Por: Magíster Yousef Altaji Narbón
“Pues bien:” –enseña el Papa santo del Siglo XX, San Pío X– “una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino.”
¿Qué nos acaba de decir el Romano Pontífice en esta cita de su famosa encíclica donde condena la herejía del Modernismo? En palabras fáciles de entender, el Papa expone un pilar errado que es fundamental para el pensamiento del modernista. Desvela la lógica equivocadísima de esta herejía que empieza por cerrarse y negar todo tipo de revelación divina y verdades que vengan de afuera de su persona; hecho esto, lo único que queda es el contenido del interior del hombre; siguiendo esta lógica, el hombre que es naturalmente religioso va a buscar el origen y explicaciones de la fe desde adentro, o sea, a su propio juicio.
En suma –por si no quedó claro– el modernista se cierra a toda verdad y realidad externa porque cree que la fe proviene y tiene su razón desde adentro de su ser (esto ocurre por el nivel de soberbia y liberalismo plagado y presupuesto en esta corriente). En vista de esto, la religión se va formando meramente a través de su sentimiento íntimo. Esto lo llama la inmanencia vital o inmanencia religiosa.
Siendo el modernismo el mal central de nuestros tiempos, sus pilares, en particular el de inmanencia vital, son ahora la manera predeterminada de pensar, razonar y vivir la fe Católica de la amplia mayoría de la feligresía. Se ha convertido en la regla general, el default del Católico común y corriente.
La aplicación de esto
Como una semilla crece, tiene raíces extensas y muestra sus frutos, esta idea equivocada de concebir la fe pudo ocultarse a lo largo de los años del pontificado de San Pío X, pero poco tiempo después, por la falta de vigilancia, se extendió por todas partes. Por el nivel de perniciosidad de este pilar del modernismo, en su forma de centrar al hombre como fuente de la revelación y de los juicios sobre la fe, llegó a contaminar a todos en todos los ámbitos de la estructura eclesial.
El inmanentismo va creando en cada persona su propia doctrina, dogma, moral, filosofía y todo el Credo de creencias. Cuando dos personas con esta infección racional-filosófica se ponen a discutir, tarde o temprano se van a dar cuenta de que existen diferencias notables entre lo que A cree en comparación con B. Esto no se limita meramente a un ejemplo abstracto entre dos individuos, sino que es visible y constituye la realidad a nivel parroquial, al nivel de las altas esferas en una diócesis, incluso entre Conferencias Episcopales.
Entre una diócesis y otra, se puede ver cómo existe una total disparidad de criterios sobre lo que ES la fe Católica. Algunos lo aman y otros lo odian, pero el famoso Malachi Martin en varias de sus entrevistas de radio (grabadas entre principios y finales de los años 1990) llegó a decir lo que nadie o pocos se atrevían a decir. Martin acuñó un término atinado para describir la situación en discusión: Parish-to-Parish theology (Teología de parroquia en parroquia), que pretende resumir cómo las creencias y puntos doctrinales van cambiando de una parroquia a otra. Este es el elefante gigante, gordo, rosado y con la trompa amarilla que pocos se atreven a señalar cuando su existencia aniquila a un número inestimable de fieles a los que se les vende e impone ideas erróneas sobre las verdades entregadas por Cristo.
La magnitud de esta disparidad flagrante se encuentra en todas partes. El Catecismo holandés, publicado por la Conferencia Episcopal de Países Bajos en 1966, fue un escándalo por haber triturado la doctrina Católica sobre un sinfín de temas y sustituirla por adaptaciones modernas. En 1968, los obispos canadienses se reunieron para escribir lo que se conoce como la Declaración de Winnipeg, consistente en impugnar por medio de excepciones, falacias y acrobacias mentales, con el proposito de rechazar convenientemente la encíclica del Papa Pablo VI, Humanae Vitae. Fue un estruendo el hecho de ver la declaración que parte con el Magisterio perenne de la Santa Iglesia sobre el tema que abordó dicha encíclica. Un último caso bastante llamativo que demuestra el quiebre completo de una Conferencia Episcopal entera con el Magisterio bimilenario es reciente. Es el caso del comunicado de los obispos costarricenses que el 19 de julio del 2019 emiten una nota general donde prohíben, sin excepciones, la Santa Misa Tradicional, siguiendo y siendo muy obedientes al motu proprio del Papa Francisco Traditionis Custodes. Cabe destacar y causa gran asombro al ver el plazo de tiempo entre la publicación del motu proprio y la emisión del comunicado: solo tres días de diferencia. Uno se puede preguntar si destaparon espumante para cantar victoria sobre el rito anacrónico de la Misa (como se ha escuchado decir en otros círculos, refiriéndose a la Misa de Siempre) y que el motu proprio fue maná bajado del cielo para suprimir toda resistencia a la luz del Concilio.
Este aspecto de la crisis actual que vive la Santa Iglesia se ha entronizado lúgubremente, el cual puede ser verificado en dos formas: el material oficial de catequesis de las diócesis y las respuestas de los diferentes países en el proceso Sinodal. Lo primero mencionado es fácil de comprobar mediante la adquisición de un catecismo aprobado por la diócesis para la enseñanza oficial en los colegios. Frases como: “Jesús es tu amigo… La Eucaristía es un símbolo… el Misterio Pascual… sentir a Dios en tu encuentro personal con Él… los milagros que hizo Jesús hay que entenderlos en su contexto… la religión cristiana es fruto de un encuentro vivencial del resucitado con los discípulos…” entre otra cantidad increíble de contradicciones amargas a dos mil años de Iglesia. Lo segundo se constata haciendo un ejercicio básico de lectura del resumen de las supuestas respuestas de cada país a las encuestas Sinodales. Hagamos un pantallazo de algunos países de Hispanoamérica:
Colombia: “Incentivo de métodos para cultivar la sinodalidad… evangelización incluyente con y hacia las minorías sexuales, religiosas, étnicas y personas vulnerables… inculturación de la liturgia… cuidado de la Casa Común”.
