Se ha difundido estos días en redes sociales un vídeo en el que aparece un grupo de jóvenes durante una misa. Uno de ellos posa sonriente ante la cámara mientras exhibe sobre la lengua una hostia consagrada y realiza un gesto obsceno con la mano. La escena fue grabada, publicada en TikTok como una supuesta broma y retirada posteriormente ante la oleada de críticas recibidas.
La indignación de muchos católicos ha sido inmediata. Y con razón. La Eucaristía constituye el centro de la vida cristiana. Para un católico no se trata de un símbolo, ni de una representación, ni de un recuerdo. Se trata de Cristo mismo presente bajo las especies sacramentales. Convertir ese momento en un objeto de burla pública constituye una profanación objetiva.
Sin embargo, una vez superada la lógica reacción inicial, conviene plantearse una pregunta más incómoda. Cómo hemos llegado hasta aquí.
Durante años se nos ha repetido que la Iglesia debía adaptarse al lenguaje de los jóvenes, acercarse a sus inquietudes, abandonar formulaciones consideradas demasiado exigentes y centrarse en aquello que une. Se nos ha dicho que lo importante era acompañar, escuchar, acoger y crear espacios seguros. Todo eso puede tener su valor. El problema aparece cuando la pedagogía termina sustituyendo al contenido.
Una generación entera ha pasado por colegios católicos, catequesis, grupos parroquiales y movimientos juveniles sin recibir muchas veces una formación doctrinal mínimamente sólida. Saben que Jesús habló del amor. Saben que la Iglesia realiza obras sociales. Saben que hay que respetar a los demás. Pero ignoran con frecuencia qué es la gracia, qué es el pecado, qué es la redención o qué significa realmente la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Los resultados empiezan a ser visibles. Jóvenes que se consideran católicos pero desconocen el Credo. Jóvenes que han recibido la Confirmación sin saber explicar los sacramentos. Jóvenes que asisten a misa sin comprender qué sucede sobre el altar. Y, en casos extremos, jóvenes capaces de convertir una comunión sacrílega en contenido para redes sociales porque nadie les ha enseñado seriamente qué tienen delante.
Resulta significativo que la reacción más contundente contra este episodio haya surgido precisamente de otros jóvenes católicos. Han sido ellos quienes han denunciado la profanación, quienes han expresado públicamente su dolor y quienes han recordado el significado de la Eucaristía. Es una prueba de que el problema no reside en la juventud como tal. Existe una nueva generación de católicos que conoce su fe, la estudia y la defiende.
Quizá ahí radique la cuestión fundamental. La Iglesia lleva décadas preguntándose cómo atraer a los jóvenes. Tal vez debería dedicar más tiempo a preguntarse qué les está enseñando cuando consigue atraerlos.
Porque una pastoral que produce asistentes pero no creyentes, participantes pero no discípulos, usuarios de parroquia pero no católicos formados, termina generando exactamente escenas como la que hoy lamentamos.
La fotografía que ha escandalizado a miles de fieles no muestra únicamente una irreverencia juvenil. Refleja algo más profundo. Refleja el fracaso de una transmisión de la fe que en demasiados lugares ha sustituido la enseñanza por la animación, la doctrina por la experiencia y la adoración por el entretenimiento.