La Comisión Teológica Internacional (CTI) ha publicado este miércoles 2 de septiembre el documento Cuidar nuestra Casa común: respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario, un amplio texto dedicado a ofrecer una fundamentación específicamente cristiana del cuidado de la creación y a situar la actual crisis ecológica dentro de la relación del hombre con Dios, con el prójimo y con el mundo creado.
Entre sus formulaciones más significativas, la Comisión propone utilizar la expresión «pecado contra lo creado y contra el Creador» en lugar de términos como «ecocidio» y considera que la fórmula «pecado ecológico», empleada en los últimos años, no expresa con suficiente claridad la dimensión propiamente teológica de la cuestión. La CTI vincula así los daños contra la creación no sólo con sus consecuencias ambientales, sino también con el mandato recibido por el hombre de custodiarla.
El documento aborda igualmente los límites que la antropología cristiana encuentra en determinadas concepciones ecologistas. Rechaza tanto un «antropocentrismo depredador», que considere al hombre dueño absoluto de la creación, como el biocentrismo y el ecocentrismo cuando eliminan la singularidad de la persona humana. Frente a ambos extremos, presenta al hombre como administrador y servidor de lo creado.
Un documento elaborado entre 2022 y 2026
El texto es resultado de varios años de trabajo de la Comisión Teológica Internacional. Una subcomisión presidida por Alenka Arko estudió durante el décimo quinquenio de la CTI la creación a la luz de la revelación del Dios trinitario y su relación con la responsabilidad de custodiar la «Casa común».
Los trabajos se desarrollaron tanto en las reuniones de esta subcomisión como en las sesiones plenarias de la Comisión celebradas entre 2022 y 2025, bajo la coordinación del secretario general, monseñor Piero Coda. El documento resultante fue aprobado por mayoría de los miembros de la CTI mediante una votación celebrada el pasado 23 de julio de 2026.
Posteriormente, el presidente de la Comisión y prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández, presentó el texto a León XIV el 28 de julio. Fernández autorizó su publicación el 21 de agosto.
La Comisión aclara desde el comienzo que su propósito no es ofrecer respuestas técnicas a los problemas ambientales. Esas soluciones, señala, son «complejas y necesariamente interdisciplinares». Su aportación pretende proporcionar una visión capaz de inspirar la cultura y, especialmente, la espiritualidad, profundizando en aspectos teológicos que ocuparon un espacio menor en Laudato si’.
El documento se estructura en tres grandes capítulos. El primero estudia la «Casa común» como obra del Dios trinitario y dialoga con algunas concepciones científicas y filosóficas del cosmos; el segundo analiza el lugar del ser humano en la creación y el deterioro ambiental; y el tercero plantea principios teológicos y éticos para su cuidado, además de abordar la aportación de otras religiones.
Del «pecado ecológico» al «pecado contra lo creado y contra el Creador»
Uno de los apartados centrales del documento está dedicado a formular teológicamente la responsabilidad moral por el deterioro de la creación.
La Comisión recuerda los antecedentes existentes en el Magisterio. San Juan Pablo II ya recogió la expresión «grave pecado contra el ambiente natural», mientras que Francisco se refirió al «pecado ecológico». El documento final del Sínodo para la Amazonía propuso posteriormente definir este último como una acción u omisión contra Dios, el prójimo, la comunidad y el ambiente.
La CTI considera ahora preferible una formulación diferente:
«Proponemos entender este pecado contra la Casa común como pecado contra lo creado y contra el Creador, en cuanto viola el sentido de la creación querido por Dios Creador».
La Comisión explica que busca deliberadamente «una formulación que sea claramente teológica», privilegiando conceptos propios de la fe frente a otros procedentes de ámbitos distintos, como «ecocidio». A su juicio, la expresión «pecado ecológico» tampoco manifiesta con suficiente claridad que junto al daño causado a la naturaleza existe «el desconocimiento o incluso el rechazo del designio del Creador».
El documento sostiene que Dios ha confiado al hombre la misión de custodiar y perfeccionar la creación y añade:
«No hacerlo, con acciones o con omisiones, es una desobediencia a Dios».
La CTI relaciona esta responsabilidad con tres dimensiones: la relación con Dios creador, con el prójimo y con la propia creación. Una custodia insuficiente de la «Casa común», sostiene, no sólo maltrata lo creado, sino que perjudica especialmente «a los más pobres y a las generaciones futuras».
