Día 8. Subamos al monte Carmelo con María

Día 8. Subamos al monte Carmelo con María

María, Madre de la unión transformante

Mi alma se ha empleado, 

y todo mi caudal en su servicio,  

ya no guardo ganado 

ni tengo ya otro oficio, 

que ya sólo en amar es mi ejercicio 

(Cántico espiritual, 28).

Santísima Virgen del Carmen, Madre del Amor hermoso, criatura toda transparentada por la luz del Padre, enteramente configurada con vuestro Hijo Jesucristo y plenamente poseída por el Espíritu Santo; Virgen purísima, en quien la gracia no encontró resistencia alguna; espejo limpísimo donde la Santísima Trinidad contempló el resplandor de su propia hermosura; atraed mi alma hacia esa plenitud del amor a la que llamasteis a vuestro hijo Juan de la Cruz y a todos los hijos del Carmelo, para que no me contente nunca con servir a Dios desde lejos, sino que anhele vivir escondido en Él y dejar que Él viva plenamente en mí.

El alma ha sido creada para el Amor y nada puede saciarla fuera del Amor infinito. Todos los bienes de la tierra terminan siendo pequeños cuando el corazón ha entrevisto la belleza del Amado; todas las criaturas resultan insuficientes cuando el Padre despierta en nosotros el deseo de su Hijo; todas las alegrías humanas quedan como un pálido reflejo cuando el Espíritu Santo deja sentir, siquiera por un instante, el suave toque de su llama viva. Haced que nunca rebaje mi vocación buscando consuelos pasajeros, éxitos efímeros o seguridades que mañana desaparecerán. Que mi única riqueza sea Cristo; mi única ciencia, Cristo; mi única esperanza, Cristo; mi única gloria, Cristo, amado y contemplado para gloria del Padre.

Madre bendita, enseñadme a dejar obrar a Dios. Muchas veces quiero santificarme con mis propias fuerzas, medir el camino con mis criterios o acelerar la obra que sólo el Espíritu Santo sabe realizar. Vos, en cambio, os abandonasteis enteramente al querer divino. No adelantasteis la hora del Padre ni os resististeis a sus designios. Vivisteis en una disponibilidad absoluta, dejando que la gracia modelara vuestra alma con infinita delicadeza. Alcanzadme esa docilidad humilde, para que también yo permita al Divino Artista ir borrando poco a poco todo cuanto desfigura en mí el rostro de Jesucristo.

Conducidme a la interior bodega donde el Esposo comunica sus secretos. Que allí aprenda el santo olvido de mí mismo; que desaparezcan mis vanidades, mis temores, mis cálculos y mis apegos; que toda mi vida quede simplificada en un solo deseo: amar. Amar al Padre con el mismo amor filial de Cristo; amar a Jesucristo con el amor esponsal que canta el santo Doctor del Carmelo; amar al Espíritu Santo dejándome mover dócilmente por sus inspiraciones; amar a la Iglesia, amar a los hermanos, amar incluso a quienes no saben amar, porque el amor verdadero no nace del mérito de las criaturas, sino de la abundancia del Corazón de Dios.

Madre del Carmen, haced que comprenda que la unión transformante no consiste en experimentar cosas extraordinarias, sino en llegar a querer únicamente lo que Dios quiere; en mirar con los ojos de Cristo, servir con sus manos, perdonar con su Corazón, ofrecerse con su misma obediencia al Padre y dejar que el Espíritu Santo convierta toda la existencia en una silenciosa liturgia de alabanza. Entonces, aun en medio de las ocupaciones ordinarias, el alma permanecerá recogida; aun en la prueba conservará la paz; aun en la noche irradiará una luz que no es suya, sino de Aquel que vive en ella.

Y cuando el camino terreno llegue a su término y el velo de la fe caiga definitivamente, llevadme, Virgen Santísima del Carmen, hasta el abrazo eterno de la Santísima Trinidad. Que el Padre me reciba como hijo; que Jesucristo me presente como hermano y amigo; que el Espíritu Santo me introduzca en el océano infinito del Amor donde ya no habrá búsqueda porque todo será encuentro, ni deseo porque todo será posesión, ni noche porque el Cordero será la única luz. Allí comprenderé que toda la vida no fue sino un largo aprendizaje para dejarme transformar por la gracia, hasta que pudiera cumplirse plenamente en mí aquella confesión sencilla y sublime del santico de fray Juan: «Ya sólo en amar es mi ejercicio.»

Nuestra Señora del Carmen, haced que mi vida sea un continuo crecer en el amor, hasta quedar plenamente transformado en Cristo para gloria del Padre, por la acción del Espíritu Santo. Amén.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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