Día 1. Subamos al monte Carmelo con María 

Novena a Nª Sª del Carmen con San Juan de la Cruz en su Año Jubilar

Día 1. Subamos al monte Carmelo con María 

María, Monte santo donde el Verbo se hizo carne

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a poseerlo todo, 
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo, 
no quieras ser algo en nada.
Para venir a saberlo todo, 
no quieres saber algo en nada.
Para venir a lo que no gustas, 
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a lo que no posees, 
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres, 
has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo, 
dejas de arrojarte al todo.
Porque para venir del todo al todo 
has de negarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener, 
has de tenerlo sin nada querer.
Porque, si quieres tener algo en todo, 
no tienes puro en Dios tu tesoro.

(Subida del Monte Carmelo I, 13, 11-12)

Santísima Virgen del Carmen, Monte santo levantado por el Padre desde toda la eternidad para que sobre vuestra cumbre descendiera la nube luminosa del Espíritu Santo y en vuestro seno virginal tomara carne el Verbo eterno; Hija predilecta del Padre, Madre del Hijo unigénito, Esposa fidelísima del Amor increado: postrado a vuestros pies comienzo esta subida, porque sé que nadie alcanza la cumbre si antes no se deja conducir por vuestra mano maternal. Vos sois el camino más seguro hacia Jesucristo, y Jesucristo es el único camino que conduce al Padre en el abrazo inefable del Espíritu Santo.

Enseñadme a subir el Monte Carmelo con el corazón ligero, dejando en cada recodo del sendero cuanto pesa y esclaviza. Que vaya quedando atrás el amor propio, el deseo de ser estimado, la vana curiosidad, el afán de poseer, el ruido de las criaturas y el apego a todo aquello que no sois Vos ni vuestro Hijo. Hacedme comprender que el alma sólo comienza a elevarse cuando aprende a descender; que únicamente posee quien nada reclama; que no es rico quien tiene a Dios; que sólo canta la verdadera libertad quien se ha vaciado de sí mismo para dejar espacio al Amado.

Madre dulcísima, Vos conocéis el secreto del Monte, porque en Vos floreció la zarza que ardía sin consumirse. En vuestro silencio habló el Padre; en vuestra humildad encontró descanso el Verbo; en vuestra pureza reposó el Espíritu Santo como llama serena que fecunda sin destruir y transforma sin violentar. Haced que también mi alma llegue a ser una pequeña celda interior donde la Santísima Trinidad halle sus delicias y establezca su morada.

Si el camino se vuelve áspero, no permitáis que vuelva los ojos hacia el valle. Si la subida se hace empinada, recordadme que toda cumbre exige desasimiento. Cuando llegue la noche, enseñadme a caminar sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía, porque esa luz escondida es Cristo mismo, Sol que jamás conoce ocaso, aunque muchas veces permanezca velado a los sentidos para purificar la fe y ensanchar el amor.

Vos enseñasteis a vuestro hijo Juan de la Cruz que el Monte no se conquista con la fuerza, sino con la pobreza de espíritu; no con la abundancia de consuelos, sino con la fidelidad desnuda; no buscando los gustos de Dios, sino a Dios solo; no deteniéndose en los dones, sino corriendo siempre hacia el Dador. Alcanzadme la santa libertad interior que hace al alma tan ligera que el Espíritu Santo pueda elevarla como el viento levanta la llama hacia el cielo.

Llevadme hasta la fuente que mana y corre, aunque es de noche; haced que descubra en Cristo el agua viva que apaga toda sed y, al mismo tiempo, despierta un deseo cada vez mayor del Amor infinito. Introducidme en la interior bodega donde el Amado comunica sus secretos; hacedme gustar la música callada y la soledad sonora donde cesan las voces de la tierra porque comienza a hablar Dios en el silencio. Que mi corazón aprenda a reconocer el paso del Esposo aun cuando parezca esconderse entre las sombras, pues también entonces su ausencia es presencia y su silencio es palabra de vida.

Y cuando, al fin de mi peregrinación, llegue la hora de subir el último tramo del Monte, venid a mi encuentro revestida con la hermosura del Carmelo. Cubridme con vuestro santo escapulario, tomad mi mano como Madre y conducidme hasta vuestro Hijo glorioso, para que, transformado ya en el Amado por la acción purificadora del Espíritu Santo, pueda yo descansar eternamente en el seno del Padre, donde toda subida encuentra su descanso, toda noche se convierte en aurora y todo amor alcanza su plenitud en la bienaventurada contemplación de la Santísima Trinidad.

Nuestra Señora del Carmen, llevadme por la senda estrecha del Monte hasta transformarme para siempre en Cristo, gloria del Padre y fuego del Espíritu Santo.

Amén.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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