Ni «antropocentrismo depredador» ni biocentrismo
Otra parte significativa del documento trata de precisar el lugar que corresponde al ser humano dentro de la creación. La CTI rechaza dos extremos que considera incompatibles con la antropología cristiana.
El primero es el denominado «antropocentrismo depredador», que concibe a la humanidad como «dueña absoluta de todo lo creado». Según el documento, esta posición genera una dinámica de violencia y explotación porque deja de estar regulada por el respeto a la naturaleza, al prójimo y a Dios creador.
La Comisión rechaza, sin embargo, que la respuesta consista en equiparar al hombre con todas las demás formas de vida. Cuestiona expresamente determinadas manifestaciones radicales del biocentrismo y del ecocentrismo que sustituyen al ser humano por el ecosistema o por la vida considerada en su conjunto «sin reconocer el valor diferenciado entre sus diversas formas».
Para la CTI, este igualitarismo radical puede desembocar en conclusiones incompatibles con la fe cristiana:
«La negación de la singularidad del ser humano, propia de estos puntos de vista, conduce a conclusiones imposibles de aceptar para la fe cristiana».
Entre ellas menciona considerar la muerte de grandes cantidades de personas como algo positivo para el bienestar de otras criaturas o negar cualquier utilización razonable y regulada de seres no humanos en beneficio del hombre.
El documento advierte también de que una absolutización de la naturaleza puede abrir paso a «una nueva forma de panteísmo teñido de neopaganismo». Frente a ello, mantiene la diferencia de identidad y valor entre la persona humana, «interlocutora directa de Dios», y los demás seres vivos. El hombre debe ejercer como administrador responsable de la creación: una función de la que «no debe abusar, pero de la que tampoco puede abdicar».
La vida humana tiene un «valor sagrado»
La distinción lleva a la Comisión a reafirmar expresamente la singular dignidad de la persona.
«La vida humana tiene un valor sagrado», afirma el documento, porque constituye un don divino y está llamada a la comunión con Dios. La CTI señala que ésta es la razón por la que el ser humano es único respecto del resto de los seres vivos y su vida constituye siempre un bien.
De esta afirmación deriva, según el texto, que los seres humanos poseen un «derecho incondicionado e inalienable a la vida», que «debe ser protegido y promovido por los Estados y a todos los niveles y por todos los agentes morales».
La Comisión vincula esta defensa de la vida con el conjunto de su concepción de la ecología. La promoción de la vida humana, explica, no se reduce a salvaguardar la existencia biológica, sino que exige garantizar a las personas, familias y pueblos el acceso a los bienes necesarios para vivir conforme a su dignidad. En este punto recupera el principio tradicional de la destinación universal de los bienes.
Tecnología, economía y responsabilidad política
La CTI identifica entre las causas de la crisis ecológica el llamado «paradigma tecnocrático», pero no presenta la tecnología como un mal en sí misma.
«La tecnología puede y debe ser utilizada respetando el medio ambiente y al servicio del bien común», señala el documento. La Comisión recuerda que la tecnología acompaña a la humanidad desde sus orígenes y sostiene que el actual régimen económico es resultado de decisiones humanas y no una realidad inevitable.
La responsabilidad por el deterioro ambiental tampoco queda limitada al comportamiento individual. La CTI señala que los daños pueden trascender ampliamente «los niveles de la responsabilidad individual, familiar y de las pequeñas comunidades» y afectar a los modelos de vida de sociedades enteras y a las decisiones económicas y de desarrollo adoptadas por actores con mayor capacidad de influencia.
En este contexto, el documento recoge una intervención de León XIV según la cual la justicia ambiental representa una exigencia que «va más allá de la simple protección del medio ambiente», pues afecta también a la «justicia social, económica y antropológica» y constituye, para los creyentes, «una exigencia teológica».
La CTI pide diferenciar las responsabilidades de países ricos y pobres
El documento aborda asimismo la distribución internacional de las responsabilidades ambientales. La Comisión parte de que el deterioro no ha sido causado en la misma medida por todos los grupos humanos y países y tampoco perjudica a todos por igual.