Chile: “El cuidado de la casa común… Iglesia acogedora e inclusiva, marginados y excluidos: empatía con el mundo del dolor; así como Iglesia y personas con orientaciones sexuales diferentes.”
Argentina: “El llamado a escuchar y aprender a dialogar; la Iglesia que camina unida; misión y diálogo con el mundo… reclamos para vivir dentro y fuera de la Iglesia… protagonismo de las mujeres en la Iglesia… Un cuarto tema es el de las celebraciones: se espera que sean más festivas, significativas e inculturadas, retomando santos, devociones, símbolos y expresiones de las distintas regiones de nuestro país.”
(Cf. Buena Voz Católica, “Resultados de la escucha sinodal en América Latina”, con fuentes a cada resultado.)
Pérdida de la universalidad:
Esta pérdida de universalidad en casi todos los ámbitos, ambientes, círculos y estructura eclesial causa el eclipse de la primera nota de la Iglesia Católica –y se puede atrever a decir que la de relevancia primordial– que es UNA. ¿Cómo se puede ser UNA sola Iglesia si de lugar en lugar, parroquia en parroquia, diócesis en diócesis, se predican cosas diferentes? Solo es cuestión de manejar al lugar A, conocer lo que predican, transportarse al lugar B para darse cuenta de la semejante variación. Puede ser que el primer sitio sea conservador mientras el segundo es llanamente más liberal o viceversa; es casi impredecible saber lo que se va a encontrar después. Cuidado, existe más probabilidad de adivinar el resultado en un tiro de dados en comparación con el juego tenebroso de deducir los posibles hallazgos al ir a una diócesis desconocida.
San Ireneo de Lyon, en su tratado Contra las Herejías, proclama en sus letras la siguiente verdad: “La Iglesia, extendida por el orbe del universo hasta los confines de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe…” y continúa su exposición señalando: “La Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con cuidado la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón (Ac 4,32), y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la Tradición es una y la misma.”. Son dignas de meditar las enseñanzas del santo aquí indicado. De esto se trata la Iglesia Católica, la unicidad en todos los aspectos, pero con singular importancia la sana doctrina creída y profesada por todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
¡Qué diferencia con la actualidad! Cuando se pierde la universalidad en el creer, se crea un vacío. ¿Qué va a llenar este vacio? Ya esa tarea fue hecha desde hace rato. La pérdida de universalidad en la doctrina ha sido suplantada por abusos como la obediencia ciega al vaivén del Papa de turno; la incesante falsa necesidad de estar profesando el nexo aguerrido de uno mismo con el prelado diocesano; la participación constante en toda clase de actividades diocesanas, entre otra clase de requisitos fantasiosos para hacerse la violencia mental de que existe unidad y universalidad.
Confrontemos la cátedra de San Juan Crisóstomo, que nos demuestra de forma llana la discrepancia de lo que debe ser y el escenario vigente: “‘Por tanto, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que os fueron enseñadas, ya sea verbalmente o por carta nuestra.’ (2 Tes 2, 15) De ahí se desprende que no lo transmitieron todo por carta, sino que muchas cosas también fueron transmitidas de forma oral, y de igual modo tanto unas como otras son dignas de crédito. Por lo tanto, consideremos también digna de crédito la tradición de la Iglesia. Es una tradición, no busquéis más allá. Aquí muestra que había muchos que se sentían desconcertados.” Por el abandono doloso del Depósito de la Fe, transmitido fielmente hasta nuestros tiempos por medio de la Tradición Apostólica, se ha desembocado en este paradigma donde la novedad diaria es la regla de fe.
Cómo superar esto:
No es difícil; solo es cuestión de estudio, empeño y dedicación, todo lo que un Católico tiene que hacer. Ya tenemos el material, ya tenemos los medios, se pueden adquirir fácilmente. Si debemos guardar la verdad solos, pues bendito sea Dios. “Todo cristiano que quiera desenmascarar las intrigas de los herejes que brotan a nuestro alrededor, evitar sus trampas y mantenerse íntegro e incólume en una fe incontaminada, debe, con la ayuda de Dios, pertrechar su fe de dos maneras: con la autoridad de la ley divina ante todo, y con la tradición de la Iglesia Católica”. Esta es la clave dada por San Vicente de Lerins. Para limpiarse de la toxicidad contaminante de las ideas, paradigma y espíritu revolucionario localizable por doquier, hay que hacer caso al santo autor del Conmonitorio –de donde ubicamos el extracto citado arriba–, cuya motivación para escribir este breve tratado fue para instruir a la feligresía en nociones elementales para conservar la fe ante cualquier viento de doctrina, así pronunciado en las Sagradas Escrituras. Parafraseando a Malachi Martin, cuando daba constantemente su concepto de cómo superar la disparidad de criterios y la pérdida de universalidad, es por medio de: fidelidad incorrupta al Magisterio tradicional, adherencia total a los sacramentos en el rito tradicional y el rezo diario del Santo Rosario. Una receta fiable para resguardar la fe en tiempos recios.
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