La verdadera pandemia que combaten nuestros hijos son las pantallas

Por: José Rodríguez - Editor de Bibliotheca Homo Legens

La verdadera pandemia que combaten nuestros hijos son las pantallas

Hay una estadística que ningún padre quiere oír y que conviene decir sin rodeos: el niño que no ve leer a sus padres difícilmente leerá. No hay aplicación, ni colegio, ni regalo de Reyes que sustituya esa imagen doméstica y repetida del padre o la madre con un libro en las manos. Lograr que un hijo lea no se consigue comprándole unos cuantos libros sueltos. Se consigue con un plan: un conjunto de gestos cotidianos, sostenidos en el tiempo, que conviertan el libro en algo tan natural y tan deseado como el balón.

Estamos en vísperas del verano, cuando muchas familias se preguntan qué hacer con los dos meses largos que tienen por delante. Las vacaciones son la mejor ocasión del año para reconquistar la lectura, precisamente porque son también la temporada en que las pantallas avanzan sin resistencia. Y conviene nombrar al enemigo con claridad: la verdadera pandemia contra la que combaten nuestros hijos son las pantallas. Todo lo demás —qué libro, a qué edad, en qué colección— viene después de haber ganado esa batalla previa.

Doce gestos que sí funcionan

Estos consejos no son recetas mágicas. Son hábitos. Cada familia debe analizarlos y hacerlos suyos en su vida diaria, pero el principio que los sostiene es siempre el mismo: el ejemplo manda más que el sermón.

  1. Dé ejemplo y hable de lo que lee. Los padres que transmiten su pasión por el fútbol con entusiasmo pueden transmitir la misma pasión por la lectura. Que los hijos les oigan comentar lo que están leyendo.
  2. Ponga sus libros en el centro de la casa. Que los libros de los niños ocupen las mejores estanterías del salón, al alcance de la mano, para tomarlos en cualquier momento.
  3. Haga del libro un regalo de primera. En cumpleaños, en premios por buenas notas, en Reyes. Y un detalle decisivo: los adultos también deben recibir libros, no tecnología. El niño aprende lo que ve valorar.
  4. Lea en voz alta, también cuando ya saben leer. No solo a los pequeños. Leer en voz alta enseña entonación y permite disfrutar de historias más difíciles de las que el niño abordaría solo.
  5. Lea lo que ellos leen, para comentarlo juntos. Es la técnica de Nancy Atwell, galardonada con el equivalente al Nobel en educación: compartir el libro convierte la lectura en conversación.
  6. Busque y rebusque colecciones que les enganchen. Si un libro de una serie le atrapa, leerá la serie entera. La colección crea hábito.
  7. Si le cuesta empezar, recurra al cómic. Yakari, Astérix, Tintín, los álbumes de Ibáñez… Son una puerta de entrada, no un atajo deshonesto.
  8. Permítales abandonar un libro que no les gusta. Obligar a terminar un libro aburrido es la forma más segura de matar al lector. Que abandonen y elijan otro: deben tener tiempo y libertad para leer.
  9. Prefiera los clásicos llenos de imaginación. Los hermanos Grimm en su versión original antes que las historias de niños transgresores o de «vida normal». Y huya de las adaptaciones: cuando en los créditos aparezca «Adaptado por…», no lo compre. La imaginación se cultiva con la obra entera.
  10. Gaste dinero en libros. De segunda mano si hace falta, pero buenas ediciones. Entran por los ojos; si son ilustradas, mejor. Seleccione el contenido con el mismo cuidado con que cuida la limpieza de los cubiertos.
  11. Llévelos a la librería —también de viejo— y deje que elijan. Elegir su propio libro crea en el niño una obligación grata hacia esa lectura.
  12. Antes de apagar la luz, la alternativa es leer o dormir. Nuestra experiencia en casa es clara: cuando la única opción es leer o dormir, prefieren leer.

Y por encima de todos, una advertencia que vale por las doce: desterre la costumbre de encender la televisión «a ver qué echan». Elija con cuidado lo que ven —nada de dibujos de imágenes rápidas, mejor las series clásicas y familiares—, reduzca las pantallas entre semana y recuerde que el ordenador es para trabajar. Las tabletas son el gran enemigo de la lectura.

¿Y si mi hijo no es lector?

Es la pregunta que más me hacen los padres, sobre todo cuando el hijo llega a la ESO sin haber terminado un libro en su vida. La respuesta no es resignarse ni imponer un clásico que lo alejará para siempre. La respuesta es elegir bien el primer libro: uno que enganche desde la primera página, con dilemas morales reales bajo una prosa rápida y directa.

Para ese lector reticente adolescente recomiendo empezar Entre los escondidos, primer volumen de la saga Los niños ocultos, de Margaret Peterson Haddix. Funciona con el chico que no termina ningún libro, y funciona porque no le toma por tonto.

Luke es un tercer hijo prohibido por la ley. Ha vivido escondido toda su vida. Cuando descubre a otra niña oculta como él, debe decidir si arriesgarlo todo por dejar de existir en secreto.

