León XIV ha alertado este domingo de que «vuelven a soplar los vientos de la guerra» en Oriente Medio, Ucrania y numerosas regiones del mundo, sembrando «violencia, terror y muerte» y golpeando de nuevo a la población inocente. Tras el rezo del Ángelus en la Plaza de la Libertad de Castel Gandolfo, el Pontífice exhortó a no permitir que «la pequeña llama de la esperanza y de la paz» se extinga y renovó su llamamiento a recorrer «con perseverancia el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia», que definió como «el único capaz de conducir a una paz justa y duradera».
En su reflexión previa a la oración mariana, el Santo Padre meditó sobre la parábola del sembrador, proclamada este domingo en la liturgia, y recordó que Dios nunca deja de sembrar su Palabra en el corazón del hombre porque conoce mejor que nadie su capacidad para acoger el bien y transformarse por la gracia.
Dios no deja de confiar en el hombre
Comentando el Evangelio de san Mateo, León XIV explicó que Jesucristo, «el Verbo hecho carne», es la semilla que el Padre continúa sembrando en el mundo para dar fruto.
Reconoció que esa semilla encuentra con frecuencia un terreno «duro e insensible», distraído o lleno de obstáculos, pero también corazones abiertos en los que «se desencadenan milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás».
«El Padre no deja de sembrar porque sabe que la fuerza de su amor es más fuerte que nuestra debilidad», afirmó.
Apoyándose en una homilía de san Juan Crisóstomo, el Papa recordó que lo que parecería un modo irracional de sembrar en un campo puede convertirse, en manos de Dios, en un acto lleno de esperanza cuando se trata del corazón humano.
«El Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón, mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, día tras día, si nos abandonamos a Él con fe», señaló.
Los frutos que necesita el mundo
El Pontífice subrayó que de esa acogida humilde de la Palabra brotan los frutos del Espíritu Santo: «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí».
«¡Cuánto necesita nuestro mundo estos frutos, ser llenado y transformado por ellos!», exclamó.
Con la mirada puesta en el tiempo estival, animó a los fieles a aprovechar las vacaciones no solo para el descanso y el sano entretenimiento, sino también para dedicar tiempo a la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, al silencio y a la oración.
«Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, preparados para anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez más capaces de cooperar en el crecimiento del Reino de Dios», afirmó.
Un nuevo llamamiento por la paz
Después del Ángelus, León XIV saludó a los habitantes de Castel Gandolfo, donde pasa unos días de descanso, y a los peregrinos llegados de distintos países.
A continuación volvió su mirada hacia los conflictos que siguen abiertos en distintas partes del mundo.
«Vuelven por desgracia a soplar los vientos de la guerra en Oriente Medio, en Ucrania y en numerosas otras partes del mundo, sembrando violencia, terror y muerte y golpeando, una vez más, a tantos inocentes», lamentó.
Ante esta situación, pidió no dejar que «la pequeña llama de la esperanza y de la paz, incluso cuando parece frágil y vacilante», se apague.
El Papa reiteró además su deseo de que la comunidad internacional persevere «en el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia», que calificó como «el único camino capaz de conducir a una paz justa y duradera, en la que los pueblos puedan vivir reconciliados, con seguridad recíproca y respeto por la dignidad de toda persona».
Recuerdo a los trabajadores del mar
Con motivo del Domingo del Mar, León XIV dirigió también un saludo a los marinos, pescadores y trabajadores portuarios de todo el mundo, agradeciendo un trabajo «paciente y silencioso» que sostiene el comercio y la vida de numerosos pueblos, pese a la distancia de sus familias y a los peligros derivados de los conflictos que afectan a las rutas marítimas.
Por último, aseguró su oración por los fieles polacos reunidos en la tradicional peregrinación al santuario de Jasna Góra, para que sean «discípulos misioneros» y testigos alegres del Evangelio.
Dejamos a continuación las palabras de León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo.
Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la parábola del sembrador (cf. Mt 13,1-23), que describe la generosidad y la confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en nosotros.
Jesús mismo, el Verbo hecho hombre, que dio la vida por nuestra salvación, es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo para que, muriendo, dé mucho fruto (cf. Jn 12,24). Es verdad que, a veces, encuentra en nosotros un terreno duro e insensible; otras veces, un terreno distraído, semejante al suelo pisoteado de los caminos, al terreno pedregoso o a los matorrales de espinos. Pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás, como ciertamente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Por eso el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Co 12,9-10).
San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la «semilla» de la Palabra de Dios, afirma: «¿En qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? —Tratándose de semillas que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza». (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «la roca se transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra fecunda, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas» (ibíd.).
La generosidad de Dios para con nosotros no es ingenua, sino sabia, y sabe descubrir en nosotros la posibilidad de un bien del que, a veces, ni siquiera nosotros mismos somos conscientes. Por eso el Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.
Así, de la gratuidad y la confianza con las que se esparce la semilla, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como enseña san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gal 5,22). ¡Cuánto necesita nuestro mundo de estos frutos, de ser colmado y transformado por ellos!
Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión, también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez con más capacidad de colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.
Que María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización, nos ayude a todo esto.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Saludo a los habitantes de esta hermosa localidad, Castel Gandolfo, donde estoy pasando algunos días de descanso, y a todos ustedes los recibo con alegría, peregrinos procedentes de todas las partes del mundo.
Por desgracia, vuelven a soplar los vientos de la guerra en Oriente Medio, en Ucrania y en muchas otras partes del mundo, sembrando violencia, terror y muerte y afectando, una vez más, a tantos inocentes. No permitamos que estos vientos apaguen la pequeña llama de la esperanza y de la paz, incluso cuando parece frágil y vacilante.
Renuevo mi deseo de que se recorra con perseverancia el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia, única vía capaz de conducir a una paz justa y duradera, en la que los pueblos puedan vivir reconciliados, con seguridad recíproca y en el respeto de la dignidad de toda persona.
Hoy se celebra el “Domingo del Mar”. Mi pensamiento se dirige a todos los marinos, pescadores y trabajadores portuarios del mundo, quienes, marcados por la distancia de sus seres queridos y, en ocasiones, por el temor ante los conflictos que atraviesan las rutas marítimas, sostienen con su trabajo paciente y silencioso el comercio y la vida de muchos pueblos.
Finalmente, me uno en la oración a los numerosos fieles polacos reunidos en la peregrinación anual ante el icono de Jasna Góra, para que, como «discípulos misioneros», sean testigos alegres del Evangelio. Feliz domingo para todos.