McElroy presenta el informe del Grupo 9 como signo de esperanza y cuestiona el énfasis de la Iglesia en la moral sexual

McElroy presenta el informe del Grupo 9 como signo de esperanza y cuestiona el énfasis de la Iglesia en la moral sexual
Foto: Outreach

El cardenal Robert McElroy, arzobispo de Washington, intervino el pasado 20 de junio en la conferencia Outreach, iniciativa impulsada por el jesuita James Martin y dirigida a católicos que se identifican como LGBT.

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Durante su intervención ante cerca de 500 asistentes, McElroy abordó cuestiones relacionadas con la misericordia, la santidad, la moral sexual, el proceso sinodal y el desarrollo doctrinal. Presentó como motivos de esperanza para el futuro de la Iglesia tanto unas recientes declaraciones de León XIV sobre la unidad eclesial como las conclusiones del Grupo de Estudio 9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, hecho que defendió como legado de Francisco. Asimismo, cuestionó lo que considera un énfasis excesivo en los pecados sexuales dentro de la vida de la Iglesia y defendió una comprensión de la doctrina en estrecha relación con la experiencia concreta de los fieles.

Más allá de los resúmenes que puedan extraerse de esta intervención, el texto completo permite conocer de primera mano el pensamiento del cardenal McElroy sobre algunas de las cuestiones que actualmente ocupan el debate eclesial.

A continuación ofrecemos la traducción íntegra de la conferencia, publicada originalmente por Outreach:

El cardenal Walter Kasper, en su magnífico libro sobre la misericordia, afirma que el mayor atributo de Dios en su relación con la humanidad es la misericordia. Porque es precisamente en los momentos en que nos acercamos al Señor, resplandecientes en nuestra humildad y viéndonos como realmente somos, cuando comprendemos la magnificencia de la Gracia divina y el abrazo absolutamente inmerecido del amor puro que Dios nos concede en cada instante de nuestra existencia.

La misericordia es la primera palabra de Dios para nosotros. La misericordia es el gran don de Dios para nosotros. La misericordia es la cultura ambiental de la Iglesia, que contempla tanto la pecaminosidad de la persona humana como el esfuerzo por la redención y la santidad, que constituyen las semillas de la gracia plantadas en el suelo fértil de nuestros corazones y almas, capaces de guiarnos a través de nuestros fracasos, nuestros períodos de extravío y nuestros momentos de éxtasis y resiliencia en esta peregrinación terrena que estamos recorriendo.

En la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Romanos, Pablo reflexiona sobre esa abundante misericordia de Dios cuando habla del pecado en nuestras vidas y de la verdadera redención (5,12-15). Reconoce con franqueza que toda mujer y todo hombre están inmersos en el pecado, y que todos hemos contribuido a la ruptura del plan divino para la humanidad, una ruptura que atormenta a nuestro mundo y desgarra nuestras almas.

Pero en las hermosas palabras finales del pasaje, Pablo deja claro que el pecado de la humanidad queda empequeñecido por la gracia que Dios nos ha concedido en la redención: «El don no es como la transgresión. Porque si por la transgresión de uno murieron muchos, mucho más la gracia de Dios y el don gratuito concedido por un solo hombre, Jesucristo, se derramaron abundantemente sobre muchos».

El don no es como la transgresión. Es mucho más profundo, más amplio y más trascendente. Es precisamente a la luz de esta realidad como podemos comprender la misericordia de Dios en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia. Esto no significa que nuestros pecados sean algo periférico en nuestras vidas o en nuestro discipulado cristiano.

Por el contrario, la misericordia de Dios, precisamente por su inmensa bondad, nos llama a reconocer y afrontar nuestra condición pecadora y a reconocer cómo ésta empaña la belleza de nuestras almas y las bendiciones de nuestro mundo. La honestidad y la integridad son los fundamentos de la vida moral cristiana, y vivimos como cristianos convencidos de que estamos llamados a conformar nuestros corazones a las virtudes de Jesucristo: fe, integridad, compasión, sacrificio, espíritu de oración, esperanza, castidad, perdón y amor profundo. Este es el camino hacia la santidad para todos nosotros, y exige el rechazo del pecado en todas sus dimensiones.

Al reunirnos para esta conferencia en una Iglesia que con tanta frecuencia ha herido a la comunidad LGBT mediante el juicio y la exclusión, deberíamos encontrar una gran esperanza en dos importantes acontecimientos que han tenido lugar durante el pontificado del papa León y que constituyen ricas semillas para el desarrollo del Evangelio en los años venideros.