Por ello considera justo que las políticas ecológicas más exigentes se apliquen con mayor rigor a quienes más dañan la «Casa común» o más lo han hecho históricamente. Al mismo tiempo, pide tener en cuenta las circunstancias locales para determinar qué políticas resultan prioritarias.
La CTI advierte expresamente:
«Sería injusto que los países más ricos impusieran cargas insostenibles y poco solidarias a los países más pobres».
La Comisión considera incoherente exigir a los países pobres la preservación de los grandes espacios naturales mientras las sociedades más ricas no están dispuestas a reducir unos niveles de vida y consumo que contribuyen al deterioro ambiental.
Guerra, recursos naturales y destrucción ambiental
La relación entre conflictos armados y destrucción de la creación ocupa también un espacio en el documento.
Al reconstruir los antecedentes de su formulación sobre el «pecado contra lo creado y contra el Creador», la CTI recoge palabras de León XIV sobre situaciones en las que la naturaleza se convierte en «un instrumento de intercambio» o en un bien utilizado para conseguir ventajas económicas o políticas.
El texto menciona como ejemplos las zonas agrícolas y los bosques convertidos en lugares peligrosos por la colocación de minas, las políticas de «tierra quemada», los conflictos en torno a las fuentes de agua y la distribución desigual de las materias primas, que perjudica especialmente a las poblaciones más débiles.
La protección efectiva del derecho a la vida lleva además a la Comisión a reclamar que se rechace el recurso a la guerra y se busquen vías alternativas para resolver los conflictos.
Ascesis, ayuno y «conversión ecológica»
Las propuestas del documento no se circunscriben a las políticas públicas. El tercer capítulo plantea una respuesta cristiana articulada desde la relación con Dios, con uno mismo, con la creación y con el prójimo.
Entre los principios señalados aparecen la reverencia ante lo creado, el cuidado responsable, la escucha del «grito de la Tierra y de los pobres», el respeto a la vida, la ascesis y el ayuno, la fraternidad, la misericordia y la opción preferencial por los pobres.
La ascesis y el ayuno son presentados como prácticas que expresan simultáneamente la propia limitación ante Dios, la solidaridad con los demás y con las generaciones futuras, el respeto hacia la creación y la capacidad de controlar los deseos para orientar la vida conforme a valores libre y responsablemente escogidos.
El documento recurre también a la institución bíblica del jubileo para relacionar la misericordia divina, la justicia social y el cuidado de la tierra. La CTI recuerda la restitución de las tierras y su descanso periódico y señala que la práctica bíblica establece una relación entre Dios, el prójimo y la tierra: «misericordia», «restitución» y «descanso».
Una colaboración con otras religiones
El tramo final del documento analiza la posible aportación de otras tradiciones religiosas al cuidado de la creación.
La Comisión identifica algunos elementos comunes, aunque precisa que no están presentes del mismo modo en todas las religiones: la unidad e interconexión de lo existente, el deber de respeto y compasión hacia los seres y la responsabilidad particular del hombre en la custodia del mundo.
La CTI considera que muchos de estos elementos, «en su núcleo ético fundamental», son compatibles con la visión cristiana y concluye que, desde la perspectiva de la fe católica, «las puertas están abiertas a una colaboración interreligiosa» en la custodia de la creación.
El cuidado de la creación como cuestión teológica
La conclusión vuelve sobre la tesis que recorre el conjunto del documento: la cuestión ecológica no debe abordarse únicamente como un problema científico, económico o político.
La Comisión presenta la creación como obra del Dios trinitario y al hombre no como propietario absoluto del mundo ni como un elemento indiferenciado del ecosistema, sino como una criatura dotada de una dignidad singular a la que Dios ha confiado una responsabilidad específica.
La CTI sostiene que Dios coloca a los seres humanos en la creación «como sus representantes e interlocutores directos» y les confía la tarea de custodiarla. Para cumplir esa responsabilidad considera necesario recurrir tanto a «los conocimientos científicos y las capacidades técnicas más acreditados» como a los principios éticos y espirituales derivados de la relación con Dios, con el prójimo, con la creación y con uno mismo.
El nuevo documento se sitúa expresamente en continuidad con Laudato si’, pero la Comisión identifica como aportación propia la profundización en los fundamentos teológicos del cuidado de la «Casa común», especialmente desde la doctrina trinitaria, la antropología cristiana y la consideración moral del daño causado a la creación.