28 de agosto de 2026
Arquidiócesis Metropolitana de la Ciudad de Panamá
Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta
E. S. D.
Estimada Arquidiócesis Metropolitana de la Ciudad de Panamá,
La santa y gloriosa Asunción de María Santísima en cuerpo y alma al cielo constituye uno de los misterios centrales de la fe Católica, particularmente en Panamá, nos sentimos orgullosos de tenerla como patrona de la capital por ser justo ese día la fecha en que se funda la misma. Esta fiesta religiosa es el punto de partida para las celebraciones del 15 de agosto de cada año, lo que debería provocar para la jerarquía eclesial un celo apostólico para catequizar a la feligresía sobre esta verdad de fe los días previos a la solemne fiesta. La realidad dista pronunciadamente de lo que debería suceder ante una ocasión que provoca profundos sentimientos de júbilo y alegría. Una vez más vemos este año el énfasis, la convocatoria, la iniciativa y el entusiasmo por parte de Su Excelencia para el evento llamado “Semana de Templos abiertos”. Ya presenciamos en años previos cómo este evento sigue siendo promovido por parte de la jerarquía eclesiástica y se invita a los Católicos a participar en ese espectáculo que no solo confunde a la gente, sino que aleja a las almas del camino de la conversión. Con la carta del año pasado a Su Excelencia y a la Conferencia Episcopal, este grupo de fieles Católicos provenientes de diferentes sectores de la población tuvo la piadosa esperanza de una enmienda, una reconsideración o una corrección para poder cumplir su deber de confirmar a la grey en la fe; es motivo de tristeza e indignación observar cómo no se ha escuchado en lo absoluto a la verdad constante y fundamentada del Depósito de la Fe.
Durante el rito solemne de la proclamación del dogma en mención de la presente carta, Su Santidad el Papa Pío XII dijo lo siguiente: “Por un plan divino inescrutable, un rincón luminoso del cielo se abre sobre los hombres de esta generación, tan atribulados y sufrientes, perdidos y decepcionados, pero también sanamente inquietos en la búsqueda de un gran bien perdido, una sinceridad radiante, esperanza y una vida bendita, donde María se sienta como Reina y Madre, junto al Sol de Justicia.”. Aquí se pone la Asunción como el acto que da pie a reconocer a Nuestra Santísima Madre María como Reina y Señora de todo lo creado; ese es el nivel dado por la tradición bimilenaria a esta excelsa solemnidad revestida de toda la pompa posible por parte del Cuerpo Místico de Cristo, por ende, no se espera nada menos para la Madre de Dios en uno de sus días de celebración de sus prerrogativas.
Cuando vemos de manera reiterada el incumplimiento deliberado de lo enseñado por el Papa Pío XII citado con anterioridad, no solo incumplido, sino sustituido por un evento contradictorio, solo puede provocar un fuerte cuestionamiento de los principios custodiados por los prelados, promoviendo esta manifestación concreta del indiferentismo religioso. Ante esta afrenta directa a los derechos preeminentes de Dios, la realeza social de Cristo y su Santísima Madre, cuestionamos frontalmente por medio de la siguiente pregunta su actuar: ¿Cómo dicho evento convocado y promovido por la Arquidiócesis de Panamá asegura o procura la misión principal de la Santa Madre Iglesia, que es la salus animarum (la salvación de las almas)? Como hemos señalado en cartas previas, desde el Antiguo Testamento vemos que Dios expone directamente su enseñanza sobre la prohibición de semejantes eventos que no van conformes a la verdad inmutable. Mencionando un par de ejemplos, se pueden destacar las citas bíblicas de Éxodo 20, 3-5, Deuteronomio 12, 30-31, 1 Corintios 10, 20-21 y 2 Corintios 6, 14-15. Para ir más allá, en el Nuevo Testamento tenemos la afirmación innegable del Salvador determinando: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por Mí.” y teniendo en vista esta afirmación infalible de la boca del mismo Dios, la Iglesia se ha gozado en proclamar el dogma de fe Extra Ecclesiam Nulla Salus (fuera de la Iglesia no hay salvación). ¿Acaso se predica esta verdad de fe dentro del evento auspiciado por la Arquidiócesis de Panamá?