Al reunirnos para esta conferencia en una Iglesia que con tanta frecuencia ha herido a la comunidad LGBT mediante el juicio y la exclusión, deberíamos encontrar una gran esperanza en dos importantes acontecimientos que han tenido lugar durante el pontificado del papa León…

Curiosamente, ninguno de estos acontecimientos se centra específicamente en cuestiones o personas LGBT. Se centran en la llamada a la santidad para cada creyente y en cómo puede vivirse en las realidades concretas del mundo moderno.

La primera razón para la esperanza se encuentra en la reflexión que el papa León ofreció durante su inspirador viaje a África. Hablando con los periodistas, el Papa dijo que «la unidad o la división en la Iglesia no deberían girar en torno a cuestiones sexuales». Esta sencilla declaración pone en contexto la llamada a la castidad como componente de la vida moral cristiana. Con demasiada frecuencia, tanto en las declaraciones del magisterio como a nivel popular, los pecados sexuales han sido condenados con un ardor que, a los ojos de muchos creyentes, los sitúa como la obligación moral central de los cristianos. Esto es absolutamente contrario al Evangelio de Jesucristo.

Cuando el papa León señala la importancia comparativa de la justicia económica, la guerra y la paz, la inmigración y el racismo como elementos clave de la vida moral cristiana, está rechazando este falso reduccionismo que concentra las obligaciones morales en el ámbito sexual.

El segundo acontecimiento de gran importancia para comprender nuestra llamada a la santidad en el mundo contemporáneo es la publicación del informe del Grupo de Estudio 9 del Sínodo de 2024. Este Grupo de Estudio tuvo la gran tarea de aplicar la teología pastoral del papa Francisco de manera integrada con la enseñanza y la práctica católicas. El Grupo de Estudio 9 presentó con valentía sus conclusiones a favor de un nuevo paradigma basado en el kerigma:

«La misión de la Iglesia no consiste en proclamar de manera abstracta y aplicar deductivamente principios formulados de manera inmutable y rígida, sino en fomentar un encuentro vivo con la persona del Señor Jesús resucitado mediante el compromiso con la experiencia vivida de fe del pueblo de Dios… en relación con las diversas situaciones de la vida y los numerosos contextos culturales».

En su antropología, el informe es innovador: «Cada persona es una singularidad cuya integridad y unicidad se constituyen en relación con el otro, con la sociedad y con la cultura». Este énfasis en la singularidad refleja el valor precioso del que habla el Evangelio de hoy al referirse al gorrión. Cuánto más grande es cada uno de nosotros en nuestra singularidad a los ojos de Dios, que comprende los pliegues de nuestro corazón y se deleita en la diversa belleza de nuestra humanidad. Vista bajo esta luz, la llamada a la santidad es un encuentro personal con el Señor Jesucristo que envuelve la totalidad de nuestra vida y nos llama a caminar juntos en la vida de la Iglesia: únicos, pero formados juntos en Jesucristo.

«La práctica pastoral… procede de la convicción de que las situaciones concretas en las que se encuentran las personas son dimensiones constitutivas de la manera en que la doctrina debe formarse a la luz del kerigma».

El método pastoral de Jesús seguía un modelo específico y constante. Primero, el Señor acogía a quienes acudían a Él en busca de ayuda. Después, les ayudaba con el problema que los agobiaba. Sólo entonces los llamaba a la conversión. Este modelo debe reflejarse constantemente en la práctica pastoral de la Iglesia y en nuestra propia acción pastoral hacia quienes encontramos en nuestra vida dentro del contexto de la fe.

Creo que ésta es la mayor contribución que el papa Francisco hizo a la vida de la Iglesia: la llamada a reformar nuestra concepción de la teología pastoral y verla como un elemento central para comprender la llamada del Evangelio y la formación de la enseñanza católica. La práctica pastoral no consiste en entender cómo aplicar a situaciones concretas un conjunto de principios ya formados y con frecuencia reificados. Procede de la convicción de que las situaciones concretas en las que se encuentran las personas son dimensiones constitutivas de la manera en que la doctrina debe formarse a la luz del kerigma.

Nos reunimos cuando los frutos de la sinodalidad todavía están haciéndose visibles. Oremos para que, en las conversaciones que se desarrollarán en el espíritu que nos guía durante los próximos años, todo el pueblo de Dios avance hacia el futuro que Dios está construyendo para nuestra Iglesia.

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