Día 2. Subamos al monte Carmelo con María

Día 2. Subamos al monte Carmelo con María

María, Virgen del silencio donde el Padre pronuncia eternamente a su Verbo

Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma (Dichos de luz y amor, 100)

Santísima Virgen del Carmen, Virgen del gran silencio, más elocuente que todas las palabras de la tierra; aurora serena donde el Padre comenzó a revelarnos el misterio escondido desde los siglos; sagrario vivo en el que el Verbo tomó nuestra carne mortal por obra del Espíritu Santo; jardín cerrado, fuente sellada, huerto ameno donde el Amado encontró sus delicias entre los hijos de los hombres: acogedme hoy bajo vuestro manto y enseñadme a entrar con Vos en esa región interior donde todo calla porque sólo Dios basta, donde el corazón aprende a escuchar antes de hablar, a amar antes que comprender y a adorar antes que preguntar.

Vos guardabais todas las palabras de vuestro Hijo, meditándolas en vuestro corazón. No las reteníais como quien conserva un recuerdo, sino dejando que el Espíritu Santo las transformase en vida. Alcanzadme esa misma gracia, para que el Evangelio no resuene únicamente en mis labios, sino que descienda hasta lo más profundo de mi alma, allí donde el Padre continúa pronunciando eternamente a su Verbo y donde el Amor increado desea hacer de cada bautizado una morada de la Santísima Trinidad.

¡Cuánto ruido llevo todavía dentro de mí! ¡Cuántas silbos que no son el del Buen Pastor! ¡Cuántos deseos que dispersan el corazón y le impiden correr tras las huellas del Amado! Vos, Señora del Carmelo, conducidme a la soledad sonora donde fray Juan de la Cruz aprendió que el silencio no es ausencia, sino presencia; no esterilidad, sino fecundidad; no oscuridad vacía, sino noche llena de estrellas, porque en la tiniebla brilla la luz escondida de la fe. Enseñadme a amar esa noche bendita en la que Dios va apagando las luces engañosas de los sentidos para encender en el centro del alma la llama viva de su Espíritu.

No permitáis que busque los consuelos más que al Consolador; ni los dones más que al Dador; ni las dulzuras espirituales más que al Esposo que las concede. Si alguna vez el Amado parece esconder su rostro, haced que no deje de buscarlo; si calla, enseñadme a esperar; si hiere mi corazón con el dardo de su ausencia, haced que esa herida ensanche mi deseo de Él. Porque sé que el amor no se mide por lo que siente, sino por lo que permanece; no por la abundancia de luces, sino por la fidelidad con que el alma sigue caminando cuando todo parece cubierto por la noche.

Madre dulcísima, haced de mi corazón una pequeña celda del Carmelo, donde el recogimiento sea respiración, la oración descanso, la Palabra alimento y la adoración la ocupación más dulce de cada jornada. Que aprenda yo a vivir escondido con Cristo en Dios; que el mundo disminuya para que crezca en mí el Reino; que mis obras hablen menos de mí y más de Jesucristo; que mi pobreza deje espacio a la riqueza del Padre; que mi debilidad se convierta en lugar donde el Espíritu Santo manifieste la fuerza de su gracia.

Y cuando llegue aquella hora en que mi alma deba atravesar la noche definitiva para entrar en la claridad que no conoce ocaso, permaneced a mi lado como permanecisteis junto a la Cruz de vuestro Hijo. Entonces, cuando se apaguen todas las voces de la tierra, haced que escuche la única Palabra que no pasa; cuando desaparezcan todas las sombras, conducidme a la Fuente viva que mana eternamente en el corazón de Dios; cuando concluya el destierro, introducidme en la interior bodega del Reino, para que, transformado en el Amado por la acción del Espíritu Santo, pueda contemplar sin velos el rostro de Jesucristo y, con Él y en Él, alabar para siempre al Padre, que será todo en todos.

Nuestra Señora del Carmen, enseñadme el santo silencio en el que el Padre pronuncia eternamente a su Verbo y el Espíritu Santo transforma el alma en Cristo. Amén.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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