María, Estrella de la noche que conduce al Amado
¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
(Noche oscura, 5).
Santísima Virgen del Carmen, Estrella de la noche, claridad escondida que nunca deja de brillar cuando los ojos ya no alcanzan a distinguir el camino; Madre que permanecisteis firme cuando todo parecía derrumbarse al pie de la Cruz; Vos, que creísteis cuando los discípulos vacilaban, esperasteis cuando parecía perdida toda esperanza y amasteis cuando el odio parecía triunfar, tomad hoy mi mano y conducidme por esa noche bendita que vuestro hijo Juan de la Cruz aprendió a amar, porque comprendió que no es la noche la que aleja de Dios, sino la luz engañosa del amor propio; que no es la oscuridad la que pierde al alma, sino el querer caminar con otra guía que no sea la fe, esa llama secreta que el Espíritu Santo mantiene siempre viva en el corazón de quienes se abandonan enteramente al Padre.
No permitáis, Madre mía, que me asuste cuando llegue la hora de las purificaciones. Si el Amado parece esconder su rostro, haced que lo busque con mayor deseo; si calla, enseñadme a escuchar su silencio; si hiere mi corazón con la nostalgia de su presencia, haced que esa herida se convierta en ventana abierta hacia el cielo. Porque sé que el Padre poda los sarmientos que ama para que den más fruto; que el Verbo despoja al alma de cuanto no es Él para revestirla de su propia hermosura; y que el Espíritu Santo consume lentamente, como llama viva, todo cuanto impide que la criatura sea plenamente de Dios.
Vos conocéis el secreto de la noche, porque también vuestro corazón atravesó el misterio del Viernes Santo. Nadie como Vos experimentó el silencio del Padre mientras el Hijo entregaba su espíritu por la salvación del mundo. Nadie como Vos permaneció en pie cuando parecía haberse apagado toda luz. Enseñadme esa fortaleza serena que no nace de las propias fuerzas, sino de la absoluta confianza en la fidelidad divina. Que nunca mida el amor de Dios por lo que siento, sino por la Sangre derramada de Jesucristo; que no juzgue su presencia por mis consuelos, sino por la promesa de que permanecerá con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Madre del Carmelo, haced que no desperdicie ninguna noche. Que las pequeñas oscuridades de cada jornada —el cansancio, la enfermedad, la contradicción, la incomprensión, el fracaso oculto, la oración árida, la espera prolongada— sean para mí escalones del Monte santo y no piedras de tropiezo. Que aprenda a bendecir al Padre cuando no comprenda sus caminos, a abrazarme a Cristo cuando todo me invite a huir de la cruz y a dejarme conducir por el Espíritu Santo cuando ya no encuentre apoyo en mis propias luces. Entonces descubriré que la noche no era un castigo, sino una misericordia; no un abandono, sino una preparación; no un vacío, sino el taller secreto donde Dios iba transformando el alma en el Amado.
Y cuando, por vuestra mano maternal, llegue yo a la cumbre donde toda sombra desaparece, haced que comprenda finalmente por qué el santo Doctor del Carmelo llamaba a la noche en amores inflamada. Allí cesará la fe porque se abrirá la visión; cesará la esperanza porque llegará la posesión; sólo permanecerá el Amor, aquel Amor eterno con que el Padre engendra al Hijo y el Espíritu Santo procede como abrazo infinito de ambos. Introducidme entonces en esa música callada y esa soledad sonora donde el alma, olvidada ya de sí misma, descansará para siempre en la Santísima Trinidad, mientras contempla el rostro glorioso de Jesucristo y os bendice eternamente a Vos, Virgen del Carmen, que la condujisteis de estrella en estrella hasta el amanecer sin ocaso del Reino.
Nuestra Señora del Carmen, Estrella de la noche, conducidme por la fe hasta quedar transformado para siempre en el Amado. Amén.
Por: Mons. Alberto José González Chaves