El papa León XIV exhortó este domingo a los católicos a fortalecer su vida interior para poder anunciar el Evangelio con autenticidad en un mundo cada vez más necesitado de esperanza. Durante la oración del Ángelus en la plaza de San Pedro, el Pontífice recordó que la misión evangelizadora nace de un encuentro personal con Cristo y no principalmente de estrategias o técnicas pastorales.
Comentando el pasaje evangélico del día, León XIV subrayó que la fuerza del apostolado «se fundamenta en la acción del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta», e invitó a todos los fieles a reservar momentos de silencio y oración en medio de sus ocupaciones cotidianas para escuchar la voz de Dios. El Papa destacó además que la contemplación no es una experiencia reservada a religiosos o místicos, sino una llamada para todos los cristianos, pues sólo una fe arraigada en una relación profunda con Cristo permite responder al odio con amor, a la violencia con mansedumbre y al desaliento con perseverancia.
Tras el rezo mariano, el Santo Padre dirigió también un llamamiento en favor de los refugiados con motivo del 75º aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, recordando que «nadie puede mirar hacia otro lado ante quienes buscan protección y seguridad» y exhortando a acoger a las víctimas de la persecución para que puedan vivir con dignidad y esperanza.
Palabras de León XIV en el Ángelus:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!
En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33), Jesús, al enviar a los discípulos en misión, les dirige, entre otras, esta exhortación: «Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas» (v. 27).
Establece una relación entre lo que escuchamos «al oído», es decir, en el secreto del corazón, y aquello que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es, ante todo, compartir un encuentro personal con Él, único para cada uno.
La fuerza del apostolado, en efecto, más allá de las técnicas y los instrumentos, se fundamenta en la acción del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como de transmitir a los demás aquello que hemos contemplado: contemplata aliis tradere (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).
Y no debemos pensar que «contemplar» sea una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por conservar, en medio de las ocupaciones de nuestras jornadas, momentos de quietud en los que nos pongamos en silencio ante Dios, para escuchar su voz, confiarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos convierte cada vez más en personas de fe sólida y consciente y, en consecuencia, en apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en cualquier ambiente y en cualquier situación de la vida, y de dar testimonio de ella incluso allí donde su valor no es comprendido o aceptado.
San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos— escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidades y persecuciones, como sigue sucediendo hoy a tantos cristianos en diversos lugares de la tierra, y era grande la tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.
Ahora, como entonces, es exigente permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desaliento con la perseverancia. Por eso es necesario que hundamos las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una intensa relación con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y para seguir transmitiendo a todos, en toda circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡El mundo tiene tanta necesidad de ello!
Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno según su propia vocación.