Te damos gracias por el Papa

Te damos gracias por el Papa

Uno creía tener catalogado casi todo el género eucológico: colectas romanas de tres líneas que valen un tratado, prefacios galicanos, letanías mozárabes, incluso aquellas preces de los años setenta en que se encomendaba al Señor el diálogo Norte-Sur. Pero la Conferencia Episcopal Peruana, reunida desde el lunes en su 130ª Asamblea Plenaria, acaba de enriquecer el corpus con una pieza que pide lectura despaciosa. Se llama «Oración Nacional», se presentó al abrirse la asamblea —misa solemne presidida por monseñor García Camader, con el nuncio Gualtieri concelebrando— como plegaria oficial para preparar la visita de León XIV al Perú, del 11 al 17 de noviembre, y arranca así: «Señor Dios, Padre de misericordia, te damos gracias por el Papa León XIV».

Deténgase ahí el lector, que la frase lo merece.

Conste que uno no milita contra la gratitud. La Iglesia canta el Te Deum cuando sale humo blanco, y hace bien: un pastor es un don, y los dones se agradecen. Tampoco pondrá uno reparo a la primera oración de relativo, «pastor que viene a confirmar a tu pueblo en la fe», eco limpio del confirma fratres tuos de Lucas 22,32 y lo mejor fundado de toda la pieza. Si la plegaria hubiera parado ahí, uno estaría hoy escribiendo de otra cosa.

No paró. Lo que sigue es un pequeño tratado de eclesiología involuntaria, y conviene leerlo con lápiz.

Empecemos por la gramática de la tradición, que en esto es unánime. La Iglesia siempre rezó por el Papa; no agradeció a Dios su existencia como quien agradece la cosecha. El canon romano lo nombra en el Te igituruna cum famulo tuo Papa nostro—, entre los vivos por quienes se ofrece el sacrificio, y no en el prefacio, que es el territorio del gratias agere. La distinción no es de rúbrica sino de teología: se agradece lo consumado —la creación, la redención, los santos, que son expedientes cerrados con los milagros cosidos al anexo— y se pide por lo pendiente, categoría a la que pertenece todo hombre vivo, incluido el que viste de blanco. Un pontificado de quince meses es, en rigor litúrgico, un pagaré. Los obispos peruanos lo han asentado como cobrado.

Y aquí viene el dato que se comprueba en un minuto: haga el recuento quien quiera. La oración pide que la visita sea «un tiempo de gracia»; pide «renovación y comunión para nuestra Iglesia y nuestra nación»; pide que los santos «acompañen esta visita apostólica»; pide que «el Perú entero se renueve». Por el Papa no pide nada. Ni luz, ni fortaleza, ni salud, ni protección, ni perseverancia final, que también los papas la necesitan. Es una plegaria íntegramente ocupada por el Papa que no reza por el Papa: no lo trata como a un hombre que necesita a Dios, que es como la Iglesia trató siempre a sus pontífices, sino como a una gracia que se dispensa sola. La vieja oración pro Papa suplicaba al Señor que lo mirase propitius, con benevolencia, porque daba por hecho que aquel hombre estaba en peligro. Ésta da por hecho que el peligro no existe; sólo el regalo.

Sigamos con la sintaxis, que también confiesa. Cristo aparece dos veces en el texto, y las dos en posición subalterna: es «la alegría de Cristo Resucitado» que el Papa viene a recordarnos, y es «el Evangelio de tu Hijo» que alguien anunció. Complemento del nombre en ambos casos. Los verbos rectores del arranque, en cambio, son del Papa —viene, confirma, recuerda—, y hasta el anhelo que después se acoge es suyo. Al Redentor le han dejado los genitivos. Uno sostiene hace tiempo que la eclesiología de un documento se mide mejor en su sintaxis que en sus declaraciones de intenciones; esta oración lo demuestra por vía experimental.

