León XIV advirtió este domingo 23 de agosto contra el riesgo de convertir la fe en una costumbre y conformarse con una experiencia cristiana basada en lo que se ha «oído decir». Durante su reflexión previa al rezo del Ángelus, ante los fieles reunidos en la plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa comentó la pregunta de Cristo a sus discípulos —«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15)— y afirmó que cada cristiano necesita redescubrir continuamente el rostro de Cristo, profundizar en su Evangelio y renovar sus decisiones para hacerlas coherentes con la fe que profesa.
El Pontífice extendió esta reflexión «al camino de la Iglesia y a las decisiones pastorales», donde advirtió que a veces se piensa que «basta con proceder como siempre lo hemos hecho», y llamó a permanecer abiertos a caminos y decisiones nuevas. Tras el Ángelus, León XIV pidió una respuesta de la comunidad internacional ante la propagación del ébola en la República Democrática del Congo, recordó a las víctimas del derrumbe de una mina en Zamboyé, en la República Centroafricana, y rezó por los fallecidos y afectados por el terremoto que golpeó el centro de Italia hace diez años.
A continuación, las palabras de León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de este domingo (Mt 16,13-20) nos pone ante una pregunta que interpela a cada uno de nosotros en el camino de nuestra fe: ¿quién es realmente Jesús para mí?
Del relato evangélico se comprende hasta qué punto esta pregunta es decisiva para la experiencia del discipulado. En efecto, a pesar de que los doce apóstoles ya habían compartido mucho de la vida y del ministerio del Maestro, Jesús no quiso dar por descontado que realmente lo conocieran y que hubieran comprendido el misterio del Reino de Dios. Entonces, después de preguntar cuáles eran las opiniones de la gente sobre Él, se dirige directamente a ellos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).
Hermanos y hermanas, este es un paso fundamental para los discípulos de todos los tiempos, para cada uno de nosotros. La fe, en efecto, no nos es dada de una vez para siempre; al contrario, necesitamos siempre redescubrir el rostro de Cristo y su Evangelio, profundizar en su mensaje y renovar las decisiones de nuestra vida, para que sean coherentes con lo que profesamos, venciendo la tentación de saberlo ya todo y de hacer de la fe una costumbre.
La pregunta que cada día se nos plantea —quién es Jesús para mí y cuál es el significado de su presencia en mi vida— surge especialmente en la oración y cuando meditamos el Evangelio; pero también cuando nos encontramos ante las heridas y las necesidades de los hermanos, o en las relaciones y situaciones que más interpelan nuestra conciencia. En el campo de nuestra vida, en definitiva, podemos comprobar si para nosotros el Señor Jesús es solamente un gran personaje de la historia que dijo e hizo cosas importantes, o el Cristo de Dios, Aquel que fue enviado para hacernos entrar en el amor del Padre y transformar nuestra vida y el mundo en el que vivimos.
Queridísimos, aprendamos a no encerrarnos en nuestras convicciones y seguridades religiosas, para permanecer abiertos a la relación auténtica con Cristo. A veces, respecto de la fe cristiana, nos conformamos con lo que hemos «oído decir», con los lugares comunes, con aquello que nos ha sido transmitido quizá incluso con buenas intenciones; pero Jesús nos llama a una respuesta personal, a conocerlo de cerca, a dejarnos penetrar por la amistad con Él, en un encuentro siempre nuevo que puede incluso pedirnos recorrer caminos inéditos y tomar decisiones diferentes de las que habíamos imaginado.
Esto vale tanto para nuestro camino personal como para el camino de la Iglesia y para las decisiones pastorales, donde a veces pensamos que basta con proceder como siempre lo hemos hecho. Es importante, en cambio, preguntarnos con frecuencia: ¿quién es el Señor para mí? ¿Lo conozco verdaderamente? ¿Qué me pide hoy su Evangelio? ¿Qué pasos y qué decisiones debería tomar?
Invoquemos a la Virgen María, que en su corazón buscaba la voluntad de Dios a través de su Hijo, para que nos guíe siempre en el camino de la fe.
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
En mi oración recuerdo a menudo a la República Democrática del Congo, en particular por la propagación de la epidemia de ébola que, lamentablemente, está causando muchas víctimas. Animo a una respuesta por parte de la comunidad internacional que involucre también a las comunidades locales en la labor de prevención, para salvar muchas vidas humanas.
Estoy cerca también de la población de la República Centroafricana, que llora a las víctimas del derrumbe ocurrido en una mina de Zamboyé. Que el Señor acoja a quienes han perdido la vida y sostenga el esfuerzo por garantizar la seguridad y la legalidad de los sitios mineros.
Mañana se cumple el décimo aniversario del terremoto que golpeó el centro de Italia, entre Lacio, Umbría y Marcas. Rezo por los difuntos y por sus familias, y por todas las comunidades afectadas. Que la fe y la solidaridad continúen sosteniendo la labor de reconstrucción.
Saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos de diferentes países.
En particular, doy la bienvenida al Coro Primacial de la Catedral de Gniezno, en Polonia; así como a los seminaristas y superiores del Pontifical North American College; y a los jóvenes de Bormio y Valfurva, en Lombardía (Italia).
¡Os deseo a todos un feliz domingo!