María, al pie de la Cruz, Madre de la noche más luminosa
Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas; para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes; para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees (Subida del Monte Carmelo, I, 13).
Santísima Virgen del Carmen, Madre dolorosa de la esperanza invencible; Virgen fiel que permanecisteis en pie cuando la tierra temblaba, el cielo se oscurecía y el mundo parecía perder a su Salvador; Vos, que contemplasteis con ojos de fe al Cordero inmolado mientras el Padre consumaba el misterio de nuestra redención y el Espíritu Santo preparaba, en el silencio de aquel sacrificio, el nacimiento de la Iglesia: permitidme permanecer con Vos junto a la Cruz de Jesucristo, porque nadie aprende el amor verdadero si no se deja enseñar en esa cátedra donde el Amor lo entrega todo y nada se reserva.
Allí, donde tantos sólo vieron derrota, Vos contemplasteis la victoria; donde tantos descubrieron el final, Vos reconocisteis el comienzo; donde el odio parecía alzar su último grito, Vos escuchabais ya el himno silencioso de la misericordia del Padre que reconciliaba consigo al mundo entero en la sangre de su Hijo. Enseñadme esa mirada limpia que sabe descubrir la luz escondida en la noche, la fecundidad escondida en el sacrificio y la gloria escondida en la humillación de Cristo.
Madre del Carmelo, cuántas veces huyo de las pequeñas cruces de cada día; cuánto me cuesta aceptar la contradicción, la enfermedad, la incomprensión, el fracaso, el olvido o la pobreza. Quisiera llegar a la resurrección sin atravesar el Calvario, alcanzar la llama sin dejar que el fuego me purifique, gustar los frutos del Espíritu Santo sin permitir que el Padre pode la viña de mi corazón. Vos, que recorristeis el camino de la fe desnuda, sostened mi debilidad para que nunca me aparte del Crucificado, porque sé que fuera de Él no hay vida, ni paz, ni verdadera alegría.
Haced que, al contemplar el Corazón abierto de vuestro Hijo, aprenda el lenguaje del amor que se entrega sin condiciones. Que mi corazón se abra también para perdonar, para servir, para bendecir, para ofrecerse silenciosamente, sin esperar recompensa. Que el Espíritu Santo vaya configurando mis sentimientos con los de Cristo, hasta que pueda amar con su misma paciencia, sufrir con su misma mansedumbre y vivir únicamente para la gloria del Padre. Entonces comprenderé que la Cruz no es el final del camino, sino la puerta estrecha que conduce a la vida, el árbol cargado del fruto inmortal, la escala por la que el cielo ha descendido a la tierra para elevar la tierra hasta el cielo.
Virgen Santísima, permaneced a mi lado cuando llegue la hora de mis propias noches. Si la fe vacila, sostenedla; si la esperanza se debilita, alimentadla; si la caridad se enfría, acercadla al fuego del Corazón de Jesucristo. Que nunca me aparte del Calvario, porque allí nació vuestra maternidad sobre todos nosotros; allí fui confiado a vuestro cuidado; allí aprende el carmelita que la contemplación brota del Amor crucificado y que la unión transformante no se alcanza huyendo del sacrificio, sino abrazándolo con el abandono filial con que el Hijo se entregó al Padre.
Y cuando llegue mi última hora, conducidme nuevamente al pie de la Cruz, para que expire pronunciando el santo Nombre de Jesús y abandonándome, como Él, en las manos del Padre. Que el Espíritu Santo, que descendió sobre Vos y permaneció inseparablemente unido a vuestra alma, sea también mi fortaleza en ese instante decisivo. Entonces la noche se abrirá definitivamente en aurora, la cruz florecerá en gloria, el amor alcanzará su plenitud y, llevado por vuestra mano maternal, entraré en la patria donde el Cordero inmolado vive para siempre, donde el Padre enjuga toda lágrima y donde el Espíritu Santo colma de su fuego bienaventurado a cuantos, de vuestra mano, llegaron a quedar plenamente transformados en el Amado.
Nuestra Señora del Carmen, Madre fiel junto a la Cruz, enseñadme a abrazar con Cristo toda noche y todo sacrificio, hasta entrar con Él en la gloria del Padre por la fuerza del Espíritu Santo. Amén.