El Vaticano no es un palacio con una tumba dentro: es una tumba con un palacio encima. Antes de ser sede fue fosa. En el verano del año 64, tras el incendio de Roma, Nerón buscó culpables y los encontró en aquella secta oriental que se negaba a rendir culto a los dioses de todos.
Tácito, que no los quería, dejó el inventario: cubiertos con pieles de fieras y despedazados por perros, clavados en cruces, encendidos como antorchas para alumbrar la noche en los jardines imperiales.
Aquellos jardines, y el circo contiguo, estaban en la colina vaticana.
El obelisco que hoy centra la plaza de San Pedro se alzaba entonces en la espina de ese circo: es el único testigo material que sigue en pie de lo que allí se hizo con hombres que no quisieron ofrendar.
A uno de ellos, un pescador de Galilea, lo enterraron en la ladera, entre tumbas pobres, sin más señal que la que cabía en la memoria de los suyos.
Hacia el año 200, el presbítero Gayo escribía que podía mostrar «los trofeos de los apóstoles»: uno en la vía Ostiense, otro en el Vaticano. Cuando Constantino decidió levantar la basílica, no aplanó la colina por comodidad: la cortó, la desmontó y la rellenó para que el altar cayera exactamente sobre la vertical de aquella fosa.
Todo lo demás —la cúpula, el baldaquino, la cátedra— es geometría subordinada a un agujero en la tierra.
En 1950 Pío XII anunció por radio que las excavaciones habían hallado la tumba del Príncipe de los Apóstoles; en 1968 Pablo VI dio por identificadas las reliquias.
En el muro contiguo, un peregrino antiguo había garabateado dos palabras griegas que Margherita Guarducci leyó para el mundo: Petros eni. Pedro está dentro.
Conviene recordar qué se les pedía a aquellos muertos, porque no era mucho. El Imperio romano fue de una tolerancia religiosa ejemplar: admitía todos los cultos con tal de que se añadiera uno. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, explicó a Trajano su método hacia el año 112: ponía delante del sospechoso la imagen del emperador y las estatuas de los dioses; si ofrecía incienso y vino, quedaba libre. Un gesto.
Al anciano Policarpo, en Esmirna, el procónsul se lo suplicó casi con afecto: qué mal hay en decir «César es Señor» y sacrificar; respeta tu edad; jura y te suelto.
El argumento era exactamente el de hoy: es cultura, es cortesía, no significa nada. Policarpo respondió que llevaba ochenta y seis años sirviendo a su Rey y ardió. En el 250, Decio industrializó la prueba: sacrificio universal y certificado oficial. Los papiros de Egipto conservan aún esos libelli, la apostasía con sello y firma. Hubo cristianos que cedieron, tantos que san Cipriano tuvo que inventar nomenclatura: sacrificati los que sacrificaron, libellatici los que compraron el papel, thurificati los que echaron el grano de incienso. A hombres que habían cedido con la espada al cuello, la Iglesia les impuso años de penitencia pública, y hubo un cisma entero por discutir si bastaba. Los lapsi. Esa fue la seriedad con que la Iglesia primitiva trató un solo grano de incienso arrancado por el terror.
Diez días hace ahora del gesto de Cusco. El 13 de agosto, un encuentro eclesial presentado por los medios vaticanos como preparación del viaje papal de noviembre al Perú se abrió sin oración católica alguna: en su lugar, un pago a la tierra. Una oficiante explicó que agosto es el mes de la Madre Tierra, «que nos quiere tanto, que es tan cariñosa»; se repartieron hojas de coca, se sopló tres veces sobre ellas y se depositaron en los cuencos de la ofrenda. La gramática del gesto es idéntica a la que el Imperio exigía y los mártires negaban: la oblación a una divinidad que no es Dios.
Las imágenes muestran ofrendando, tras el obispo auxiliar de Cusco y secretario general del CELAM, a un oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, comisario pontificio además, con visible recogimiento. Un sacerdote que parece dispuesto a arrastrar al mismo Prevost en su caída a los infiernos. Terminada su ponencia, las imágenes lo recogen girando boca abajo el cartel con su nombre antes de salir del plano. La crónica de Vatican News no mencionó ni el rito ni al oficial.
A Policarpo le ofrecieron la vida a cambio del gesto y eligió la hoguera; en Cusco nadie amenazaba a nadie, y el gesto se ofreció gratis.
Y después, nada. Ni una línea de la Sala Stampa, ni una aclaración del dicasterio cuya única razón constitucional de existir es custodiar la integridad de la fe, ni una palabra del interesado.
En 2019, cuando las tallas de la Pachamama presidieron una iglesia romana y acabaron en el Tíber, hubo al menos una disculpa papal a quienes se habían sentido ofendidos; se podía discutir su alcance, pero existió el reflejo de que aquello requería explicación.
Siete años después ni eso. Bajo Decio, el Estado perseguidor extendía certificados de apostasía; hoy la propia casa extiende silencio, que es el libellus moderno: un papel en blanco que certifica que no ha pasado nada.
Hay un hombre que cada mañana camina sobre esa necrópolis. Fue elegido sobre la vertical exacta de la fosa del pescador, bajo una cúpula que solo existe para señalarla. El encuentro de Cusco se celebró, según la propaganda de sus propios medios, para preparar su viaje; el escándalo ocurrió en su casa peruana, ante sus obispos, con su funcionario, y lleva diez días sobre su mesa. Podría hablar con una frase. Bastaría recordar lo que su oficina lleva veinte siglos enseñando sobre el primer mandamiento. Calla.
Y el silencio, cuando se puede hablar, se debe hablar y se calla por cálculo, tiene un nombre en todas las lenguas, y no es muy honroso.
Quien tolera y calla ante la oblación al ídolo hecha en nombre de la institución que existe porque unos hombres prefirieron arder a hacerla, se acerca peligrosamente a poder ser calificado de indigno del suelo que pisa. Porque ese suelo no es mármol: ese suelo son ellos. Alzarse sobre cenizas ajenas para tolerar lo que a ellos les costó la vida es difícilmente calificable sin incurrir en escándalo.
Abajo, en la tierra desnuda de la colina, siguen los huesos de los que no ofrendaron. Petros eni: Pedro está dentro. Arriba, de momento, solo hay silencio y ropajes bonitos.