la misericordia.
No tengáis miedo de sembrar sin ver inmediatamente los frutos. La siembra os corresponde a vosotros; el crecimiento pertenece a Dios. Ningún gesto realizado en nombre de Cristo es inútil: una oración, una palabra de consuelo, una familia acompañada, un niño educado en la fe, un pobre acogido son semillas de un futuro nuevo.
Queridos hermanos, continuad vuestro camino con confianza. No estáis solos. La Iglesia universal mira con afecto a vuestras comunidades y reconoce en su perseverancia, en la fe vivida en la prueba y en el valor del servicio un testimonio valioso para toda la Iglesia.
Os encomiendo a vosotros, a vuestras Iglesias y a todos los pueblos de vuestras tierras a la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz. Que Ella acompañe a las familias, a los jóvenes, a los migrantes, a los enfermos y a los pobres; sostenga a quienes sufren e ilumine a quienes tienen responsabilidades políticas y sociales, para que sepan buscar el bien común y abrir caminos de reconciliación.
Sobre vosotros y sobre todos los fieles que os han sido confiados invoco de corazón la abundancia de las bendiciones del Señor. Que Él os custodie en la fe, os haga perseverantes en la esperanza y generosos en la caridad, y conceda a vuestras comunidades y a todos los pueblos de vuestras tierras el precioso don de la paz.