Por qué no soy conservador

Por qué no soy conservador

Abra usted la despensa. Todo lo que encuentre ahí dentro —el atún en escabeche, el melocotón en almíbar, los garbanzos flotando en su líquido de naturaleza incierta— comparte una misma condición: es perecedero. Solo se conserva lo que se pudre. Conservar es, por definición, una operación de retaguardia: una manera de perder más despacio la batalla contra la corrupción.

Ahora piense en el teorema de Pitágoras. A nadie se le ha ocurrido jamás hablar de «conservarlo». Nadie lo encierra en frascos, nadie lo protege de la humedad, nadie teme que una mala cosecha nos deje sin él. El cuadrado de la hipotenusa seguirá siendo igual a la suma de los cuadrados de los catetos aunque ardan todas las bibliotecas y se olviden todas las lenguas de la tierra.

Y, sin embargo, hay quienes llevan dos siglos llamándose conservadores respecto de las verdades más altas: las verdades sobre Dios, sobre el hombre, sobre el bien y el mal, sobre la familia y la justicia. Verdades que están —si se me permite el recurso literario— bastante por encima de las matemáticas. Tratan la verdad eterna como si fuera fruta de temporada.

El problema, aunque lo parezca, no es una querella de palabras.

El yo en el centro del frasco

Fíjese en la gramática. Quien conserva es el sujeto; lo conservado es solo el complemento: la realidad pasiva sobre la que se actúa. El conservador se coloca así, quizá sin advertirlo, en el centro de la escena. Él decide, él protege, él preserva. Y la verdad queda reducida a un melocotón en almíbar: inerte, dependiente, casi agradecida de que alguien haya tenido a bien envasarla.

Pero esto invierte el orden del universo. La verdad no depende de mí: yo dependo de ella. No soy yo quien la sostiene: es ella quien me sostiene. No soy yo quien la guarda: es ella la que me guarda a mí.

El error del conservadurismo no está necesariamente en sus contenidos, que a menudo son estimables. Está en su sintaxis: ha puesto al hombre de sujeto en una oración donde solo puede ser complemento.

No es casualidad que la palabra sea moderna. El conservador nace como reacción a la Revolución francesa, y toda reacción queda definida por aquello contra lo que reacciona: acepta el tablero del adversario y se resigna a jugar en él, siempre con negras, siempre a la defensiva.

El conservador es, en el fondo, un hijo tardío de la modernidad, porque comparte su premisa central: que el hombre es la medida, el agente, el protagonista de la historia. El revolucionario quiere transformar el mundo; el conservador, conservarlo. Pero ambos se creen dueños de decidir qué hacer con él. Discuten acaloradamente sobre cómo administrar la finca sin reparar en un detalle: la finca no es suya.

Observar y transmitir

La actitud correcta ante las verdades permanentes la enseñan las matemáticas. Nadie las conserva y, sin embargo, ninguna herencia humana ha llegado hasta nosotros tan intacta. Han atravesado imperios, incendios, invasiones y siglos oscuros sin necesidad de frasco alguno, porque cada generación ha hecho con ellas las dos únicas cosas que cabe hacer con una verdad: observarla y transmitirla.

El matemático observa: contempla una exactitud que no ha creado y que existía antes que él. Y después transmite: entrega a la generación siguiente lo que recibió, con la naturalidad de quien pasa algo que nunca fue de su propiedad.

En ese movimiento de contemplación y entrega, las matemáticas crecen. Cada época añade teoremas que la anterior ignoraba. Pero repare en el verbo que emplean los propios matemáticos: los teoremas se descubren, no se inventan. Estaban ya ahí, esperando unos ojos capaces de verlos. Ni siquiera cuando el hombre aporta algo nuevo se convierte en propietario: sigue siendo explorador de un continente que no fundó.

Ese es el retrato de una tradición viva: no un depósito congelado, sino un saber que se ensancha sin traicionarse. El peligro no amenaza jamás a la verdad. Dos más dos no dejarán de sumar cuatro. Somos nosotros, pobres infelices, los que podemos dejar de saberlo.

Imagine una humanidad matemáticamente amnésica: cada generación obligada a reinventar el cero, a reconstruir desde la nada la geometría, a redescubrir a tientas la teoría de los números, despreciando por principio todo lo acumulado en cinco mil años. Ningún niño pasaría de contar con los dedos. Ningún puente aguantaría en pie. Sería una civilización de Sísifos, condenada a gastar todas sus fuerzas en volver a empezar cada mañana.

Pues eso, exactamente eso, es lo que la mentalidad moderna exige en el terreno de las verdades sobre el hombre y sobre Dios: que cada época funde de nuevo la moral, reinvente el matrimonio, redefina la persona y renegocie con Dios las condiciones de la existencia, como si veinte siglos de inteligencia, experiencia y santidad no hubieran esclarecido nada digno de ser recibido. Lo que en matemáticas llamaríamos barbarie, en las cuestiones esenciales lo llamamos modernismo.

José Antonio, en su artículo La Gaita y la Lira, lo dijo con una gran precisión: hay que anclar los ideales «donde cantan los números su canción exacta», en la altura de ese dos más dos que suma cuatro desde el origen de la creación, aunque se hayan marchitado miles de primaveras.Esa es la posición del hombre ante las verdades esenciales: subordinada, adherida, recibida. No somos sus propietarios. Somos sus testigos y sus heraldos.

El conservador tiende a la melancolía, porque vive pendiente de la fecha de caducidad. Tiende a la derrota administrada, porque quien juega siempre a la defensiva solo puede aspirar a perder más despacio. Tiende al museo, porque conservar acaba pareciéndose demasiado a embalsamar. Y tiende, sobre todo, a negociar sin descanso el contenido del frasco: cuánto almíbar hay que añadir para que el melocotón resulte tolerable al paladar de la época.

Quien observa y transmite, en cambio, no vive acorralado. Sabe que la verdad no corre peligro. El peligro es solo nuestro: quedarnos sin ojos para contemplarla y sin hijos capaces de recibirla.

No soy conservador. Y no lo soy por las razones que suelen esgrimirse contra esa palabra, sino por otra anterior y más humilde: porque no tengo nada que conservar. Las verdades que importan no son mías, no dependen de mí y no caducan conmigo. Mi puesto ante ellas es el del mensajero: aprenderlas con asombro y entregarlas, todavía encendidas, a los que vienen detrás.

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