León XIV recuerda en el Ángelus que la fe se fortalece en la debilidad: «Jesús no nos abandona»

León XIV recuerda en el Ángelus que la fe se fortalece en la debilidad: «Jesús no nos abandona»

El papa León XIV ha advertido este domingo contra la tentación de confiar en uno mismo ante el éxito y caer en la desesperación frente a las dificultades. Durante el Ángelus del XIX Domingo del Tiempo Ordinario, el Pontífice reflexionó sobre el pasaje evangélico en el que Cristo camina sobre las aguas y recordó que los discípulos tuvieron que experimentar su propia debilidad para reconocer verdaderamente la presencia de Dios. «Jesús no nos abandona», afirmó, señalando que mediante «la oración, los Sacramentos y la escucha de su Palabra» el cristiano encuentra en Cristo «paz, luz y fuerza» para su camino.

Tras el rezo mariano, León XIV renovó sus llamamientos por la paz ante las guerras en Sudán y Ucrania. El Papa pidió corredores humanitarios para la población civil sudanesa y un alto el fuego inmediato, mientras que, ante las nuevas víctimas civiles en Ucrania y Rusia —entre ellas niños—, reclamó a ambas partes el respeto del derecho humanitario y el cese de los ataques contra objetivos civiles: «La guerra no hace más que generar otra guerra». El Pontífice concluyó pidiendo detener «la espiral de violencia» y dar espacio a la diplomacia y al diálogo, antes de dirigirse especialmente a los jóvenes e invitarlos a conocer y seguir el ejemplo de santos como santo Domingo, santa Teresa Benedicta de la Cruz, san Lorenzo y santa Clara de Asís.

Palabras del Papa en el rezo del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús que, en el lago de Galilea, alcanza a los discípulos en medio de una tormenta, caminando sobre las aguas (cf. Mt 14,22-33).

Después del milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a los suyos a subir a la barca y hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte, solo, para orar. Sin embargo, lejos de la orilla, se encuentran a merced del viento y tienen dificultades para avanzar. Después de una experiencia de éxito, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran impotentes y asustados ante la amenaza de las olas y del viento contrario.

Al final de la noche, Jesús va a su encuentro sobre las aguas agitadas y, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso consigue dar algunos pasos sobre las olas hacia Él; después se asusta, se hunde y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su propia debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Solo así pudieron abrir verdaderamente los ojos y el corazón a su cercanía, recuperando la paz incluso en medio de la tormenta.

Un día, tiempo después, Jesús les dirá: «Si tenéis fe y no dudáis […], si decís a este monte: “Quítate de ahí y arrójate al mar”, así sucederá» (Mt 21,21). Y esto es precisamente lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en el monte orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro, por tanto, nos enseña algo importante: ante todo, a no ensalzarnos ante el éxito y a no presumir nunca de nosotros mismos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que retrocedemos en vez de avanzar. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos humildemente en la barca de nuestra vida —con la oración, con los Sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que María nos ayude a vivir así, con confiado abandono en Dios, Ella que fue proclamada bienaventurada por su fe (cf. Lc 1,45).

Después del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todo el pueblo de la nación, renuevo mi llamamiento a las autoridades para que se garanticen corredores humanitarios para la población civil. Al mismo tiempo, exhorto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos encaminados a lograr un alto el fuego inmediato. Recemos para que el Señor sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la tan esperada paz.

Siguen llegando noticias dolorosas de personas inocentes muertas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, provocando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Estoy cerca de las familias de las víctimas, de los heridos y de todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un sentido llamamiento para que se respete el derecho humanitario y cesen, por ambas partes, los ataques que afectan a objetivos civiles. La guerra no hace sino generar más guerra y provoca enormes sufrimientos. Es hora de detener la espiral de violencia y dar espacio a la diplomacia y al diálogo para abrir el camino hacia la paz.

Y ahora doy la bienvenida a todos vosotros, romanos y peregrinos de distintos países.

Saludo en particular a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la diócesis de Milán, que han recorrido la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que han realizado su campamento en las Colinas Romanas, y a los jóvenes de Pernumia, diócesis de Padua.

La presencia de tantos grupos juveniles que deciden dedicar algunos días de vacaciones a actividades formativas y de amistad es un signo de esperanza; como también lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, a quienes tuve la alegría de encontrar el pasado jueves en Asís.

A todos vosotros, chicos y chicas que me escucháis, deseo recordaros que en estos días el calendario litúrgico nos propone algunas estupendas figuras de santos y santas, a quienes os invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, que dejó una vida acomodada para seguir a Jesús pobre y humilde, siguiendo el modelo de su conciudadano san Francisco. Queridos jóvenes, ¡dejaos entusiasmar por estos ejemplares testigos del Evangelio!

¡Gracias a todos por vuestra presencia y feliz domingo!

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