Haciendo un vistazo a la Tradición Apostólica sobre la materia, nos encontramos frente a la fuerte reprimenda de los Padres de la Iglesia sobre este tipo de eventos, situaciones o acercamientos que propicien la confusión en medio de los fieles. Solo para citar un par de autores Patrísticos, tenemos a San Ignacio de Antioquía en su Carta a los Tralianos que, entre otras cosas, expresa esto: “Os exhorto, pues —aunque no yo, sino el amor de Jesucristo—, que toméis solo el alimento cristiano, y os abstengáis de forraje extraño, que es herejía; porque estos hombres incluso mezclan veneno con Jesucristo, imponiéndose a los otros con la pretensión de honradez y sinceridad, como personas que administran una porción letal con vino y miel, para que uno no lo reconozca, y no tema, y beba la muerte con un deleite fatal.» En la misma línea obediente y fiel a las palabras de Cristo Jesús, contemplamos a San Ireneo de Lyon, San Cipriano de Cartago, San Agustín y San Juan Crisóstomo, que repiten en términos similares una enseñanza idéntica.
En consonancia con las Sagradas Escrituras y la Patrística, el Magisterio Papal ha sido constante e infalible en la estricta prohibición de asistir, participar o tener interacción en aquellos eventos donde el funesto error del indiferentismo religioso se pueda propagar. Haciendo una mención de los documentos pontificios de mayor relevancia donde exponen la enseñanza sobre el tema, podemos señalar Ubi Primum de Papa León XII, Mirari Vos de Papa Gregorio XVI, Qui Pluribus, Quanto Conficiamur Moerore y el Syllabus de Errores, estas escritas por el Beato Papa Pío IX. Hay otras piezas de los Romanos Pontífices dignas de ser citadas, pero si hubiese que remitirse a una, sería Mortalium Animos del Papa Pío XI. La precisión del sucesor de San Pedro es llana y no requiere explicación alguna cuando manifiesta lo siguiente: “Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos” y más adelante dice: “Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”. Podemos entender perfectamente que esta clase de iniciativas que dejan vacía la necesidad de convertirse nulifica el valor de la Revelación divina en conjunto con toda la obra efectuada por Nuestro Señor Jesucristo por medio de su Santa Iglesia. No solo los obedientes sucesores de la Sede Petrina han hecho resonar, sino otras fuentes del Depósito de la Fe, como son el Catecismo del Concilio de Trento en su sección del Credo, Capítulo 9, como también el Concilio Vaticano I en su Constitución Dei Filius. Todo esto señalado en el presente párrafo es la doctrina oficial, inamovible, constante, obligatoria y perpetua de la Santa Madre Iglesia. No se puede cambiar ni ocultar. Un tiempo futuro, con el pretexto de novedades o el transcurso de los tiempos o el progreso humano, no puede venir a contradecir algo que ha sido la enseñanza fielmente transmitida y protegida por el Espíritu Santo durante los siglos.
Este año parece ser que optaron por una apariencia más cultural para el evento, siendo discutido en esta carta. Pese a este intento de ropaje, el evento es en el fondo netamente religioso. En la página web de la Arquidiócesis de Panamá, en el anuncio oficial de la Semana de Templos abiertos, dice textualmente “rituales”. Esto causa una indignación sin medida para cualquier individuo con sana formación que haga una comparación simple entre lo acontecido en el evento con lo profesado fielmente por todas las fuentes de nuestra fe.
La Iglesia Católica fue edificada por Cristo Jesús para ser su única institución de carácter divino aquí en la tierra. Esta clase de eventos pone todo lo que Nuestro Señor generosamente nos dejó en el plano de ser algo opcional, meramente cultural, inclusive de estar al nivel de cualquier otra creencia que puede contradecir radicalmente el contenido del Evangelio. Aunado al daño inmensurable creado por el evento en discusión, hay que agregar el grave escándalo a la fe que provoca en las almas piadosas. El escándalo sucede cuando una acción, dicho u omisión da cabida a que otros cometan pecados (CF. Catecismo Mayor de Papa San Pío X, nn. 416-418). Este tipo de eventos es fácil ocasión para que una persona pueda cometer la terrible desgracia de alejarse de la Iglesia por adoptar otras ideas. Por más que aleguen que es un evento de tinte cultural, con una vista breve del itinerario previsto se puede uno percatar de un contexto con el fondo religioso permeando toda la temática del evento para llevar a las personas a participar en estas prácticas que fomentan el indiferentismo religioso tan condenado, como ha sido demostrado, por todo el Depósito de la Fe. Otro funesto efecto que causa en la feligresía es la confusión y desorientación diabólica del concepto mismo que tenemos de Dios. Enreda aún más a una feligresía resecada por años de los más medulares conocimientos de su fe, que no sabe a qué Dios adoramos, cuál es su naturaleza, lo ordenado por Él en la forma de cómo amarle, entre todas las otras pautas predicadas por el Altísimo. Hace parecer que Dios en realidad no se reveló infaliblemente, de una forma puntual, y que su Hijo Unigénito no constituye el camino para la vida eterna; a esta clase de confusiones con olor de azufre es en la que la feligresía actualmente se ve inmersa por una cantidad notable de años, sin obtener los auxilios necesarios de la jerarquía eclesiástica en reafirmar la doctrina cristiana perenne.
