Balance de León XIV en España: más allá de las multitudes

Balance de León XIV en España: más allá de las multitudes

Los viajes de un Papa se comprenden mejor cuando se apagan los focos y permanecen las palabras. Y la relectura serena de los discursos pronunciados durante estos días permite extraer una conclusión que pocos habrían formulado antes de su llegada: León XIV ha dejado en España un mensaje intelectualmente sólido, pastoralmente exigente y sorprendentemente alejado de algunos de los lugares comunes que dominan el debate público contemporáneo.

Uno de los aspectos más llamativos de la visita ha sido la forma en que el Pontífice ha abordado cuestiones particularmente sensibles. El ejemplo más evidente ha sido la inmigración. En una Europa atrapada entre la sentimentalización del fenómeno migratorio y su utilización como arma política, León XIV optó por un camino distinto. Defendió la dignidad de toda persona migrante, denunció la explotación de los más vulnerables por parte de las mafias que trafican con seres humanos y recordó con claridad una de las grandes intuiciones de la doctrina social de la Iglesia: el derecho a no emigrar, el derecho de cada hombre y cada mujer a poder prosperar en la tierra donde han nacido sin verse obligados a abandonarla por necesidad.

Algo semejante ocurrió en su histórica intervención ante las Cortes Generales. La imagen de un Papa hablando ante el Parlamento español posee ya una relevancia institucional indiscutible. Pero lo verdaderamente importante fue el contenido. León XIV habló de la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural y lo hizo sin refugiarse en formulaciones ambiguas. Ante los representantes de una nación cuyas leyes han consagrado el aborto y la eutanasia, recordó con serenidad y firmeza la posición constante de la Iglesia. No buscó el aplauso fácil ni la confrontación teatral. Se limitó a ejercer la misión propia del Sucesor de Pedro: proclamar una verdad que considera vinculante incluso cuando resulta incómoda.

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Sería ingenuo afirmar que estos discursos han modificado de manera inmediata la realidad religiosa española. España continúa siendo un país marcado por una secularización profunda, una práctica sacramental decreciente y una evidente crisis vocacional. Nada de eso ha desaparecido durante una semana. Sin embargo, también sería superficial quedarse únicamente con esa fotografía.

Lo ocurrido en Madrid, Barcelona y Canarias ha puesto de manifiesto una realidad: Tras las estadísticas existe todavía un sustrato católico notablemente más sólido de lo que suele reconocerse. Un humus espiritual, cultural y afectivo que continúa formando parte de la identidad de amplios sectores de la sociedad española y que reaparece cada vez que encuentra una voz capaz de interpelarlo con claridad.

Una Cataluña más compleja de lo que indican los tópicos

La experiencia catalana resulta especialmente significativa. Durante años se ha repetido que Cataluña representa uno de los territorios más secularizados de España y que los vínculos entre identidad catalana y tradición católica pertenecen al pasado. Sin embargo, las jornadas vividas durante la visita pontificia han mostrado una realidad bastante más compleja. Miles de fieles participaron en los actos litúrgicos y en los encuentros con el Papa con una naturalidad que desmiente numerosos tópicos. Y hubo escenas cargadas de simbolismo: catalanes emocionados cantando el Virolai, banderas españolas ondeando junto a senyeras y una expresión popular de fe que parecía recordar que existen vínculos más profundos que las divisiones políticas de las últimas décadas.

Aquellas imágenes no hablaban de nostalgia ni de restauraciones imposibles. Hablaban de continuidad. De una memoria religiosa compartida que sigue viva incluso cuando muchos la consideran extinguida. De un sensus fidelium que permanece latente bajo la superficie y que emerge cuando la Iglesia se presenta sin complejos, sin pedir disculpas por existir y sin rebajar su mensaje para hacerlo más aceptable.

La claridad como método

Quizá esa sea una de las enseñanzas más relevantes de la visita. Durante demasiado tiempo determinados sectores eclesiales han dado por supuesto que el hombre contemporáneo solo puede ser alcanzado mediante una constante adaptación al lenguaje, las categorías y las sensibilidades dominantes. León XIV ha ensayado – tímidamente, a veces- una hipótesis distinta. Ha hablado de la verdad, de la vida, de la responsabilidad moral, de la trascendencia y de la esperanza cristiana con notable claridad. Y las plazas se han llenado igualmente.

Naturalmente, sería imprudente extraer conclusiones triunfalistas. La visita no ha resuelto los problemas estructurales de la Iglesia en España ni ha revertido tendencias culturales consolidadas durante décadas. Pero tampoco autoriza lecturas derrotistas. Más bien ha permitido constatar algo que muchos parecían haber olvidado: España está hoy más secularizada que ayer, pero sigue siendo más católica de lo que con frecuencia se afirma.

Una reserva espiritual que permanece

Al término de estos días, quizá el balance más razonable consista precisamente en reconocer esa doble realidad. León XIV ha encontrado una nación donde la fe ya no ocupa el lugar social que tuvo en otros tiempos, pero donde subsiste una reserva espiritual considerable. Ha hablado a una sociedad fragmentada y, sin embargo, capaz todavía de reconocerse en ciertas referencias comunes. Y ha comprobado que, cuando el mensaje cristiano se presenta con convicción y sin complejos, no encuentra un desierto.

La gran noticia de esta visita no ha sido únicamente lo que el Papa ha dicho. Ha sido también descubrir que todavía hay muchos españoles dispuestos a escucharlo.

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