Desde la tumba de san Agustín, León XIV pide volver a Cristo para afrontar la secularización

Desde la tumba de san Agustín, León XIV pide volver a Cristo para afrontar la secularización

Durante su visita pastoral a Pavía este sábado, León XIV realizó una de las etapas más significativas de la jornada en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro, donde reposan las reliquias de san Agustín. Tras visitar el Centro Nacional de Hadronterapia Oncológica (CNAO) y encontrarse con pacientes, familiares y personal sanitario, el Pontífice se dirigió al histórico templo agustiniano para reunirse con la comunidad religiosa, venerar las reliquias del Doctor de la Iglesia y pronunciar una homilía centrada en la transmisión de la fe, la secularización y la necesidad de volver a Cristo como fundamento de toda acción eclesial.

Antes de la celebración, León XIV mantuvo un encuentro con los agustinos del convento. Allí recordó que «san Agustín no es nuestro, es de la Iglesia» y afirmó que el santo obispo de Hipona «tiene mucho que ofrecer en este tiempo». El Papa señaló además que los numerosos peregrinos que visitan la basílica son una muestra de que el hombre contemporáneo sigue buscando a Dios, por lo que consideró necesario seguir ofreciendo «el mensaje de amor a Cristo y amor a la Iglesia» presente en el pensamiento agustiniano.

Posteriormente, ante unos 1.800 fieles reunidos dentro y fuera de la basílica, León XIV presidió una celebración de la Palabra de Dios y veneró las reliquias de san Agustín. Durante la homilía, el Pontífice abordó algunos de los desafíos que afronta actualmente la Iglesia, especialmente en un contexto marcado por la secularización y las dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones.

Homilía de León XIV en la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro:

Eminencia,
Excelencias, queridos hermanos en el episcopado,
queridos presbíteros y diáconos,
queridos religiosos, religiosas y seminaristas,
mis hermanos agustinos,
hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme aquí entre vosotros y agradezco al obispo, monseñor Corrado Sanguineti, y al padre Joseph Farrell, prior general de la Orden de San Agustín, las palabras de bienvenida que me han dirigido.

Me alegra cuanto he escuchado sobre esta Iglesia que está en Pavía: una comunidad de antigua tradición que permanece viva y presente en la ciudad y en el territorio, atenta a los signos de este tiempo y a sus desafíos, sin dejarse desalentar por las dificultades, por el contexto secularizado y por los problemas en la transmisión de la fe.

Para no desanimarse hace falta una mirada animada por el espíritu de la fe, que ayude a leer la realidad de un modo más profundo de lo que aparece a simple vista y a no caer en una actitud negativa y pesimista, incapaz de generar vida nueva. La mirada que se nos pide —y que el Espíritu Santo nos concede— es la de Jesús. En medio de las dificultades y las incomprensiones, Él ve la mano providente del Padre en los lirios del campo y en las aves del cielo; alimenta la esperanza en la pequeña semilla que crece e invita a levantar los ojos para contemplar los campos que ya blanquean para la siega.

El papa Francisco nos animó a esta lectura espiritual de la realidad cuando escribió en Evangelii gaudium: «La mirada de fe es capaz de reconocer la luz que el Espíritu Santo derrama siempre en medio de la oscuridad. Nuestra fe está llamada a descubrir el vino en que puede transformarse el agua y el trigo que crece en medio de la cizaña».

Iluminados por la esperanza del Evangelio y tomando como punto de partida las palabras del apóstol Pedro, que llama «piedras vivas» a los discípulos del Señor, preguntémonos: ¿cómo podemos hoy, aquí en Pavía, ser una Iglesia viva?

La primera indicación del Apóstol es esencial: permanecer unidos a Cristo, piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida por Dios. Cristo es el fundamento del edificio espiritual; es la piedra angular sobre la que se apoya nuestro camino eclesial, la acción pastoral y la evangelización.

Estar edificados y construir en Cristo nos preserva del riesgo de dispersarnos y fatigarnos en cuestiones secundarias, quizá buenas, pero que no tocan lo esencial. Somos llamados a ser realistas y sabemos que en la vida de las parroquias y de una diócesis existen muchas urgencias y compromisos. Sin embargo, todo debe volver al centro, construirse siempre a partir de la piedra angular y evitar que nuestras acciones terminen centradas únicamente en nosotros mismos y en nuestros esfuerzos.

Puesto que el centro es Cristo, todos bebemos de una misma fuente y sometemos nuestro compromiso al discernimiento que nace de su luz y de su Palabra. Así crece una Iglesia que camina unida, capaz de renovarse sin dividirse, en la que todos se reconocen hermanos y trabajan con alegría al servicio del Reino de Dios.

Esto implica algo importante: debemos aprender a ser comunidades cristianas centradas en lo esencial, aunque eso suponga renunciar a algunas estructuras y a ciertas seguridades del pasado. Lo esencial es vivir con Cristo y difundir su Evangelio.

Lo recomiendo en primer lugar a los presbíteros, que a veces pueden sufrir dispersión interior o cansancio por las múltiples tareas. Volved siempre al centro, unificadlo todo en vuestra relación con el Señor y descubrid en Él la alegría de la fraternidad sacerdotal y del trabajo pastoral compartido con los laicos.

Lo recomiendo también a los religiosos y religiosas, que conocen la dificultad de actualizar sus carismas, pero que necesitan volver constantemente a Cristo y poner en común los dones recibidos con otras comunidades y con toda la Iglesia diocesana.

Permanecer unidos a Cristo nos permite afrontar también los problemas actuales relacionados con la transmisión de la fe y la práctica religiosa. En un tiempo en el que muchas personas parecen haber perdido el gusto espiritual o ya no encuentran atractiva la propuesta cristiana, estamos llamados ante todo a anunciar el Evangelio, un anuncio alegre y liberador de Jesucristo que muestre la belleza de la fe para la vida personal y para la sociedad.

Hoy existe una necesidad creciente de acompañar a las personas al descubrimiento o redescubrimiento de la fe. Por eso debemos anunciar el núcleo del Evangelio: Jesucristo, que en su encarnación, muerte y resurrección nos revela el misterio de Dios y también el misterio del hombre.

En este contexto, la figura de san Agustín resplandece con una luz particular. Su pensamiento, la historia de su conversión y su espiritualidad nos recuerdan el valor y la primacía de la interioridad: «No salgas fuera de ti; vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior».

La necesidad de volver a uno mismo, de no dispersarse en la fragmentación exterior y de encontrar un sentido que oriente la vida y las relaciones es una exigencia común a todos. Hoy reaparece de múltiples formas, especialmente entre los jóvenes.

Cuando nuestro testimonio de fe es coherente y apasionado, nosotros mismos nos convertimos en piedras vivas que forman el edificio espiritual que es la Iglesia. Unidos a Cristo, podemos ofrecer cada día sacrificios espirituales mediante una vida tejida de oración y servicio al prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, como piedras vivas estamos llamados a ser una Iglesia arraigada en el territorio, que camina entre las dificultades y las esperanzas de la gente, experta en el arte de escuchar y acompañar.

Sé que ya estáis animados por esta pasión pastoral y os invito a cultivarla sin desánimo, buscando llegar a todos con la alegría del Evangelio, valorando lo mejor de vuestra historia y explorando nuevas posibilidades de encuentro.

Que María Santísima, Madre de la Iglesia, os obtenga el deseo ardiente de vivir y testimoniar el Evangelio. Y al venerar las reliquias de san Agustín, pido que él, junto con san Siro, interceda siempre por esta Iglesia y por la ciudad de Pavía.

Gracias.

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