Hay una frase que merece párrafo propio: «Nuestro Perú, campo donde anunció el Evangelio de tu Hijo». ¿Quién anunció? El sujeto está elidido, y la gramática castellana, que no entiende de diplomacia, va a buscarlo al antecedente disponible más próximo, que es el Papa León XIV del párrafo anterior. De modo que el Perú —cuatro siglos largos de cristiandad andina, Rosa de Lima, Martín de Porres, Juan Macías— queda definido ante Dios por su papel en el currículum del actual Pontífice: el campo donde él predicó. Habrá quien alegue sujeto impersonal, un «donde se anunció» con la pasiva caída por descuido. Puede ser. Pero las oraciones se rezan como están escritas, y escrita está así, precisamente el año en que se cumplen tres siglos de la canonización de Toribio de Mogrovejo, que ya había anunciado aquel Evangelio por los mismos campos con notable antelación.

A los santos, por cierto, no se les ha olvidado: comparecen al final con oficio de edecanes. Que Santa María, Toribio y «nuestros santos peruanos» —así, en genérico, como quien dice el personal de sala— «acompañen esta visita apostólica». El santoral como comité de recepción.

Queda lo mejor, que son las comillas. «Acogemos su anhelo de una paz «desarmada y desarmante»». Comillas dentro de una plegaria: se le reza a Dios citándole al Papa, con escrúpulo de doctorando, no vaya a ser que el Padre de las misericordias no tenga localizada la fuente (primer saludo desde la logia, 8 de mayo de 2025; después, título del mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026: el eslogan tiene ya su pequeña tradición manuscrita). Y repárese en el objeto del verbo: lo que el pueblo «acoge» no es la Palabra, ni la gracia, ni un sacramento, que es lo que se acogía antes; es un anhelo. El anhelo de otro, además, debidamente entrecomillado. La plegaria con aparato crítico ya existía entre los usos humanos: se llamaba nota de prensa.

El resto del léxico completa la ficha: «el Dios de la Vida», «caminar juntos», «pueblo de Dios redimido». El idiolecto entero, con el sintagma sinodal en posición de himno. Y aquí uno, malpensado por deformación profesional, saborea la ironía mayor del documento: la corriente eclesial que lleva un decenio predicando contra el clericalismo, contra el culto al jefe, por la pirámide invertida y la Iglesia toda ministerial, produce, en cuanto se descuida, una oración nacional cuyo centro de gravedad exacto es un señor vestido de blanco y cuyo único contenido programático verificable es la agenda de ese señor. La pirámide invertida, sí; pero con trono en el vértice.

Busque quien quiera en el texto las palabras pecado, conversión, cruz. No las hallará: el sitio lo ocupaba el itinerario. Las tinieblas comparecen un instante, ya en fuga, y el fuego del Espíritu, que en Pentecostés fundaba la Iglesia, recibe aquí un encargo de logística: hacer «de su visita un tiempo de gracia». La gracia con fechas cerradas, del 11 al 17 de noviembre, como los vuelos.

Añádase un matiz biográfico que la propia Conferencia subraya estos días: León XIV fue vicepresidente de ese mismo episcopado. El organismo agradece a Dios por su antiguo directivo, género de piedad que también cultivan las empresas con sus fundadores, aunque suelen encargárselo al departamento de comunicación y no al de liturgia.

Nada de esto es inédito, se me dirá, y es verdad a medias. El XIX ultramontano le fabricó a Pío IX sonetos que hoy sonrojan a sus propios devotos; pero aquello lo firmaban poetas de corte y se quedaba en las antologías. Hasta las laudes carolingias, puro ceremonial de palacio, le gritaban al Papa vita!: le deseaban vida, es decir, pedían, porque incluso la adulación de entonces conservaba la gramática de la súplica. Lo de ahora lo firma una conferencia episcopal, se estrenó en una misa solemne de apertura y se propone como oración oficial de una nación entera. El género ha ascendido del álbum de cortesías al devocionario.

Uno, que es más de pedir que de expedir recibos, rezará estos meses por León XIV como se rezó siempre por los papas, con el versículo del salmo que la Iglesia repitió durante siglos precisamente porque sabía que un Papa vivo es un hombre en peligro: Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius. Que el Señor lo guarde, le dé vida, lo haga dichoso en la tierra y no lo entregue al alma de sus enemigos. De los aduladores el salmo no dice nada. Cuando se compuso, todavía no hacía falta.

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