Día 9. Subamos al monte Carmelo con María

Día 9. Subamos al monte Carmelo con María

María, Reina del Carmelo, puerta de la eterna unión con la Santísima Trinidad

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición.

(Dichos de luz y amor 60)

Santísima Virgen del Carmen, Reina y Hermosura del Monte santo, gloria de la Iglesia, alegría de los hijos del Carmelo, Hija amadísima del Padre, Madre del Verbo eterno y Esposa fidelísima del Espíritu Santo: al concluir esta novena me postro una vez más ante Vos, no para poner fin a este camino, sino para comenzarlo de verdad. Porque subir el Monte no consiste en alcanzar una altura, sino en dejar que Dios descienda hasta el centro del alma para transformarla enteramente en su Amor.

Gracias, Madre, porque me habéis conducido paso a paso por los senderos que recorrió vuestro hijo Juan de la Cruz; porque me habéis enseñado que el desasimiento no empobrece, sino que ensancha el corazón; que la noche no destruye la luz, sino que la purifica; que el silencio no es ausencia, sino morada del Verbo; que la cruz no es derrota, sino el trono desde el cual Jesucristo atrae todas las cosas hacia Sí; que la llama del Espíritu Santo no consume la vida, sino todo aquello que impide vivir plenamente para el Padre.

Toda la doctrina del Doctor del Carmelo puede resumirse en dejarse amar por Dios hasta responderle con un amor sin reservas. Ése fue vuestro camino en Nazaret, en Belén, en Caná, en el Calvario y en el Cenáculo. Ése fue también el camino del santico de Fontiveros, que aprendió a perderlo todo para encontrar al Todo, a hacerse pequeño para ser engrandecido por la gracia y a desaparecer para que sólo resplandeciera el Amado. Conducidme también a mí por esa senda estrecha, donde el alma ya no busca otra cosa que agradar a Dios, donde la voluntad descansa únicamente en su querer y donde el corazón puede decir con verdad que sólo vive para Cristo.

No permitáis que, terminada esta novena, vuelva a instalarme en la mediocridad espiritual. Si alguna vez el mundo vuelve a seducirme con sus promesas pasajeras, mostradme nuevamente la hermosura del rostro de vuestro Hijo. Si mis fuerzas flaquean, sostenedme con vuestra ternura maternal. Si la fe entra en la noche, hacedme recordar que Vos seguisteis creyendo al pie de la Cruz. Si el amor se enfría, acercad mi alma a aquella llama viva que el Espíritu Santo mantiene encendida en el Corazón de Jesucristo y que nunca deja de arder para quienes desean pertenecerle por entero.

Madre del Carmelo, haced que toda mi existencia se convierta en una peregrinación interior hacia la Santísima Trinidad. Que cada confesión sea un avanzar en la conversión; cada Santa Misa, un paso más hacia la cumbre; cada comunión, una visita del Esposo al huerto del alma; cada hora de adoración, una anticipación de la contemplación eterna; cada acto de caridad, un reflejo del amor con que el Padre ama al Hijo en el Espíritu Santo; cada cruz, una participación en la Pascua de Cristo; cada jornada escondida, una piedra más en ese templo vivo que Dios quiere edificar dentro de mí.

Y cuando llegue el último crepúsculo de mi vida, cuando el Amado salga definitivamente a mi encuentro y se rompa el tenue velo de la fe, venid Vos misma, Señora del Escapulario, Virgen de la capa blanca, a buscar a este hijo vuestro. Asid mi mano, como tantas veces la tomasteis durante la subida del Monte; presentadme a Jesucristo, para que me lave en la Sangre de su sacrificio; entregadme al Espíritu Santo, para que consume en mí la última purificación del amor; y conducidme al Padre, fuente y término de toda vida, para que, introducido en la interior bodega donde cesan las noches, callan las lágrimas y comienza la música eterna del cielo, pueda unirme al cántico incesante de los santos del Carmelo y contemplar para siempre el rostro glorioso de la Santísima Trinidad.

Entonces comprenderé que todo cuanto viví, sufrí, esperé y amé en este mundo no era sino el aprendizaje de una sola lección: que Dios es infinitamente más hermoso que todos sus dones; que sólo Él basta; que sólo Él permanece; y que, como enseñó el santo Doctor de vuestra Sagrada Orden, al caer la tarde de la vida nada tendrá verdadero peso sino el amor con que hayamos respondido al Amor.

Nuestra Señora del Carmen, Reina del Monte santo, llevadme hasta Jesucristo; por Jesucristo, al Padre; y, abrasado por el Espíritu Santo, haced que viva ya en la tierra como ciudadano del cielo, hasta quedar para siempre transformado en el Amado.

Amén.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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