Como laicos provenientes de diferentes sectores de la población panameña, actuando a título personal, nos avergüenza sobremanera tener que ver el colapso doctrinal propiciado por los mismos que tienen el ministerio de enseñanza dentro de la Iglesia. Los ejemplos de la vida de los santos muestran todo lo opuesto al actuar doloso evidenciado en años recientes en múltiples ocasiones notorias. No vemos a San Francisco de Asís, San Francisco Solano, Santo Domingo de Guzmán, San Pedro Canisio, Santa Brígida de Irlanda, Santa Clotilde o una Santa Clara de Asís cometer actos remotamente cercanos a los acontecidos la semana pasada en esta tierra istmeña. Todos estos santos —entre un sinfín de otros más— dieron el ejemplo, incluso la vida, por proclamar el Evangelio sin ceder la verdad en ningún punto, con celo apostólico inquebrantable y con incomparable esplendor de virtudes adornando su obra. Le pedimos con clamor de hijos fervorosos de la fe Católica que se hagan eco del testimonio de la sangre derramada por los santos en fiel profesión de esta santa fe, en vez de someterse y venderse plenamente a las agendas del mundo revolucionario que ha hecho la afrenta directa a la causa de Dios. Nosotros, como feligresía, no podemos ni vamos a quedarnos en las filas del silencio cómplice, cómodo y tentativo de los que prefieren la falsa paz en detrimento de la verdad confirmada en sangre por un número incalculable de santos.
En suma, lo que solicitamos por amor a Dios, Trino y Uno, es retornar al rumbo de la sana doctrina que fomenta el amor a nuestro Creador para poderlo conocer, amar y servir fielmente sin confusión, titubeos o respetos humanos. Es justo la Santísima Virgen María, Corredentora y Mediadora de todas las Gracias, quien es nuestra intercesora para alcanzar este fin elevadísimo de entrega a Dios. Ella fue premiada por la Santísima Trinidad por ser llevada en cuerpo y alma directamente al cielo para gozar de la bienaventuranza eterna junto a su Hijo Santísimo. No nos cansaremos de evocar la grandeza de esta ilustre dama del cielo para darla a conocer al mundo entero porque merece tener un singular honor. Guardamos la esperanza de que tengan la valentía de enmendar la dirección tomada, de la cual debemos advertir que ese trayecto provoca la ira de Dios de diferentes formas con consecuencias trágicas. La Santísima Virgen María no admite ni sigue los objetivos ecuménicos plasmados por décadas por la Conferencia Episcopal; Ella jamás dará cabida a que la Iglesia fundada por su Hijo se vea puesta al arbitrio de ideas contradictorias a la verdad revelada. Por decirlo abiertamente, en María Santísima nunca encontrarán una aliada a cualquier plan ecuménico, sincrético, panteísta, novedoso o antagónico al Evangelio. El ejemplo de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, que se tomó la tarea de evangelizar personalmente a los indígenas de México, es prueba amplia y suficiente del trabajo incansable de la Madre de Dios por convertir a todos hacia la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Un acto de reparación pública es lo que hemos solicitado estos tres últimos años; ahora lo volvemos a pedir respetuosamente. Rezamos para que María Santísima, Reina de la Asunción, toque el corazón de toda la Conferencia Episcopal, en especial del arzobispo de Panamá, para que vuelvan a profesar la tradición incorrupta dejada a su cuidado y menester.
(Fundamento en derecho: Canon 212§3: Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas).
Atentamente,
Yousef Altaji Narbón
Azael A. Sanjur I.
Luis Varela
José Céspedes
Enrique Morgan