Más de cinco millones de copias vendidas y un lugar en la lista del New York Times avalan que el método funciona. Si le atraparon Los juegos del hambre o El juego de Ender, esta es su nueva obsesión. Más de un padre lo ha regalado a su hijo y ha terminado robándoselo a las dos noches para saber cómo sigue. Está en homolegens.com y en librerías (PVP 12,90 €).

Un itinerario de lecturas por edades

Lo que sigue no es un canon cerrado, sino una brújula. Una selección que va del folclore infantil a los grandes clásicos, pensada para acompañar al niño en cada etapa sin dejarlo nunca sin un buen libro a mano. Para valorar otros títulos que no aparecen aquí, una herramienta útil es la web delibris.org.

HASTA LOS 5 AÑOS — EL OÍDO ANTES QUE LA LETRA

  • El folclore de Carmen Bravo-Villasante: adivinanzas, trabalenguas, refranes y canciones tradicionales.
  • Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, ilustrados por Walter Crane, Arthur Rackham o Edmund Dulac.
  • Los cuentos de Andersen y de Perrault, y los cuentos de colores de Andrew Lang.
  • Cuentos de Beatrix Potter, y las ilustraciones de Elsa Beskow y Sibylle von Olfers.
  • Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak.
  • La Biblia contada a los niños, de Rosa Navarro Durán.

DE 6 A 8 AÑOS — LOS PRIMEROS GRANDES RELATOS

  • Fábulas de Esopo y de Iriarte; Pinocho, de Collodi.
  • El gigante egoísta y El príncipe feliz, de Oscar Wilde.
  • Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda y otros de Roald Dahl.
  • Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.
  • El viento en los sauces, de Kenneth Grahame.
  • Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie.
  • El Mago de Oz, de L. Frank Baum.
  • Marcelino, pan y vino, de José María Sánchez-Silva.

DE 9 A 12 AÑOS — LA EDAD DE LA AVENTURA

  • Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain.
  • La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.
  • El libro de la selva, de Rudyard Kipling.
  • La vuelta al mundo en 80 días y Dos años de vacaciones, de Julio Verne.
  • El Hobbit, de J. R. R. Tolkien.
  • Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis.
  • Mujercitas, de Louisa May Alcott.
  • Heidi, de Johanna Spyri.
  • El camino, de Miguel Delibes.
  • El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
  • Canción de Navidad, de Charles Dickens.
  • La historia interminable, de Michael Ende.
  • Harry Potter, de J. K. Rowling.
  • El fuego secreto, de Diego Blanco.

DE 13 A 16 AÑOS — LA ESO, LA EDAD DECISIVA

  • Entre los escondidos, de Margaret P. Haddix (el punto de partida ideal para el lector reticente).
  • La pimpinela escarlata, de la baronesa de Orczy.
  • La flecha negra, Secuestrado y Catriona, de R. L. Stevenson.
  • Las historias del Padre Brown y San Francisco de Asís, de G. K. Chesterton.
  • Las novelas de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle, y las de Agatha Christie.
  • Rebelión en la granja y 1984, de George Orwell.
  • Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.
  • El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien.
  • El juego de Ender, de Orson Scott Card.
  • El Señor del Mundo, de Mons. Robert Hugh Benson.
  • Los juegos del hambre, de Suzanne Collins (cuya cuestión moral merece comentarse con el adolescente).
  • Colmillo blanco, de Jack London.
  • Un seminarista en las SS, de Gereon Goldmann.
  • Una familia de bandidos en 1793, de María Sainte-Hèrmine.

DE 17 AÑOS EN ADELANTE — LOS GRANDES

  • La Ilíada y La Odisea, de Homero.
  • La Eneida, de Virgilio.
  • El Quijote, de Cervantes.
  • Historia de Roma e Historia de los griegos, de Indro Montanelli.
  • Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.
  • Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoievski.
  • Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.
  • Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
  • El señor de las moscas, de William Golding.
  • 1984, de George Orwell.
  • La luz apacible (sobre santo Tomás) y Corazón inquieto (sobre san Agustín), de Louis de Wohl.
  • Un adolescente en la retaguardia, de Plácido M.ª Gil.

Y, DE VEZ EN CUANDO, PURO ENTRETENIMIENTO

Entre los 9 y los 16 años no hace daño leer, de cuando en cuando, libros de menor calidad literaria: pequeños interludios de evasión que mantienen vivo el hábito sin riesgo. Las series de Enid Blyton (Los Cinco, Torres de Malory), Los Tres Investigadores, Sandokán y los corsarios de Emilio Salgari, o las aventuras de Tarzán y Arsenio Lupin cumplen perfectamente esa función.

La batalla que merece la pena

Formar un lector es una de las inversiones más rentables y más silenciosas que puede hacer una familia. No se ve el resultado en una tarde, sino en una vida entera: en un hijo capaz de pensar por sí mismo, de imaginar, de habitar mundos que ninguna pantalla le dará nunca. El verano que empieza es una ocasión inmejorable para empezar esa batalla. La pandemia es real, pero la cura cabe en una estantería.

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